DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.
ÍNDICE
1. El suicidio gasístico europeo.
2. La importancia de Kabul en el Gran Juego.
3. Trapos y dinastías.
4. Israel y Eswatini.
5. Monopartidismo albanés.
6. Mitos fundacionales.
7. La posibilidad de reformas no reformistas.
8. Muerte a los cochistas.
9. Resumen de la guerra en Palestina, 31 de mayo de 2025.
1. El suicidio gasístico europeo.
Es muy razonable que Europa haya decidido suicidarse utilizando el gas. Solvencia contrastada. Fazi analiza la última jaimitada de nuestros dirigentes.
https://unherd.com/2025/05/the-real-winner-of-europes-russia-policy/
El verdadero ganador de la política europea hacia Rusia es Estados Unidos
Thomas Fazi
30 de mayo de 2025
El suicidio de la UE mediante mil sanciones continúa sin cesar. Al parecer, insatisfecha con las consecuencias económicas e industriales que ya ha infligido a Europa en los últimos tres años, la Comisión Europea dio a conocer a principios de este mes un nuevo plan para eliminar todas las importaciones de energía rusa en un plazo de dos años, incluyendo el gas, el gas natural licuado, el petróleo y el uranio enriquecido para centrales nucleares.
Como parte de su hoja de ruta REPowerEU actualizada, la Comisión se comprometió a prohibir las importaciones de gas del mercado al contado procedentes de Rusia —incluidos los contratos existentes y los nuevos, que actualmente representan un tercio de las compras de gas de la UE— para finales de 2025. También propuso prohibir todos los contratos energéticos a largo plazo con Rusia para 2027.
Antes de la guerra en Ucrania, Rusia suministraba la mayor parte del gas de la UE a través de gasoductos. Desde entonces, la UE ha reducido la cuota de Rusia en sus importaciones de gas del 45 % en 2021 al 19 % en 2024, con una nueva disminución prevista hasta el 13 % en 2025. Aun así, Rusia sigue siendo el tercer proveedor de gas de la UE, después de Noruega y Argelia. Para cubrir el déficit, Europa ha recurrido al gas natural licuado (GNL), cuya cuota en las importaciones totales de gas ha pasado del 20 % al 50 %. Casi la mitad procede de Estados Unidos.
El problema es que el GNL es mucho más caro y volátil que el gas de gasoducto. Mientras que las importaciones por gasoducto suelen garantizarse mediante contratos a largo plazo, los precios del GNL están vinculados al mercado mundial al contado, lo que los hace vulnerables a la especulación financiera y a las crisis geopolíticas, lo que se traduce en mayores costes y una mayor incertidumbre.
Irónicamente, al tiempo que reduce las importaciones por gasoducto procedentes de Rusia, la UE ha aumentado sus compras de GNL ruso. Solo en los cuatro primeros meses de 2025, las entregas de GNL ruso a Europa aumentaron un 12 % interanual. ¿Por qué? En parte porque nunca fue viable un corte total e inmediato; además, países como Hungría y Eslovaquia se negaron explícitamente a cambiar el gas ruso barato por el costoso GNL estadounidense. Pero también hubo razones legales: muchas empresas europeas siguen atadas a contratos a largo plazo de «take-or-pay» con proveedores rusos. En virtud de estos acuerdos, a menudo firmados antes de 2022, los compradores deben pagar los volúmenes contratados, independientemente de que reciban el gas o no. Esto hace que continuar con las importaciones, incluso a precios más elevados, sea una opción racional.
Francia, España, los Países Bajos, Bélgica e Italia son actualmente los mayores importadores de GNL ruso. Una vez regasificado, es decir, reconvertido en gas natural, ese gas entra en la red europea y, en última instancia, también abastece a otros países, como Alemania. Mientras tanto, el gas ruso sigue fluyendo hacia Europa —y, sorprendentemente, también hacia Ucrania— a través del gasoducto TurkStream, que atraviesa Turquía hasta Bulgaria, Serbia y Hungría, a pesar de que otras rutas importantes (Yamal-Europa, Nord Stream, Ucrania) han sido cerradas.
Pero Bruselas quiere ahora poner fin a todo esto. «El año pasado seguimos pagando 23 000 millones de euros a Rusia por nuestras importaciones de energía», declaró el comisario de Energía de la UE, Dan Jørgensen. «No queremos importar ni una sola molécula en el futuro. Por nuestra propia seguridad y por nuestra solidaridad con Ucrania». La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, añadió: «Ha llegado el momento de que Europa rompa por completo sus vínculos energéticos con un proveedor poco fiable. Los recursos energéticos que llegan a nuestro continente no deben financiar la guerra contra Ucrania».
La UE también ha anunciado una postura firme hacia Hungría y Eslovaquia, que siguen importando el 80 % de su petróleo de Moscú, tras haber quedado exentas del sexto paquete de sanciones que prohibía las importaciones marítimas de crudo ruso a partir de finales de 2022 y de productos petrolíferos refinados rusos a partir de febrero de 2023. Se les exigirá que presenten planes para eliminar gradualmente las importaciones restantes para 2027. La Comisión también está estudiando formas de permitir a las empresas invocar la «fuerza mayor» para rescindir los contratos de gas ruso sin incurrir en sanciones.
Por último, Bruselas también está considerando la prohibición de nuevos contratos energéticos con Rusia y nuevas sanciones a las importaciones existentes. Pero es casi seguro que estas medidas se enfrentarán al veto de Hungría y Eslovaquia. Como afirmó el ministro de Asuntos Exteriores húngaro, Péter Szijjártó: «El plan de la Comisión Europea de prohibir la energía rusa por motivos políticos es un grave error. Amenaza la seguridad energética, hace subir los precios y viola la soberanía». Es difícil no estar de acuerdo.
De hecho, el aumento del coste del GNL importado, en particular el estadounidense, ha afectado profundamente a los hogares y las industrias europeas. El reciente informe Draghi ha confirmado que los altos precios de la energía son un factor importante en la pérdida de competitividad de Europa. Las empresas de la UE pagan ahora entre dos y tres veces más por la electricidad y entre cuatro y cinco veces más por el gas que sus homólogas estadounidenses. Las consecuencias han sido brutales: tres años consecutivos de caída de la producción industrial y estancamiento en toda la UE, y una desindustrialización total en gran parte de Europa occidental, especialmente en Alemania.
Aunque Alemania, al igual que otros países, se enfrentaba sin duda a retos ya existentes, está claro que los costes energéticos son ahora la mayor amenaza para la industria alemana y europea. Muchas empresas han comenzado a deslocalizar su producción al extranjero. Según se informa, importantes grupos químicos se están preparando para salir por completo de Europa. Un informe señalaba que «estos cambios se producen en un momento en que los costes energéticos en Europa se han mantenido excepcionalmente altos durante casi tres años. El sector químico, que representa entre el 5 % y el 7 % de la producción manufacturera de la UE y da empleo a 1,2 millones de personas, se encuentra bajo una presión extraordinaria. El Consejo Europeo de la Industria Química ha advertido del cierre previsto de más de 11 millones de toneladas de capacidad de producción en 21 grandes centros y ha pedido que se tomen medidas urgentes».
Sin embargo, Bruselas no está escuchando. De hecho, una prohibición total del gas ruso por parte de la UE probablemente supondría el golpe de gracia para la ya debilitada base industrial europea. Europa no solo se vería obligada a importar volúmenes aún mayores de GNL a precios más elevados, principalmente de Estados Unidos, sino que, a medida que Rusia redirige su GNL hacia mercados más lejanos, los costes de transporte aumentarán, lo que hará subir los ya volátiles precios mundiales del gas y encarecerá aún más las importaciones a la UE.
Entonces, ¿qué lógica hay detrás de esta política aparentemente suicida? El argumento oficial —que la energía rusa «financia la maquinaria bélica de Putin»— es débil. Rusia paga a sus soldados y fabrica sus armas en rublos, no en divisas extranjeras. A Rusia le da lo mismo vender gas a Europa, China o la India. Solo cabe suponer que los burócratas de Bruselas lo entienden, lo que sugiere que la última medida de la Comisión Europea no tiene tanto que ver con debilitar la capacidad de Rusia para librar la guerra en Ucrania como con perseguir otros objetivos. Entre ellos, yo diría que se encuentra el deseo de impedir cualquier normalización futura de las relaciones entre la UE y Rusia.
Así lo dejó claro el nuevo canciller alemán, Friedrich Merz, quien prometió hacer «todo lo posible» para garantizar que el gasoducto Nord Stream 2 —que sufrió un sabotaje con una bomba submarina en 2022, según se informa a manos de una tripulación ucraniana rebelde— nunca vuelva a abrirse. Von der Leyen incluso mencionó Nord Stream como parte del «nuevo paquete de sanciones» en el que estaba trabajando su equipo. Según el Financial Times, las discusiones en Berlín y Bruselas sobre cómo impedir cualquier reactivación de Nord Stream se desencadenaron tras la noticia de que intereses empresariales rusos y estadounidenses estaban explorando opciones para reanudar las operaciones del gasoducto.
La decisión de Merz de respaldar la prohibición permanente de Nord Stream no solo carece de sentido desde el punto de vista económico, sino que también legitima de facto el peor acto de sabotaje industrial de la historia de Europa, un suceso que sigue envuelto en el misterio, especialmente en lo que respecta al posible conocimiento previo del ataque por parte del Gobierno alemán y sus aliados. Además, muestra un claro desprecio por el creciente apoyo público en Alemania a la restauración del suministro de gas ruso. Una reciente encuesta reveló que el 49 % de los residentes de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde termina el gasoducto, apoyan la reanudación de las importaciones de gas ruso. Mientras tanto, la AfD, que ahora supera el 20 % en las encuestas a nivel nacional, ha pedido que se reabra Nord Stream, una posición que comparten cada vez más los líderes empresariales y los miembros tanto de la CDU como de los socialdemócratas.
Es fácil entender por qué: la reapertura del gasoducto tiene sentido desde el punto de vista económico y estratégico. El gas ruso es más barato, más estable y menos perjudicial para el medio ambiente que el GNL estadounidense, que se produce mediante fracking, una técnica que genera altas emisiones, y se transporta por medio mundo. El contraargumento habitual es que Nord Stream creó «una dependencia irresponsable del gas ruso». Pero, como señaló un analista alemán, durante mucho tiempo, primero la Unión Soviética y luego Rusia continuaron suministrando energía a Alemania a pesar de varias crisis geopolíticas. Esto continuó incluso cuando Occidente desató una guerra económica acompañada de una retórica agresiva. E incluso después del envío de armas alemanas a Ucrania y del ataque terrorista contra Nord Stream, la parte rusa declaró en repetidas ocasiones que era decisión de la parte alemana reanudar o no el suministro de gas.
Sin embargo, los líderes alemanes y de la UE siguen siendo los más acérrimos oponentes a la reanudación de las relaciones. ¿Por qué? En parte debido a su hostilidad profundamente arraigada hacia Rusia. Pero también hay dinámicas geopolíticas más profundas en juego. El mercado mundial del GNL está limitado por la oferta. Pocos países tienen exceso de capacidad. Estados Unidos, que actualmente está ampliando su infraestructura de exportación de GNL, se encuentra en una posición única para beneficiarse. Trump ha convertido el GNL en un elemento central de su política comercial, presionando a la UE para que compre más como forma de reducir el desequilibrio comercial. Esto ridiculiza el discurso de la UE sobre la «autonomía estratégica». Aunque desafían públicamente a Trump, los líderes de la UE están aplicando silenciosamente sus exigencias energéticas, incluso si ello acelera el declive económico de Europa.
Como observó un comentarista alemán: «La prohibición prevista de las importaciones de gas ruso tiene poco que ver con la guerra en Ucrania y mucho con la guerra comercial estadounidense. La UE está capitulando ante Trump. El coste de esa capitulación será devastador, especialmente para Alemania». Y no olvidemos la hipocresía climática de los líderes de la UE. El GNL estadounidense tiene una huella de carbono mucho mayor que el gas ruso transportado por gasoducto, debido tanto a su transporte a larga distancia como a su extracción mediante fracking. Sin embargo, irónicamente, son los Verdes alemanes, autoproclamados ecologistas, los que más se oponen a restablecer el flujo de los gasoductos.
En última instancia, debería quedar claro que reanudar las importaciones de gas ruso tiene sentido a todos los niveles: es más barato, más fiable y más limpio para el medio ambiente que el GNL, y también contribuiría a estabilizar las relaciones geopolíticas con Moscú. Por eso no es de extrañar que los líderes de la UE estén haciendo exactamente lo contrario: profundizar la dependencia del GNL más caro, más volátil y más contaminante procedente de todo el mundo, acelerando la desindustrialización de Europa y avivando las llamas de la confrontación con Rusia.
Thomas Fazi es columnista y traductor de UnHerd. Su último libro es The Covid Consensus, escrito en colaboración con Toby Green.
2. La importancia de Kabul en el Gran Juego.
Otros islamistas que ya están totalmente blanqueados son los afganos. Ahora participan en el juego geopolítico de Irán, Pakistán, China y Rusia contra India y EEUU.
https://thecradle.co/articles/china-russia-iran-cement-kabul-ties-as-us-reenters-afghan-game
China, Rusia e Irán consolidan sus lazos con Kabul mientras Estados Unidos vuelve a entrar en el juego afgano
Mientras Washington busca reafirmar su presencia en Afganistán, una nueva alianza euroasiática está invirtiendo fuertemente en Kabul y rearmando el equilibrio regional contra las ambiciones estadounidenses e indias.
F.M. Shakil
28 DE MAYO DE 2025
Crédito de la foto: The Cradle
Una alianza tácita está socavando silenciosamente el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD), respaldado por Estados Unidos, y desafiando la influencia de la India en el océano Índico, la región de Asia-Pacífico y, en particular, el sur de Asia.
Esta alianza, formada por China, Rusia, Irán y Pakistán, se ha convertido en una formidable fuerza contraria, especialmente tras los intentos de la Administración del presidente estadounidense Donald Trump de cortar el acceso de Pekín a los minerales afganos, de vital importancia.
China ya ha invertido 14 000 millones de dólares en los sectores minero, petrolero, agrícola y de la minería de Afganistán. También ha renovado la frontera de Wakhan con Afganistán como parte de una estrategia más amplia que incluye los planes de Irán de construir el corredor Irán-Afganistán-China.
Desde la retirada de Estados Unidos y la OTAN de Kabul en 2021, Afganistán se ha convertido en un núcleo de intensa actividad regional. El Gobierno liderado por los talibanes ha acogido con satisfacción miles de millones en inversiones extranjeras en minería y comunicaciones, al tiempo que ha profundizado sus lazos con China y Rusia.
La creciente influencia de Pekín y Moscú sobre los talibanes ha dado sus frutos: Afganistán anunció en mayo sus planes de unirse a la campaña de desdolarización y desarrollar mecanismos de comercio en moneda local con ambas potencias euroasiáticas.
Pakistán, histórico protector de los talibanes, desempeñó un papel fundamental en el suministro de logística, armas y entrenamiento durante las dos décadas de lucha del movimiento por establecer su dominio. Algunos incluso sostienen que Pakistán fue el padrino de los talibanes, ya que Quetta acogió al propio mulá Omar. Sin embargo, las relaciones se deterioraron después de que Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), una rama militante pastún con santuarios en Afganistán, comenzara a atacar a Pakistán.
China restablece el equilibrio regional
Cuando las tensiones entre Islamabad y Kabul alcanzaron su punto álgido, China intervino rápidamente para restablecer el equilibrio regional. Apenas unos días después de las escaramuzas fronterizas entre Pakistán y la India, Pekín convocó a funcionarios afganos y pakistaníes para mantener conversaciones.
El 21 de mayo, el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, acogió en Pekín un diálogo informal entre el viceprimer ministro pakistaní, Ishaq Dar, y el ministro de Asuntos Exteriores interino afgano, Amir Khan Muttaqi. Ambas partes acordaron «en principio» restablecer las relaciones diplomáticas y elevar sus relaciones bilaterales, según un comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores chino.
Esta iniciativa siguió a los ataques aéreos de Pakistán en diciembre de 2024 contra escondites del TTP en la provincia afgana de Paktika, que causaron la muerte de aproximadamente 50 personas, y se produjo poco después de que el ministro de Asuntos Exteriores de la India, S. Jaishankar, se reuniera con Muttaqi, el primer contacto de alto nivel de Nueva Delhi con los talibanes desde su regreso al poder en 2021, mediado por Estados Unidos. En resumen, la contraofensiva diplomática de China ha sacudido a la India.
Irán y Rusia se hacen eco de las propuestas de Pekín a los talibanes
Irán y Rusia han imitado la implicación de China con los talibanes, y el impulso de este realineamiento se ha acelerado tras el anuncio de la política de Trump para Afganistán.
En enero de 2025, el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, realizó una visita histórica a Kabul, donde se reunió con Muttaqi y el primer ministro talibán, Hassan Akhund. Las conversaciones se centraron en los migrantes afganos, las disputas por el agua, la gestión de las fronteras y el comercio.
El Dr. Ghulam Ali, subdirector del Centro de Estudios Asiáticos de Hong Kong, ofrece a The Cradle algunos antecedentes sobre la vorágine de actividad diplomática regional:
«El Ministerio de Ferrocarriles de Irán ya ha manifestado su intención de construir el corredor Irán-Afganistán-China, probablemente a través de la frontera de Wakhan. La estabilidad en Afganistán beneficia a los intereses de los países vecinos más que a los de cualquier otro país».
En febrero de 2024, la administración del difunto presidente iraní Ebrahim Raisi firmó un acuerdo de 35 millones de dólares que concedía a los talibanes acceso al puerto iraní de Chabahar, lo que permitía a Afganistán evitar rutas de tránsito lejanas. A continuación se celebraron conversaciones sobre la ampliación de las conexiones ferroviarias, lo que supuso un importante impulso para el comercio entre Irán y Afganistán.
El año pasado, Irán y Afganistán registraron una notable expansión de su comercio bilateral como resultado de estas medidas. La alineación política emergente ha sentado las bases para una mejor cooperación económica.
De manera similar, en marzo de 2025, el fiscal general de Rusia solicitó al Tribunal Supremo que retirara a los talibanes de su lista de organizaciones prohibidas, una medida que ya había anunciado el año pasado el presidente Vladimir Putin al nombrar a los talibanes como socios en la lucha contra el terrorismo. El tribunal aceptó la solicitud el mes pasado, en abril.
Por qué Kabul es importante para el bloque cuatripartito
¿Por qué Pekín está empujando a Islamabad y Kabul hacia el acercamiento, a pesar de las crecientes tensiones que casi desembocaron en una guerra? La respuesta está en el cálculo estratégico.
En primer lugar, Afganistán es crucial para la expansión hacia el oeste de la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda (BRI) de China. En segundo lugar, los vastos yacimientos de litio, cobre y hierro del país son fundamentales para la industria tecnológica china. En tercer lugar, Pekín se opone a cualquier presencia india en Afganistán.
Por último, los intereses de seguridad obligan a China a entablar un diálogo directo con los talibanes.
Cuando Washington anunció en febrero sus planes para reafirmar su influencia en Afganistán, el bloque cuatripartito aceleró sus esfuerzos para afianzarse en Kabul. Estos esfuerzos se intensificaron después de que el presidente estadounidense anunciara sus planes de recuperar la base aérea de Bagram, situada estratégicamente a una hora de las instalaciones nucleares chinas.
Trump afirmó que sus planes de establecer una «pequeña fuerza» en Bagram no estaban dirigidos contra Afganistán, sino a frenar el control operativo de China sobre la base, una acusación que los talibanes han negado rotundamente.
El portavoz del grupo, Zabihullah Mujahid, declaró a los medios locales en marzo que las acusaciones de Trump sobre el control chino de la base aérea eran «una declaración emocional basada en información sin fundamento», y añadió:
«Bagram está controlada por el Emirato Islámico [el régimen talibán], no por China. No hay tropas chinas aquí, ni tenemos ningún pacto de este tipo con ningún país».
El Dr. Ali explica a The Cradle que el repentino cambio de política de Trump ha contribuido en realidad a catalizar un mayor compromiso por parte de China, Irán y Rusia, y señala que estas naciones están trabajando ahora para adelantarse a los esfuerzos de Estados Unidos, Occidente y la India por restablecer su dominio en el Afganistán posterior a la OTAN. Pero no es un equilibrio fácil de lograr, señala:
«Esto también se aplica a Irán. Teherán podría no verlo como un motivo de preocupación, dadas las inversiones de la India en los puertos iraníes y su uso de Irán y Afganistán para establecer conexiones con Asia Central, lo que, en cierto modo, coincide con los intereses iraníes. La principal preocupación del ejército pakistaní es el papel de la India en Afganistán. No obstante, los talibanes muestran un mayor grado de independencia. Si el ejército pakistaní persiste en su política de injerencia en Afganistán e intenta utilizarlo como «patio trasero» o «profundidad estratégica», las consecuencias serán negativas».
El regreso de la base aérea de Bagram y el nuevo Gran Juego
A pesar del agotador compromiso de Estados Unidos en dos frentes de conflicto importantes, Ucrania y Gaza, Washington sigue avanzando activamente en sus iniciativas de política exterior para atacar las cadenas de suministro de recursos de China y recuperar los puntos estratégicos perdidos en 2021.
El deshielo entre Estados Unidos y los talibanes comenzó tras la elección de Trump en 2024. En marzo, una delegación encabezada por el enviado estadounidense Adam Boehler y el veterano diplomático Zalmay Khalilzad visitó Kabul para negociar la liberación del turista estadounidense detenido George Glezmann.
El representante afgano transmitió astutamente a la delegación estadounidense que Glezmann era liberado por razones humanitarias y como gesto de buena voluntad.
El renovado interés de Washington por el país que ocupó y destruyó durante 20 años dista mucho, por supuesto, de ser humanitario. Por ello, Irán, Rusia y China están acelerando sus relaciones con las facciones afganas para fomentar la estabilidad en sus propios términos. Un objetivo clave: marginar a Estados Unidos y a sus aliados en la nueva contienda geopolítica de la región.
3. Trapos y dinastías.
Un repaso -de parte, porque PLM participó- de los resultados en las recientes elecciones filipinas. En realidad, una muestra más de la política de clanes del país. Lo que aquí llaman trapos (traditional politicians). A los socialdemócratas de Akbayan no les ha ido nada mal. Que, por cierto, ahora mismo están en una campaña patriotera antichina por los territorios que reclaman ambos países. Cuando en el artículo se habla de demócratas nacionales de izquierda se refiere a la órbita del CPP.
https://links.org.au/after-mid-term-elections-philippines-towards-showdown-2028
Filipinas tras las elecciones de mitad de mandato: hacia un enfrentamiento en 2028
Por Sonny Melencio
Publicado el 28 de mayo de 2025
La situación tras las elecciones generales de mitad de mandato celebradas el 12 de mayo en Filipinas puede resumirse así: «Todas las fuerzas del cielo y del infierno se están formando, listas para la batalla que se avecina».
Ganadores de las elecciones
Se renovaban doce escaños del Senado, la mitad de la cámara alta del Congreso. De ellos, cuatro aliados directos del expresidente Rodrigo Duterte se encontraban entre los seis más votados: su antiguo jefe de gabinete, Christopher «Bong» Go; el antiguo jefe de policía Ronald «Bato» dela Rosa; el presentador de televisión y abogado Rodante «Dante» Marcoleta; y el presentador de noticias Erwin Tulfo.
Tras sufrir una dura derrota en las elecciones de 2022, los políticos liberales han cambiado su suerte esta vez, con Paolo Benigno «Bam» Aquino y Francis «Kiko» Pangilinan completando los seis primeros puestos. Se unirán a Risa Hontiveros en el Senado, la única senadora de la oposición durante la administración Duterte.
De los seis senadores restantes elegidos, cuatro son considerados cercanos al presidente Ferdinand «Bongbong» Marcos Jr, mientras que los otros dos son vistos como posibles aliados de Duterte, entre ellos la hermana de Bongbong, Imee Marcos, y Camille Villar. Imee se posicionó abiertamente del lado de los Duterte tras la detención y encarcelamiento de Rodrigo en La Haya. Durante la campaña electoral, Imee y Villar fueron presentados como candidatos invitados del partido de Duterte, el Partido Democrático Filipino (PDP).
En los próximos meses se verá cómo votarán en el caso de destitución contra la vicepresidenta Sara Duterte, así como su respuesta al caso de la Corte Penal Internacional (CPI) contra Duterte y la posible detención de sus aliados.
Listas de partidos
La lista más votada en la Cámara de Representantes fue la del partido progresista de centroizquierda Akbayan, que obtuvo tres representantes: el abogado de derechos humanos Chel Diokno, el actual diputado de Akbayan Perci Cendaña y la líder musulmana Dahda Ismula. El partido liberal Mamamayang obtuvo un escaño, que recayó en Leila de Lima, perseguida y encarcelada durante la mayor parte del mandato de Duterte.
Según la ley, los representantes de las listas de partidos constituyen el 20 % de los aproximadamente 300 diputados de la Cámara Baja y, tradicionalmente, debían proceder exclusivamente de sectores marginados. Sin embargo, las dinastías políticas locales han logrado secuestrar las listas de partidos desde que una sentencia del Tribunal Supremo de 2013 lo facilitó.
Esto significó que entre los principales ganadores de las listas de partidos se encontraban: Tingog (del clan Romualdez, primo de Marcos Jr.), Agimat (el clan Revillas), ACT-CIS (el clan Tulfo) y PPP (el clan Duterte). La elección de los representantes del partido Duterte Youth al Congreso ha sido suspendida por la Comisión Electoral (COMELEC) a la espera de que se resuelvan las acusaciones de inhabilitación presentadas contra ellos.
Progresistas y socialistas
Los demócratas nacionales de izquierda (ND) asociados al bloque Makabayan obtuvieron dos escaños a través de las listas de ACT-Teacher y Kabataan, respectivamente. Sus otras listas, Gabriela y Bayan Muna, no lograron que se eligiera a ningún candidato. La nueva lista de izquierda, Kamanggagawa, vinculada a la organización izquierdista Alab Katipunan, tendrá un representante en el nuevo Congreso.
Hubo otros grupos de izquierda y progresistas que obtuvieron resultados impresionantes, aunque no lograron ningún escaño en el Senado. El candidato al Senado por el Partido Lakas ng Masa (PLM, Partido de las Masas Trabajadoras), Luke Espiritu, obtuvo el mayor número de votos de todas las fuerzas de izquierda que se presentaron al Senado, con más de 6,4 millones de votos (más del 11 % del total). Esto supuso el doble de los votos que obtuvo en las elecciones de 2022. Otro candidato al Senado por el PLM, Ka Leody de Guzmán, obtuvo más de 4 millones de votos (7 %).
Los candidatos del bloque Makabayan, como Teddy Casiño, Arlene Brosas, Danilo Ramos, Liza Masa y France Castro, también obtuvieron millones de votos, mientras que la liberal progresista Heidi Mendoza obtuvo más de 8 millones de votos.
Batallas inminentes
Todas las fuerzas políticas —desde la extrema derecha y las fuerzas dinásticas de Duterte y Marcos, pasando por los liberales, los progresistas de centroizquierda, los ND de izquierda y la izquierda socialista (representada por el PLM)— están enfrascadas en una contienda electoral, con las elecciones presidenciales de 2028 a la vista. El resultado de estas fuerzas en las próximas batallas políticas vendrá determinado por los acontecimientos de los próximos meses.
Habrá que ver cómo reaccionan ante el proceso de destitución de Sara Duterte, el juicio de Rodrigo Duterte, la amenaza de arrestar a más secuaces de Duterte, el creciente movimiento promovido por grupos antifraude, la Iglesia y antiguos generales del ejército que cuestionan a la COMELEC por anomalías electorales inexplicables, y otras batallas que se espera que estallen por las crisis económicas y las injusticias sociales.
Los diversos grupos en liza representan fuerzas de clase diferentes y contrapuestas. La tarea de la izquierda es convertir esta batalla en una contienda entre las clases dominantes y las masas de la clase trabajadora y los sectores marginados. Esto significa hacer campaña y formar un amplio frente unido capaz de oponerse y, en última instancia, derrocar el dominio de las dinastías políticas incrustadas en la cúspide de todas las estructuras gubernamentales.
Las elecciones presidenciales de 2028 estarán sin duda marcadas por la batalla entre las dos dinastías más poderosas: los Marcos y los Duterte. Ante esta situación, la izquierda debe explicar el papel crucial del movimiento de masas en la construcción de una fuerza capaz de bloquear sus ambiciones destructivas y sentar las bases para un Gobyerno ng Masa (gobierno de las masas).
Movilizar el movimiento de masas
La principal tarea de las fuerzas socialistas es comenzar a ampliar y fortalecer su base de masas en todo el país. Su pequeña base de masas y su escaso alcance político son obstáculos importantes que deben superarse.
Para construir una base electoral, la izquierda necesita encontrar la manera de llegar a la mayoría de las 18 regiones, 82 provincias y 254 distritos electorales del país. Pero ampliar el alcance electoral también debe significar ampliar y fortalecer las luchas de masas entre, durante y después de las campañas electorales.
Las fuerzas socialistas no deben limitarse a prepararse para las elecciones. No se trata simplemente de ganar escaños en estructuras infestadas de dinastías y trapos [políticos tradicionales]. La izquierda debe aspirar a conquistar el poder político y construir un Gobyerno ng Masa alternativo en todos los niveles del gobierno.
Sin embargo, la suerte está echada para la batalla electoral de 2028. Las dinastías políticas seguirán siendo el tema principal, ya que los clanes Marcos y Duterte se enfrentarán en otro duelo. Sin embargo, no son los únicos actores en juego; todas las fuerzas políticas se están preparando para esta batalla.
Construir la Gran Alianza contra las Dinastías
El grito de guerra no debe ser solo construir un movimiento o una alianza electoral, sino una Gran Alianza contra las Dinastías Políticas. Este grito de guerra puede marcar las líneas de batalla para la lucha no solo en 2028, sino en los años venideros.
La Gran Alianza contra las Dinastías debe definirse por lo siguiente:
- Debe abarcar diversas fuerzas políticas del amplio espectro de liberales, progresistas de centroizquierda, ND de izquierda y socialistas.
- No debe ser una reunión de líderes de grupos progresistas, sino una formación que represente a las organizaciones de masas;
- Debe incluir a los grupos progresistas de la Iglesia, las clases medias, los soldados patriotas y todo el pueblo filipino: los trabajadores, los pobres, los estudiantes, los jóvenes, las mujeres, los agricultores, los pescadores, la comunidad LGBTQIA+ y todos aquellos que conforman el 99 % de la sociedad.
- No debe ser solo para las elecciones, sino un centro para impulsar las luchas de masas.
Vuelta al trabajo para Marcos Jr
Solo han pasado dos semanas desde las elecciones, pero la administración de Marcos Jr ha vuelto al trabajo.
El presidente pidió a los miembros de su gabinete que dimitieran como gesto de avance y para abordar las preocupaciones de la población, que se reflejaron en los resultados electorales. Pero Marcos Jr ha mantenido su equipo económico presidencial, una señal de que planea consolidar aún más las políticas neoliberales del Gobierno y reafirmar su apoyo a los oligarcas y sus allegados alineados con él.
Marcos Jr. ha mantenido a su secretario del Departamento de Finanzas, Ralph Recto, quien en 2005 diseñó el infame impuesto al consumo del 12 % (conocido como Impuesto al Valor Agregado Ampliado, EVAT, por sus siglas en inglés) y fue responsable de la reciente incursión en los ahorros de PhilHealth para reforzar el Fondo Maharlika de Marcos Jr.
El secretario del Departamento de Vivienda, Jerry Acuzar, procedente de una agencia de desarrollo inmobiliario, ha sido sustituido por el magnate inmobiliario y de la construcción Ramón Aliling, lo que garantiza la continuación de la privatización de los proyectos de vivienda. Acuzar admitió el fracaso del proyecto de vivienda del Gobierno (el Programa 4PH Pabahay) antes de las elecciones.
El recién nombrado secretario de Medio Ambiente, Raphael Lotilla, procede del Departamento de Energía, acusado por diversos grupos multisectoriales de corrupción por violaciones de la moratoria sobre el carbón y por apoyar al oligarca energético Aboitiz Corp.
Nuevos campos de batalla
También hemos asistido a una renovación de las luchas populares por sus derechos y su existencia.
La reciente resistencia de la comunidad de Tondo, donde cientos de residentes de los barangays 262 y 264 se enfrentaron a un equipo de demolición respaldado por la policía, impidiéndoles entrar en su comunidad, puso de manifiesto el ánimo de vuelta a la lucha de la población.
La izquierda debe estar preparada para avanzar y liderar estas luchas populares emergentes. En este sentido, los preparativos para las elecciones de 2028 deben considerarse secundarios frente al avance de las luchas populares.
Sin embargo, al prepararse para 2028, la izquierda también debe disputar las próximas elecciones al barangay (consejo local) y al Sangguniang Kabataan (SK o consejo juvenil) del 1 de diciembre.
El Congreso está debatiendo leyes para retrasar las elecciones, pero dada la situación poco favorable de los candidatos del Gobierno, es probable que Marcos Jr. se asegure de que las elecciones se celebren según lo previsto.
Existe una prohibición de que las dinastías políticas participen en las elecciones locales al SK. Esto brinda a la izquierda la oportunidad de ampliar su base en los gobiernos locales. El PLM hace un llamamiento a sus líderes comunitarios capaces, especialmente a los líderes juveniles y estudiantiles, para que intervengan en estas elecciones.
El PLM cree que la izquierda debe seguir disputando las elecciones, tanto a nivel nacional como local, al tiempo que amplía y refuerza sus fuerzas para la próxima confrontación final: la conquista del poder político y el establecimiento de un Gobyerno ng Masa que pueda dirigir el rumbo hacia un futuro socialista para todos.
Sonny Melencio es el presidente del Partido Lakas ng Masa (PLM), que presentó a Ka Leody de Guzmán y Luke Espiritu como candidatos al Senado en las elecciones del 12 de mayo.
4. Israel y Eswatini.
No sé si sabéis dónde esta Eswatini, antes conocida como Suazilandia -yo apenas, aunque sigo al PCS en redes-, pero los israelíes sí, y la quieren usar para meter un dedo en el ojo a Sudáfrica.
https://roape.net/2025/05/30/borderline-fantasy-on-israels-interest-in-eswatini/
Fantasía al límite: el interés de Israel en Eswatini
30 de mayo de 2025
En un artículo sobre los recientes acontecimientos entre Israel y Eswatini, Ruehl Muller sostiene que Israel está utilizando Eswatini como escenario para su autodestructivo teatro psicopolítico. Según Muller, la creciente presencia de Israel en el sur de África supone una amenaza directa para la estabilidad regional y el proyecto democrático en curso en la región.
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Por Ruehl Muller
Mientras Israel se enfrenta a un creciente aislamiento internacional por su genocidio en Gaza, se está formando una alianza decepcionante, pero quizás no inesperada, más cerca de casa. Eswatini, al parecer, está interesada en estrechar sus lazos con Tel Aviv.
Esta incipiente amistad entre Suazilandia e Israel no es del todo nueva. Ya en 2018, Swaziland News reveló un controvertido acuerdo armamentístico por el que Esuatini pagó más de 12 millones de rands a Clayford Holdings, una empresa vinculada a la industria armamentística israelí [1]. Un año más tarde, el Times of Swaziland informó de un acuerdo de ciberseguridad por valor de 1200 millones de rands entre Esuatini e Israel Aerospace Industries.
Ahora, es posible que pronto veamos el restablecimiento de una embajada israelí en Mbabane (o incluso el traslado a Mbabane de la misión diplomática israelí en Pretoria, que ha estado activa de forma intermitente). Sin embargo, esto no debería ser recibido con la apatía típica de Sudáfrica. Las huellas de Israel en la inestabilidad regional están empezando a crecer, y parece que Sudáfrica podría ser uno de sus objetivos.
En la República Democrática del Congo, por ejemplo, el general sudafricano Maomela Motau sugirió recientemente que los rebeldes del M23, respaldados por Ruanda, están utilizando activamente armas suministradas desde fuera de la región. «Las armas que vi, creo, son las que utilizan las fuerzas armadas de Israel», señaló, afirmando que los rebeldes del M23 están «equipados como un ejército regular, no como guerrilleros».
Aunque esto podría atribuirse a un simple tráfico de armas, también hay que tener en cuenta el extraño caso de Tsepo Lipholo, un diputado de Lesoto que ha construido su carrera política en torno a un controvertido movimiento para reclamar grandes extensiones de territorio sudafricano (incluidos el Estado Libre, las tierras medias de KwaZulu-Natal y partes del Cabo Oriental). Según algunas informaciones, el viaje de Lipholo a la ONU para presionar en favor de esta reivindicación fue financiado por Israel.
¿Por qué iba a interesarle a Israel financiar a un político marginal en una misión obviamente inútil, procedente de un país del que, en palabras de su aliado Trump, «nadie ha oído hablar nunca»?
La respuesta obvia parece ser un intento de sembrar tensiones políticas y quizás étnicas con la esperanza de desestabilizar Sudáfrica. Al fin y al cabo, Sudáfrica lidera la acusación internacional contra el genocidio de Israel en Gaza, por lo que cualquier medio para desacreditar a Sudáfrica como voz respetable les beneficia. Esta táctica se ha observado más recientemente cuando Estados Unidos, en medio de deportaciones masivas, ofreció el estatuto de refugiado a los afrikaners blancos, con Trump citando las llamadas «persecuciones» y algunos expertos de derecha, entre ellos Musk, promoviendo la fantasía del «genocidio blanco». Al fin y al cabo, ¿cómo puede un genocida condenar a otro?
Sin embargo, esta respuesta pasa por alto un factor importante que diferencia a Israel de la típica injerencia imperialista en los asuntos del sur de África que hemos llegado a conocer: la inutilidad de la misión de Lipholo. Lipholo, que abraza esta fantasía de la recuperación de tierras, ya ha sido condenado por el Parlamento de Lesoto y está abocado al fracaso, y aquí es donde hay que señalar los paralelismos con Israel. ¿Qué es Israel sino una fantasía de recuperación de tierras abocada al fracaso? Mientras que la típica injerencia estadounidense está impulsada por la lógica imperiosa de promover sus propios intereses, por medios altamente inescrupulosos, Israel se basa en una autodestrucción autotélica inducida por la fantasía.
El fascismo, en su esencia, no es más que la formalización de una fantasía: el fomento de un pasado mitológico destruido por un enemigo mitológico. Mussolini deseaba un nuevo imperio romano (al estilo de «Make Rome Great Again»). Hitler ofreció una caricatura mitológica de los judíos como explicación fácil a todas las confusiones y problemas. Para Netanyahu, Dios prometió a los israelitas la tierra de Israel (ordenándoles exterminar a la nación de Amalek). Por lo tanto, no debería sorprender que, en enero de 2024, Netanyahu se refiriera a los palestinos de Gaza como los amalecitas, «recordando» a los soldados israelíes que «formaban parte de un legado que se remonta a 3000 años» y que «recordaran lo que Amalek les había hecho».
Estas fantasías no son solo mentiras, sino ilusiones necesarias que ayudan a los individuos a hacer frente a una realidad social que, de otro modo, sería inconexa. En respuesta a la fragmentación y la alienación de la vida moderna, el fascismo ofrece una coherencia y un propósito imaginarios en los que, en lugar de resolver el caos, impone un orden simbólico. Esto no debe considerarse simplemente como estupidez o rendición ideológica, sino como un medio para precipitar la formación social en la que la fantasía sirve de doxa. En este sentido, no debemos cometer el error de interpretar esta aceptación de la fantasía como un medio para alcanzar un fin, sino como el fin en sí mismo; no se trata de decir una mentira para alcanzar un objetivo mayor, sino de formalizar la mentira como verdad —la mentira en sí misma es el objetivo mayor—, ya que sin el orden simbólico impuesto, nada más puede existir. Al igual que los sionistas utilizan como arma las acusaciones de antisemitismo, equiparando las críticas justas a la política israelí con el antisemitismo y socavando la credibilidad del antisemitismo real, amenazando así la seguridad de los judíos. O, a la inversa, recordemos cómo los nazis llegaron a utilizar ampliamente sus trenes para la inútil deportación de judíos en 1944, en lugar de para transportar suministros militares muy necesarios.
Esta lectura de la lógica política de Israel ayuda a esclarecer sus acciones y compromisos exteriores aparentemente irracionales. La alianza con Esuatini no es diferente de la que mantiene con Lipholo, por ejemplo. No se trata tanto de un beneficio estratégico mutuo como de proyectar y mantener hacia el exterior esta visión del mundo impulsada por la fantasía. Esuatini, aunque opera dentro de un marco de derechos e historias (reales) mitificados, se convierte en un escenario en el que Israel puede extender su orden simbólico. En términos lacanianos, los compromisos exteriores de Israel sirven como una especie de «escenario espejo», una forma de ver su fantasía reflejada y, por lo tanto, afirmada en el mundo exterior. Tampoco debemos pasar por alto la elección de un socio pequeño y autocrático. Este ofrece una resistencia mínima a esta proyección y permite a Israel seguir operando dentro de su circuito cerrado de coherencia ideológica. Los esuatinenses deben comprender que no se trata de una asociación entre iguales, sino de una maniobra psicopolítica, una forma de Israel de reinscribir su estructura fantasiosa a nivel mundial, enmascarando las contradicciones internas y exteriorizándolas en otros complacientes o desvinculados.
Esuatini es, por supuesto, una nación soberana. Es libre de aplicar una política de «Esuatini primero» —o quizás deberíamos ser más honestos y decir «la monarquía primero»— si así lo decide. Lo hizo en 1978, cuando el primer ministro, bajo el mando del rey Sobhuza II, instó a Estados Unidos y al Reino Unido a votar en contra de las sanciones de la ONU contra el apartheid en Sudáfrica, según documentos recientemente desclasificados. Pero la soberanía no existe en el vacío. Si las decisiones de Esuatini amenazan con invitar a potencias extranjeras desestabilizadoras y sin control al patio trasero de Sudáfrica, esta última está igualmente obligada a defender sus intereses apoyando a las organizaciones que benefician su propia seguridad, independientemente de los obstáculos que puedan suponer para el régimen suazi.
Un ejemplo de ello es el Partido Comunista de Suazilandia (CPS), posiblemente la organización suazi más crítica con la presencia de Israel en el país. En la actualidad, la organización no está reconocida oficialmente, a pesar de tener su sede en Sudáfrica. Aunque todos estamos acostumbrados a la capitulación del CNA —y hemos aprendido que, en el caso de Esuatini, el mantenimiento de los intereses económicos entre ciertos individuos y el régimen suazi parece pesar más que la importancia de la seguridad nacional (y los supuestos principios fundamentales)—, es inquietante saber que ni siquiera existen vínculos bilaterales entre el CPS y el Partido Comunista Sudafricano, salvo alguna que otra afirmación de «solidaridad». No existe ningún tipo de apoyo logístico o material.
El régimen suazi haría bien en comprender que Israel no ve en Esuatini un socio, sino un escenario en el que ensayar su teatro psicopolítico autodestructivo. Permitir que Israel establezca tales «asociaciones» en las fronteras de Sudáfrica, sin la supervisión de este país, es una amenaza directa para la estabilidad regional y el proyecto democrático en curso en la zona, lo que en última instancia lo convierte en una provocación que, esperamos, obligará a Sudáfrica a forjar sus propias asociaciones basadas en la salvaguarda de la seguridad nacional y regional frente a los efectos desestabilizadores de la fantasía fascista.
[1] Dlamini, Z.M. 2018. «Swaziland, Israel and the Multimillion “Spying” Arms Deal» (Suazilandia, Israel y el multimillonario acuerdo de «espionaje» armamentístico). 4 de septiembre. Swaziland News.
Ruehl Muller es investigador sudafricano y profesor titular del Instituto de Creatividad e Innovación de la Universidad de Xiamen, China. Escribe a título personal.
Fotografía destacada: El presidente israelí, Isaac Herzog, recibe al embajador de Esuatini en Israel, Mahlaba Almon Mamba, en su residencia oficial (marzo de 2024, Wikicommons).
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5. Monopartidismo albanés.
Un repaso en la página de la FRL a la situación política en Albania, con la misma deriva autoritaria que en toda Europa, allí a manos de un partido presuntamente «socialista».
https://www.rosalux.de/en/news/id/53474/is-albania-on-the-fast-track-to-one-party-rule
¿Está Albania en la vía rápida hacia un régimen de partido único?
Una década de fraude electoral, corrupción y clientelismo político han acabado con el pluralismo político en el país.
Una Hajdari
Una Hajdari es una periodista especializada en sociedades poscomunistas, con especial atención a los movimientos nacionalistas y de extrema derecha, así como a la política identitaria. Cuenta con una amplia experiencia en la cobertura de los Balcanes Occidentales y Europa Central y Oriental.
Las elecciones nacionales celebradas en mayo consolidaron al Partido Socialista (PS) como la fuerza política dominante en Albania, con una victoria aplastante que aseguró al primer ministro Edi Rama un cuarto mandato consecutivo, el más largo de cualquier partido y líder desde los 40 años de gobierno de Enver Hoxha y su Partido del Trabajo.
Los resultados subrayan el firme control de Rama sobre el panorama político del país y, literalmente, sobre todos los ámbitos de la vida pública en Albania. Ahora, en su decimotercer año en el poder, su dominio político deja a la fragmentada oposición con poca influencia o margen de maniobra.
Arrogancia del Estado
Al entrar en cualquier edificio ministerial de Tirana, se comprende rápidamente por qué Transparencia Internacional sigue otorgando a Albania solo 42 puntos sobre 100 en su Índice de Percepción de la Corrupción, a pesar de que el país ha sido recientemente declarado candidato preferente para la adhesión a la UE y, aparentemente, ha mejorado su puntuación anterior, pasando del puesto 99 al 80.
Los ciudadanos se quejan habitualmente de una burocracia lenta en la que a menudo se da prioridad a los favores personales sobre el funcionamiento normal del Estado, lo que afecta a todo, desde la educación y la sanidad hasta el empleo público. El informe de progreso de 2024 de la Comisión Europea sobre el país refuerza aún más esta idea, especialmente después de que una ley de amnistía penal aprobada por el partido en el poder borró los antecedentes penales de 40 funcionarios condenados por el tribunal anticorrupción y redujo las penas de otros 65, socavando los propios organismos creados para limpiar la casa.
Aunque varios partidos más pequeños intentaron abrirse camino para minimizar el control cleptocrático de los socialistas sobre el Estado, la población no tiene muchas esperanzas de que estas prácticas cambien en un futuro próximo. Cuando los albaneses finalmente acudieron a las urnas el 11 de mayo, los observadores internacionales fueron contundentes sobre lo que vieron: los empleados del sector público fueron trasladados en autobuses a mítines progubernamentales, se activaron redes de clientelismo en todo el país y la presión sobre los votantes era palpable.
Los periodistas sorprendieron habitualmente a simpatizantes del partido merodeando por los colegios electorales para presionar a los ciudadanos a votar de una determinada manera, lo que hizo imposible la igualdad de condiciones en las elecciones. A pesar de estos y otros abusos claramente documentados, las posibilidades de que se investiguen las denuncias de compra de votos e intimidación son escasas. La Comisión de Denuncias y Sanciones, como se denomina oficialmente en el país, sigue aplicando una interpretación extremadamente restrictiva de las normas relativas al uso indebido de los recursos administrativos, lo que beneficia en gran medida al partido en el poder.
El pluralismo de los medios de comunicación no corrió mejor suerte: Reporteros sin Fronteras rebajó a Albania al puesto 99 de 180 países en su Índice Mundial de Libertad de Prensa, mientras que los observadores de la Oficina de Instituciones Democráticas y Derechos Humanos constataron que los dos principales partidos dominaban la cobertura mediática de las elecciones, destacando el hecho de que los medios de comunicación están en gran medida en manos de un pequeño grupo de magnates.
Sea lo que sea el Partido Socialista, desde luego no es el partido de la redistribución de la riqueza ni de los derechos de los trabajadores.
El Gobierno socialista también modificó el código electoral para estipular que las emisoras deben conceder a los grandes partidos el doble de tiempo de emisión gratuito que a los grupos parlamentarios más pequeños, lo que deja a los partidos minoritarios sin una plataforma para llegar a sus posibles seguidores. Por si fuera poco, TikTok fue prohibido antes de las elecciones por supuestamente exponer a los usuarios jóvenes a contenidos violentos. Si bien la afirmación no carece de cierto fundamento, la prohibición cerró una plataforma crucial utilizada por los partidos de la oposición y los activistas justo antes de unas elecciones importantes.
La situación es igualmente sombría en el frente climático, ya que Bruselas calificó de «evolución negativa» la rebaja de las leyes de conservación de Albania el año pasado, y los activistas advierten de que abrirá la puerta al desarrollo a lo largo de la costa adriática y el delta del Vjosa, lo que destruirá la belleza natural y los recursos de Albania. Mucho antes de esa votación, varias ONG ya habían llevado a los funcionarios ante la Secretaría de la Comunidad de la Energía por las concesiones hidroeléctricas en el Vjosa, el último río verdaderamente salvaje de Europa.
A pesar de todo ello, la economía, al menos sobre el papel, está en auge. El Banco Mundial sigue pronosticando un crecimiento del 3,2 % para 2025, aunque advierte de que las reformas inconclusas y las perturbaciones externas amenazan con mantener la pobreza y la desigualdad en niveles elevados. Sin embargo, el desempleo total ha aumentado hasta alcanzar un alarmante 18,9 %, una estadística cruda que ayuda a explicar por qué tantos graduados con talento siguen comprando billetes de ida al extranjero.
Política clientelista
En términos generales, el sistema político albanés ha funcionado como un binomio entre socialistas y demócratas desde que se celebraron las primeras elecciones en 1990.
A diferencia de las transiciones más violentas del comunismo que se produjeron en otras partes de Europa, el paso de Albania a la democracia fue turbulento, pero relativamente incruento. La ruptura con cuatro décadas de comunismo aislacionista comenzó en diciembre de 1990, cuando miles de estudiantes universitarios de Tirana organizaron protestas masivas y una huelga de hambre contra el presidente Ramiz Alia, heredero de Hoxha. Las manifestaciones convencieron a Alia de que la represión sería contraproducente, como había ocurrido en otros lugares del bloque del Este, y el 11 de diciembre, su Partido del Trabajo, en el poder, cedió a la presión y autorizó el pluralismo político, una decisión trascendental que sentó las bases para las primeras elecciones multipartidistas de Albania en marzo de 1991.
Al día siguiente, intelectuales disidentes, entre los que destacaba un cardiólogo llamado Sali Berisha, fundaron el Partido Democrático de Albania (PD), que reunió a ciudadanos de a pie, activistas anticomunistas y antiguos presos políticos. Su programa se basaba en el anticomunismo, la firma de acuerdos de derechos humanos como los Acuerdos de Helsinki, el impulso de la modernización europea y, lo más perjudicial, una rápida transición a la economía de mercado.
Sin embargo, las elecciones posteriores mantuvieron al Partido del Trabajo en el poder. El temor a la inestabilidad y al malestar entre la población tras décadas de gobierno único y aislamiento era generalizado, agravado por los crecientes disturbios en la vecina Yugoslavia. El control del Partido del Trabajo se vio reforzado por un sistema generalizado de clientelismo y favoritismo, especialmente en las zonas remotas y rurales, ya que el partido seguía controlando el Estado, del que dependían los votantes para obtener empleo, alimentos y servicios básicos. Aquí surgió una tendencia que marcaría todas las elecciones en Albania: la renuencia de algunos segmentos de la población a apoyar el cambio debido al riesgo percibido de inestabilidad. Cuanto más tiempo permanecía un partido en el poder, más difícil era desbancarlo.
Los beneficiarios del sistema de clientelismo, denominados patronazhistet, también fueron un tema recurrente en la última campaña. Cada año adicional en el cargo significa más partidarios del partido en nómina y una cuesta aún más empinada para los rivales. No todos los partidarios del partido forman parte de la élite adinerada, sino que también incluyen familias con empleos precarios o personas que se aferran a cualquier fuente de ingresos estable que se les presente, y a menudo les motiva el temor de que el próximo grupo que llegue al poder les ofrezca aún menos.
Tras la derrota en las elecciones anticipadas de 1992, el Partido del Trabajo se rebautizó rápidamente como Partido Socialista y abrazó, al menos en apariencia, la socialdemocracia al estilo de Europa occidental. Hoy en día, los socialistas de Edi Rama siguen luciendo la rosa roja, pero gobiernan más como liberales tecnocráticos, habiendo abandonado las protecciones laborales por las que lucharon en su día, al tiempo que mantienen su inclinación hacia el gobierno centralizado. Los beneficios de las empresas se gravan con un tipo impositivo fijo del 15 %, uno de los más bajos de Europa, que Rama ha utilizado para atraer a capitalistas buitres del extranjero, con escasos o nulos beneficios para la población local.
Los proyectos emblemáticos de infraestructura, incluso los destinados a mejorar las carreteras o la conectividad, siguen llevándose a cabo a través de opacas asociaciones público-privadas. Un plan de conversión de residuos en energía, el llamado «escándalo de la incineradora», que ha costado 400 millones de euros, ya ha enviado a la cárcel a un exministro, pero la oposición generalizada al proyecto no ha logrado hasta ahora hacer cambiar de opinión a la élite gobernante. Mientras tanto, el gasto en bienestar social sigue siendo el más bajo de los Balcanes Occidentales, y las huelgas son habitualmente reprimidas con violencia policial. Sea lo que sea el Partido Socialista, desde luego no es el partido de la redistribución de la riqueza ni de los derechos de los trabajadores.
Luchando por abrirse camino
Así, los socialistas y los demócratas se han turnado en el gobierno de un país en el que el Estado sigue repartiendo la mayoría de los puestos de trabajo y los contratos. Durante las últimas tres décadas, varios partidos más pequeños, como el Movimiento Socialista para la Integración (LSI), fundado por el ex primer ministro Ilir Meta y ahora llamado Partido de la Libertad, han intentado romper el duopolio, actuando a menudo como hacedores de reyes en los gobiernos de coalición.
Otros partidos, como el Partido Republicano o el Partido Socialdemócrata, han conseguido ocasionalmente escaños en el Parlamento, pero no han logrado construir una influencia nacional duradera. A pesar de la frecuente y pública desilusión con los dos principales bloques electorales, ninguna tercera fuerza ha conseguido un amplio apoyo. No obstante, las plataformas de estos movimientos «más pequeños» suelen ser más reflexivas, se centran en cuestiones sociales candentes y ofrecen nuevos enfoques para abordar la desigualdad.
Lëvizja Bashkë o Movimiento Juntos, liderado por el profesor y activista de izquierda Arlind Qori, se presentó con el lema «Lo nuevo está naciendo». Lëvizja Bashkë surgió de Organizata Politike, un movimiento de protesta de izquierda nacido tras los acontecimientos del 21 de enero de 2011, cuando la policía mató a cuatro manifestantes frente a la oficina del primer ministro. Qori, su rostro más reconocible, salió de las aulas universitarias y se echó a la calle, ayudando a convertir el descontento colectivo en un centro activista permanente que se reunía semanalmente en un sótano de Tirana.
Con un punto de apoyo en la legislatura, una red de cuadros en minas, refinerías y campus, y una sólida trayectoria de experiencia en protestas ganadas con esfuerzo, el partido de Qori es la mejor oportunidad de Albania no solo para llamar a las puertas del palacio, sino para dar forma a la política nacional.
Durante la década siguiente, OP se convirtió en el tejido conectivo de casi todas las revueltas populares del país. Sus miembros dieron cobijo a los estudiantes que boicotearon las clases durante las protestas educativas de 2018-2019, que llenaron la plaza Skanderbeg de Tirana con 20 000 jóvenes que exigían universidades públicas gratuitas. También se extendieron fuera de la capital, creando solidaridad con los trabajadores de la mina de Bulqiza que abandonaron sus puestos de trabajo en 2019, con los trabajadores de la refinería de petróleo de Ballsh, que hicieron una huelga de hambre de 44 días por el impago de sus salarios en 2020-2021, o cuando marcharon junto a las costureras en marzo de 2022. OP proporcionó abogados, megáfonos, redactó folletos de huelga e incluso les ayudó a conseguir comida para sus familias.
Este historial explica por qué muchos albaneses consideran ahora a OP el único movimiento de izquierda «auténtico» del país. Su programa, que incluye una fiscalidad progresiva para las rentas más altas, un salario digno, sindicatos fuertes e independientes, infraestructuras públicas ecológicas y una educación verdaderamente gratuita, contrasta deliberadamente con el neoliberalismo de impuesto único de los socialistas en el poder. En un panorama en el que la mayoría de los «terceros partidos» se convierten gradualmente en satélites clientelistas, la presencia obstinada y voluntaria de OP en los piquetes la ha convertido en el punto de referencia para cualquiera que busque una alternativa seria a la élite gobernante.
A finales de 2022, el colectivo dio el siguiente paso lógico y se transformó en Lëvizja Bashkë, con Qori como presidente fundador. Bashkë sorprendió a los observadores al obtener un 4,8 % y un escaño en el consejo municipal de Tirana en las elecciones locales de 2023, y luego mantuvo ese impulso en las elecciones generales de 2025, donde consiguió un 1,5 % a nivel nacional y un escaño en el parlamento de 140 miembros.
Aunque estas cifras podrían considerarse decepcionantes, ninguna otra fuerza explícitamente de izquierdas ha superado nunca el umbral parlamentario en la Albania poscomunista. Con un punto de apoyo en la legislatura, una red de cuadros en minas, refinerías y campus universitarios, y una sólida trayectoria de experiencia en protestas ganadas con esfuerzo, el partido de Qori es la mejor oportunidad de Albania no solo para llamar a las puertas del palacio, sino para dar forma a la política nacional.
¿El fin de la oposición?
El Partido Democrático estuvo en el poder durante la mayor parte de la década de 1990 y de nuevo entre 2005 y 2013, pero más de una década de derrotas lo ha llevado al borde de la irrelevancia. Tras perder frente a Rama en 2013, el líder fundador Sali Berisha cedió el control al joven abogado Lulzim Basha, que no logró avances significativos hacia el poder. El PD volvió a caer en 2017 y luego boicoteó el Parlamento en 2019, con la esperanza de que las protestas masivas en las calles y el boicot a las elecciones locales obligaran a convocar elecciones anticipadas. En cambio, los socialistas ganaron en casi todos los municipios y gobernaron sin obstáculos, mientras que la oposición perdió dos años de influencia institucional.
Las elecciones de abril de 2021 elevaron el apoyo al PD a 59 escaños, pero aún así fue la tercera victoria consecutiva de Rama. Lo peor llegó en mayo de 2021, cuando funcionarios estadounidenses declararon a Berisha persona non grata por «corrupción significativa». Bajo la presión de Estados Unidos, Basha expulsó a su mentor del grupo parlamentario del PD, lo que provocó una revuelta popular dentro del partido y su división en dos facciones, con Berisha controlando la más grande e influyente. Berisha siguió adelante incluso después de que la oficina especial anticorrupción de Albania lo imputara en septiembre de 2023 y lo pusiera bajo arresto domiciliario en diciembre de ese mismo año. Su facción organizó frecuentes protestas a lo largo de 2024, presentándolo como una víctima de unos tribunales sesgados que buscaban destruir el único partido de la oposición en Albania.
Con la oposición en desorden y sin un sucesor claro a la vista, Rama se erige ahora como la fuerza política indiscutible de Albania.
En esta ocasión, los demócratas intentaron unir su suerte a la de Donald Trump y el movimiento MAGA contratando al estratega electoral Chris LaCivita y a su colaborador Paul Manafort, conocido por su injerencia en Ucrania durante el primer mandato de Trump. El partido buscaba utilizar la asociación con Trump para reunir a los conservadores y atraer los votos de la diáspora. Los críticos nacionales y extranjeros calificaron la medida de insensata y dudaron de que los albaneses aceptaran la retórica trumpista.
Cuando se calmaron las aguas, Rama se aseguró un cuarto mandato récord con 82 escaños y el 52 % de los votos, mientras que un PD fracturado obtuvo su peor resultado desde 1997. Con batallas legales sin resolver, su fundador imputado y facciones rivales aún intercambiando golpes, la pregunta ya no es si los demócratas pueden volver al poder, sino si pueden seguir siendo un partido coherente. Su posible desaparición tendría enormes implicaciones para la política albanesa, donde los demócratas, hasta ahora, siguen siendo considerados la única oposición significativa.
El líder supremo
Desde que asumió el cargo en 2013, Edi Rama ha presidido el periodo más largo de gobierno ininterrumpido en la era poscomunista de Albania. Su Gobierno cita la amplia «investigación» de jueces y fiscales —aproximadamente el 60 % de los investigados han dimitido o han sido destituidos— como prueba de la reforma institucional, aunque las vacantes han ralentizado los procedimientos judiciales y han provocado repetidas apelaciones de Bruselas y de los colegios de abogados nacionales para que se introduzcan cambios concretos que vayan más allá de las medidas cosméticas.
El mandato de Rama también coincidió con el inicio formal de las negociaciones de adhesión de Albania a la UE en julio de 2022. Si bien los informes de progreso de la Comisión Europea elogian medidas como la simplificación de las normas aduaneras y la adopción de partes del acervo comunitario, siguen destacando los modestos resultados en la persecución de los casos de corrupción y blanqueo de capitales de alto nivel. El primer ministro califica el prolongado proceso de «trabajo en curso», mientras que los políticos de la oposición afirman que la aplicación de la ley sigue siendo selectiva.
Freedom House sigue calificando a Albania como «parcialmente libre», una clasificación que mantiene al país en la columna de los democráticos, aunque imperfectos, en lugar de claramente autocráticos. Los observadores internacionales también consideraron que las elecciones fueron «competitivas y se desarrollaron de forma profesional», pero subrayaron el uso generalizado de los recursos administrativos por parte de los socialistas en el poder. Los índices del Estado de la Democracia en el Mundo de International IDEA clasifican a Albania como una «democracia débil», pero un escalón por encima de Serbia, el único régimen híbrido de la región, y muy lejos de ser considerada una autocracia. En conjunto, las conclusiones de estos organismos de control sugieren que Edi Rama no es un autócrata absoluto, al menos por ahora. Sin embargo, su creciente control sobre los recursos estatales, los medios de comunicación y los contratos públicos está erosionando los controles y contrapesos y empujando a Albania por un camino que, sin una presión correctiva, podría reducir aún más el espacio democrático.
Con la oposición en desorden y sin un sucesor claro a la vista, Rama se erige ahora como la fuerza política indiscutible de Albania, difuminando en gran medida la línea entre el partido y el Estado y llevando al país a un terreno desconocido. Lo que antes era un sistema pluralista en el que el poder podía ser cuestionado de forma razonable, está empezando a parecerse a un espectáculo unipersonal, en el que los controles institucionales se están desvaneciendo y la competencia electoral es cada vez más simbólica. La UE aún puede intentar marcar el calendario de las reformas e ejercer su influencia, pero dentro del país, la verdadera cuestión ya no es la política, sino si Albania está deslizándose lentamente hacia una autocracia blanda, encubierta con el lenguaje del desarrollo y la integración.
6. Mitos fundacionales.
La última entrevista de Hedges a una autora que compara la historia mítológica compartida por Estados Unidos e Israel.
https://chrishedges.substack.com/p/the-shared-mythological-history-of
La historia mitológica compartida de Israel y Estados Unidos (con Joan Scott) | El informe de Chris Hedges
Chris Hedges habla con la profesora Joan Scott sobre el análisis cultural de la difunta Amy Kaplan sobre la historia mitológica compartida por Estados Unidos e Israel y cómo ha fabricado el consentimiento para las atrocidades de Israel.
29 de mayo de 2025
Esta entrevista también está disponible en plataformas de podcast y Rumble.
Las narrativas que rodean a Israel y su campaña genocida contra los palestinos tardaron décadas en crearse y arraigarse en la psique occidental. El Holocausto, décadas después de su fin, se convirtió en una parte central de la identidad judía e israelí. Los enemigos del Estado israelí fueron equiparados con los nazis. La ubicación física de Israel se convirtió en algo esencial para los evangélicos cristianos que creen que la segunda venida de Jesucristo tendrá lugar allí.
La difunta Amy Kaplan, en su libro Our American Israel: The Story of an Entangled Alliance, exploró cómo se desarrollaron estas narrativas a través de la cultura popular y la cobertura mediática de las acciones del Gobierno israelí a lo largo del siglo XX, especialmente en Estados Unidos. La profesora Joan Scott, profesora emérita de la Facultad de Ciencias Sociales del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton y profesora adjunta de Historia en el Centro de Estudios Superiores de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, se une al presentador Chris Hedges en este episodio de The Chris Hedges Report para hablar del libro de Kaplan y de su relevancia ante el genocidio de los palestinos por parte de Israel.
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«Parte de la historia de la víctima invencible es que los judíos tienen que estar siempre alerta para defenderse de cualquier señal de que el Holocausto está a punto de reaparecer y luego atribuirlo a los palestinos, a la posibilidad de que provoquen otro Holocausto», afirma Scott. «Así, toda la industria de defensa de Israel, toda la ocupación de Gaza y Cisjordania se convierten en una forma de argumentar contra la posibilidad de otro Holocausto».
En cuanto al sionismo cristiano, Scott explica que el cinismo del Gobierno israelí tolera a los antisemitas dentro de estos grupos «porque están atrayendo a un amplio sector de la población estadounidense, un sector con gran influencia política, sin duda ahora con Trump, para que apoye las actividades que está llevando a cabo Israel».
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Presentador
Chris Hedges
Productor:
Max Jones
Introducción:
Diego Ramos
Equipo:
Diego Ramos, Sofia Menemenlis y Thomas Hedges
Transcripción:
Diego Ramos
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Transcripción
Chris Hedges
Our American Israel: The Story of an Entangled Alliance, de Amy Kaplan, analiza la relación simbiótica de Israel con Estados Unidos. Cuenta la historia de cómo un proyecto colonial judío cautivó la imaginación del público estadounidense, entrelazando el mito nacional de Israel con el nuestro. El excepcionalismo estadounidense es un reflejo del excepcionalismo israelí.
La creencia de que Estados Unidos, ordenado por Dios para liderar el mundo, reproduce la visión mesiánica que Israel tiene de sí mismo. Ambos países, debido a sus mitos nacionales similares, insisten en que están exentos del derecho internacional y humanitario. Comparten un desprecio abierto por las «razas inferiores de la tierra», y ambos remontan sus raíces al colonialismo europeo. Los judíos israelíes, escribe Kaplan, son a la vez víctimas eternas y admirados por su destreza militar.
Los palestinos, en este proceso, han sido, en el mejor de los casos, invisibilizados y, a menudo, demonizados como subhumanos, representaciones de los bárbaros que Estados Unidos e Israel buscan suprimir en su choque de civilizaciones.
Lo que hace único el libro de Kaplan es que ella es una crítica cultural que ve en los mitos y las historias difundidas por escritores, cineastas y periodistas la imposición de las peculiares creencias que sostienen el vínculo entre el Estado sionista y Washington. Comienza el libro con un análisis de la novela de Leon Uris Exodus, así como de su adaptación cinematográfica, que moldeó la visión de una generación sobre Israel y Oriente Medio. Examina el libro de Joan Peters de 1984 From Time Immemorial, que sirvió de modelo a los historiadores para argumentar, falsamente, que los palestinos nunca existieron como pueblo diferenciado.
El mito de Israel, señala, es proteico, depende de las realidades históricas cambiantes. La invasión israelí del Líbano en 1982 y las masacres en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila, los levantamientos palestinos o intifadas, requirieron nuevas narrativas para reforzar los lazos entre Israel y Estados Unidos. De repente, el Holocausto, que era una nota al pie en la narrativa popular, adquirió una importancia central. Israel, especialmente con la creación del Museo del Holocausto en Washington, se entrelazó con la Shoah. El genocidio pasó a ser fundamental para la identidad judía. Y, jugando la carta de que podría volver a ocurrir, se le dio a Israel licencia para reprimir salvajemente a los palestinos, tachados por los líderes israelíes de nuevos nazis.
Kaplan termina el libro con una crónica del auge del sionismo cristiano, que ha surgido como un baluarte de apoyo al Estado apartheid de Israel. Kaplan, fallecida en 2020, era profesora de inglés Edward W. Kane en la Universidad de Pensilvania. Su libro ha sido reeditado recientemente por Harvard University Press. Para hablar del libro de Kaplan, me acompaña la profesora Joan Scott, profesora emérita de la Escuela de Ciencias Sociales del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton y profesora adjunta de historia en el Centro de Estudios Superiores de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.
Entre sus numerosos libros se encuentran los clásicos Gender and the Politics of History, The Politics of the Veil y Knowledge, Power, and Academic Freedom. Comencemos con Kaplan. He leído muchos, muchos, muchos libros sobre Oriente Medio. He pasado siete años [allí]. Este libro me pareció único por la forma en que abordaba el tema. Como le mencioné cuando hablamos, me recordó la concepción de [Antonio] Gramsci sobre la hegemonía cultural, cómo la cultura crea esencialmente una narrativa que sustenta la política. Hable un poco sobre ella y luego pasaremos al libro.
Joan Scott
Bueno, la conocí… Tengo que decir, Chris, que tu resumen del libro es fantástico, envidiable, porque podría ser una reseña que debería aparecer en todas partes para que la gente supiera lo que hay en este libro. Creo que lo has resumido muy, muy bien. Ella era, como has dicho, profesora de Inglés y Estudios Americanos en [la Universidad de Pensilvania].
Estuvo aquí, en el Instituto. Ya sabes, la gente viene al Instituto para investigar y escribir durante un año. Ella tuvo una beca en el Instituto en 2011-12, cuando empezó este libro. Y estaba investigando, como estudiosa de los estudios estadounidenses, interesada precisamente en lo que tú has señalado, en los aspectos culturales que dieron lugar a esta relación especial, la relación especial e intocable entre Estados Unidos e Israel.
Y trabajó en ello. Dio un seminario aquí, que fue el primer capítulo del libro sobre Exodus. Y aquellos de nosotros que crecimos en los años 50 y principios de los 60, creo que la novela era de 1957 y la película de 1960.
Chris Hedges
Con Paul Newman, rubio y de ojos azules, como arquetipo del judío.
Joan Scott
Rubia, de ojos azules, como la encarnación del judío… y lo consiguió. Lo hizo en un seminario aquí y su lectura fue sencillamente fantástica. La gente quedó asombrada. Y aquellos de nosotros, como he dicho, que habíamos crecido sabiendo lo popular que había sido esa película, nos quedamos realmente sorprendidos por lo astuta que era en su lectura de cómo se sustituía una cierta imagen estereotipada del judío débil y victimizado por la figura de Paul Newman, un luchador heroico por el futuro de Israel y el futuro del pueblo judío.
Trabajó mucho en ello y le llevó bastante tiempo. El libro se publicó finalmente en 2018. Recuerdo haber leído muchos capítulos mientras los escribía. Luego, trágicamente, le diagnosticaron un cáncer cerebral y murió dos años después, en 2020. Así que nunca pudo dar a conocer el libro como se suele hacer, dando charlas por todas partes, participando en debates en los que respondía a las críticas, etc.
Hace aproximadamente un año, su hija, que ahora es adulta, a raíz de todo el debate sobre Gaza y la guerra genocida en Gaza, pensó que este sería un momento en el que este libro tendría un peso que ningún otro libro tiene sobre la cuestión de Israel y Palestina. Así que puso en marcha una campaña con Harvard University Press y les convenció para que lo publicaran en edición de bolsillo. Ya se ha publicado.
Así que lo publicaron en rústica el 1 de marzo, creo, y muchos de los que estábamos comprometidos con la memoria de Amy y con el libro decidimos ir a nuestras librerías locales para promocionarlo y hablar de él, que es como usted y yo hablamos por primera vez del libro en la librería Labyrinth de Princeton. Esa es la historia. Y creo que al releerlo para nuestras conversaciones, me ha vuelto a sorprender lo mucho que nos ayuda a comprender esta llamada relación especial.
Chris Hedges
En primer lugar, hay que decir que Rashid Khalidi, el gran erudito palestino, le dedicó una crítica muy elogiosa en The Nation cuando se publicó. Y ella misma, solo lo sé por usted, provenía de un entorno sionista.
Joan Scott
Sí, sí. Y creo que eso era parte de lo que se trataba, explorar de dónde venía y cuál había sido el adoctrinamiento que había recibido mientras crecía. De hecho, en los agradecimientos, menciona el hecho de que su padre murió antes de que se publicara el libro, pero dice que él habría estado en desacuerdo con todo lo que estaba haciendo aquí. Pero habría reconocido mi derecho a hacerlo, algo así.
Así que incluso en ese pequeño reconocimiento se percibe que ella proviene de un lugar que tuvo que cuestionar críticamente de una manera muy profunda, y así lo hizo. Venía a almorzar, todos almorzamos juntos, los becarios del instituto, y ella llegaba y decía: «No puedo creerlo, I. F. Stone y The Nation eran grandes defensores de Israel en los años 40».
Chris Hedges
Sí, era muy deprimente. [Risas].
Joan Scott
Bueno, para aquellos de nosotros para quienes I.F. Stone era un héroe, el héroe periodístico de la guerra de Vietnam, era como: «¿Cómo puede ser?». Se retractó, de hecho cambió de opinión de forma bastante significativa sobre esta cuestión. Pero en los años 40 estaba totalmente a favor de la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra.
Chris Hedges
Esa fue Joan Peters, a quien ella critica. Hay que admirar su profundidad, evidente en el libro, su intelectualidad, no solo su profundidad, sino también su integridad, claramente. En términos generales, hay dos modelos que se utilizan para unir a Israel y Estados Unidos. El primero es la versión mítica de la colonización del Oeste, y el segundo es la Biblia.
En términos generales, ¿puede hablar de eso?
Joan Scott
Claro, ella tiene una cita en el título del libro, Our American Israel, que proviene de un sermón predicado en 1799 en una iglesia de Nueva Inglaterra, que dice algo así como: «Estados Unidos es la realización del Israel bíblico. Estamos aquí». Creo que está en la página cinco, si no recuerdo mal. La frase «Nuestro Israel americano» proviene de una expresión puritana del excepcionalismo colonial estadounidense.
Y su cita era este sermón: «Rasgos de semejanza entre el pueblo de los Estados Unidos de América y el antiguo Israel. A menudo se ha señalado», dice el autor, «que el pueblo de los Estados Unidos se acerca más al antiguo Israel que cualquier otra nación del mundo. De ahí nuestro Israel americano, un término frecuentemente utilizado y que el consenso general considera adecuado y apropiado».
Así que el Israel bíblico está ahí desde el siglo XVIII y es recuperado de nuevo en una nueva forma por los evangélicos que ha mencionado usted. Los dos últimos capítulos del libro tratan de la forma en que los evangélicos estadounidenses retoman esta idea, esta vez de que la segunda venida de Cristo tendrá lugar de alguna manera en Israel y que, en ese momento, los judíos que se conviertan serán arrebatados junto con los cristianos y todos los demás serán destruidos en otro momento apocalíptico de transformación bíblica.
Así que el tema bíblico se extiende desde el principio, cuando Estados Unidos es la realización del sueño de Israel, hasta el siglo XX o incluso el XXI, cuando Israel es el cumplimiento de las profecías de la Biblia.
Chris Hedges
Y los mismos pasajes bíblicos, los puritanos utilizaban las historias de los amalecitas, que Netanyahu ha repetido sobre la aniquilación, la destrucción, creo que incluso de sus hijos y animales y todo lo demás, utilizaban exactamente el mismo pasaje bíblico para justificar el genocidio contra los nativos americanos.
Joan Scott
Sí, sí. Ella también desarrolla muy bien el paralelismo entre los nativos americanos y los palestinos, que de hecho se hace eco del tema de una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Es el mismo argumento que se esgrime aquí. No había nadie aquí cuando llegaron los estadounidenses y exterminaron o intentaron exterminar a los nativos americanos, de forma similar a lo que han hecho con los palestinos en Israel.
Chris Hedges
Bueno, y esto fue impulsado por el libro de Joan Peters de 1984, que fue retirado cuando era estudiante de posgrado por Norman Finkelstein, que argumentaba que no tenían identidad nacional. Los palestinos no tenían identidad nacional, que los palestinos que estaban allí habían emigrado porque los colonos judíos estaban revitalizándose. Todo eso era falso.
Y ella aborda la importancia del libro de Peters porque fue utilizado durante mucho tiempo por historiadores proisraelíes para justificar esta narrativa tan falsa. Quiero empezar por donde ella lo hace. Ha mencionado a I. F. Stone, su libro Underground to Palestine. Pero me pareció que, por un lado, estaba la izquierda, con I. F. Stone formando parte de la contracultura, pero esta identificación de la contracultura con este Estado colonialista.
Y, como usted ha dicho, I. F. Stone se retracta. Voy a leer ese pequeño pasaje. Es de su libro Underground to Palestine, su primer libro.
«El libro de Stone incluía los principales tropos de la narrativa que los estadounidenses progresistas contaban sobre el sionismo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Su descubrimiento personal del parentesco con los judíos de Europa añadía emotividad. Se dio cuenta de que si sus padres no hubieran emigrado de Rusia a Estados Unidos, él podría haber acabado en las cámaras de gas o como un refugiado harapiento y sin hogar. A medida que se acercaba a sus hermanos judíos, grababa sus lastimeras canciones en yiddish, que expresaban el anhelo de un mundo perdido por la violencia catastrófica. Al mismo tiempo, narró su viaje en un tono decididamente estadounidense. Ese es un tema fundamental del libro, como historia de renacimiento en el viaje transformador del viejo mundo al nuevo, en contraste con el espíritu derrotista que se cernía sobre una Europa destrozada. Le sorprendió la tremenda vitalidad de los refugiados y su determinación de construir una nueva vida en una nueva tierra.
En su libro, Stone se centró en el viaje, no en la llegada, y narró el sueño de una patria judía, sin las realidades árabes que lo perturbaron, realidades que había señalado en sus anteriores reportajes desde Palestina. «Hablemos de ese vínculo entre la izquierda y Stone, que fue perseguido y puesto en la lista negra. Ni siquiera pudo conseguir trabajo en The Nation.
Acabó imprimiendo I.F. Stone’s Weekly en su sótano, como usted ha dicho, no solo sobre la guerra de Vietnam, sino también sobre la guerra de Corea, denunciando muchas atrocidades cometidas en esta última. Pero existía ese matrimonio. Y luego hablaremos de Exodus, el libro y la película. Y esa combinación me parece fascinante.
Joan Scott
Bueno, una de las cosas que creo que atraía a la izquierda era la visión socialista de Israel, los kibutz, ¿cuántos libros se han escrito sobre eso? Era una posibilidad futura, no solo para los izquierdistas, sino también para las feministas. Se criaba a los niños de forma colectiva, se preparaban las comidas de forma colectiva, todas las tareas domésticas que se consideraban opresivas para las mujeres se compartían en un tipo de organización diferente.
Creo que eso fue una de las cosas que le atrajo, al igual que a Freda Kirchwey, de The Nation, y a otros. Era una especie de experimento socialista muy atractivo y muy posible. La otra era la noción, y ella utiliza este término varias veces a lo largo del libro, de las víctimas invencibles.
Es decir, por un lado, los judíos habían sido víctimas de un trato horrible en Europa y, a lo largo de la historia, víctimas de todo tipo de antisemitismo. Pero aquí eran invencibles. Es decir, iban a prevalecer. Había una especie de resiliencia que se podía admirar, en lugar de la horrible noción de victimización. La noción de resistencia también es importante para la izquierda.
El gueto de Varsovia se convierte en una especie de prueba, el levantamiento del gueto de Varsovia se convierte en una prueba de que los judíos son resistentes. No son solo víctimas patéticas. Son, como ella los llama de nuevo, víctimas invencibles. Es decir, pase lo que pase, hay una especie de resiliencia y resistencia que prevalece y que Israel se convierte entonces en la encarnación para mucha gente de la izquierda como resultado de ello, creo.
Chris Hedges
Bueno, más adelante habla de la importancia del Holocausto, pero es importante señalar que, inicialmente, con la creación del Estado de Israel, los refugiados de Europa, víctimas del Holocausto, eran considerados en cierto modo vergonzosos por no haber resistido. Y solo más tarde el Holocausto pasó a formar parte de la identidad judía y se convirtió en un tropo, pero no al principio, no desde el principio.
Y, por supuesto, como bien sabe, la ironía del levantamiento del gueto de Varsovia es que el único comandante, el subcomandante del levantamiento, Marek Edelman, condenó el Estado de apartheid, el Estado colonialista, reconoció el derecho de los palestinos a la autodeterminación y a la resistencia, incluso a la resistencia armada, estableciendo analogías entre su resistencia, la resistencia que él y los combatientes del gueto llevaron a cabo en Varsovia, y la resistencia en Palestina.
Así que, por un lado, sí, utilizan el levantamiento del gueto de Varsovia, pero la única figura histórica importante era un anatema, un paria en el propio Israel.
Joan Scott
Bueno, mencionas que una de las cosas que ella analiza muy bien es la forma en que siempre hay una voz disidente como la suya, como la de otros, incluso cuando habla de la historia de la fundación del Estado de Israel. Hubo mucha gente, Hannah Arendt, Martin Buber, que pensaba que la idea de una patria judía, un Estado judío, era una forma étnico-nacional peligrosa de concebir un lugar, una patria o un lugar donde pudieran ir los judíos.
Pero lo que ella muestra con tanta claridad es cómo esas posiciones fueron eclipsadas con cuidado y crueldad. Esas voces, si no fueron silenciadas, quedaron tan apagadas que no se podían oír. Su idea de Gramsci, creo que es acertada, esa visión hegemónica, esa apreciación cultural de la importancia de Israel para Estados Unidos prevalece siempre.
Hay pasajes en algunos capítulos en los que uno piensa: «Bien, aquí se está articulando alguna crítica», y ella la desarrolla con cierto detalle, pero luego se ve cómo es rechazada por las principales fuerzas de los medios de comunicación, por los políticos y por lo que se define como el lobby israelí o los lobistas que van a… la Liga Antidifamación (ADL) y lo que se convierte en el AIPAC, esos grupos adquieren un predominio que consigue silenciar cualquier tipo de crítica.
Chris Hedges
Bueno, Yeshayahu Leibowitz, debemos mencionar a otro, el gran filósofo israelí que lo vio venir, dónde estamos. También quiero hablar de los periodistas porque ella, vaya, lo entendió. Quiero decir, la forma en que los periodistas, hay dos cosas, después de haber pasado 20 años en el extranjero, descubrí con la gente, especialmente con la gente que llegaba de fuera, porque realmente no entendían la situación que les rodeaba.
Inmediatamente deformaban la situación para hacerla más aceptable para el público estadounidense, pero para americanizarla. Y así, ella habla inmediatamente después, por supuesto, de los 750 000 palestinos desposeídos. Jaffa era en gran parte una ciudad palestina, completamente vaciada, y hubo una limpieza étnica, miles de personas fueron asesinadas, la masacre de Deir Yassin. Y luego están los periodistas que vienen de Estados Unidos y informan sobre ello.
Y ni siquiera pueden ver lo que tienen delante de sus ojos. Hay un pasaje en el que escribe sobre Freda Kirchwey, que visitó «la ciudad silenciosa y desierta de Jaffa» para abordar la pregunta: ¿por qué huyeron los árabes? Ella registró la trascendencia de más de 50 000 personas huyendo de la ciudad árabe más grande de Palestina.
Y mencionó brevemente el ataque y el asedio de las fuerzas combinadas del Irgun, un grupo terrorista clandestino liderado por [Menachem] Begin, y la Haganá, que era el ejército miliciano israelí más establecido a finales de abril. Sin embargo, no mencionó el impacto de este ataque en la población, sino que afirmó que la huida masiva de Jaffa y de otras ciudades y pueblos palestinos parecía tener poco que ver con los combates en sí.
Lo que está en juego, esto aparece al final del párrafo, lo que está en juego para Kirchwey en la imagen del soldado humanitario es su inversión en el refugiado judío como símbolo universal del sufrimiento noble y la creación del Estado judío como triunfo moral de la civilización sobre el fascismo. Vi que en todas las guerras, en todos los lugares que cubrí, luché, pero tuve que luchar no solo contra la narrativa mítica que se vendía al público estadounidense, sino también contra mis propios colegas de la prensa.
Como trabajaba para el New York Times, no iba y venía. Vivía allí. Estuve seis años en Latinoamérica y siete en Oriente Medio. Pero estas personas que llegaban allí de repente, sin ningún dominio del idioma y sin ningún conocimiento histórico, alimentaban inmediatamente el tipo de tópicos que los estadounidenses podían entender y que les permitían dar sentido a lo que no entendían. Ella lo entiende muy, muy bien en el libro.
Joan Scott
Sí. Bueno, yo también creo que viene de la idea de que algunos de estos periodistas piensan que tienen que alimentar, como usted ha dicho hace un momento, tienen que alimentar la información en términos que sus lectores ya puedan entender, en lugar de entender su papel como productores de conocimiento con el que luego la gente tiene que lidiar.
Y eso se ve ahora de forma dramática en el periodismo que cubre la guerra de Gaza. El miedo a ofender a los lectores es mucho mayor que la idea de que su trabajo es comunicar a los lectores información que puede resultar incómoda, pero que realmente necesitan saber.
Y creo que tiene razón. Ella muestra muy bien, con un análisis muy preciso, cómo funciona eso.
Chris Hedges
Sí, bueno, con ejemplos muy claros.
Joan Scott
Sí, y cómo funciona. Pero creo que eso es lo que estamos viviendo ahora. ¿No tiene el New York Times una lista de palabras que no se pueden usar?
Chris Hedges
Sí, bueno, y cuando hablan de los campamentos de estudiantes, los caracterizan como acosadores de estudiantes judíos. Puede que haya habido acoso a estudiantes judíos, pero la mayor parte de la represión se llevó a cabo contra los manifestantes, cientos de los cuales fueron detenidos en el campus de Columbia, personas que han sido deportadas, personas que han sido suspendidas. Ruha Benjamin, en Princeton, está dando clases en periodo de prueba. Eso no se menciona. Y sí, ahora se ve.
Y, por supuesto, también debemos señalar el hecho de que, y esto es algo por lo que otros periodistas internacionales y yo fuimos a Egipto a protestar, Israel está bloqueado. No hay prensa extranjera en Gaza por razones obvias. Y más de 120, creo, periodistas palestinos han sido asesinados, muchos de ellos de forma selectiva.
Hablemos de Exodus. Vale, hablemos de una novela basura y de un escritor basura, Leon Uris. [Risas].
¿Sabe usted que otro libro similar fue ¡Oh, Jerusalén! Ese fue otro que los israelíes… ¿recuerda usted la historia de la guerra? Creo que fue la fundación de Israel.
Joan Scott
Sabe, yo probablemente estaba en el instituto, empezando la universidad, cuando se publicó la novela. Y recuerdo que todo el mundo la leía. Ibas en el metro de Nueva York y la gente estaba sentada allí leyéndola.
Chris Hedges
Voy a leer esto. «Se ha comparado, por su alcance épico y sus ventas masivas, con Lo que el viento se llevó». Bueno, ahí tenemos otra pieza de propaganda a favor de los esclavistas, que transformó la historia de la Guerra Civil en un pasado nacional compartido. «Pero Exodus es diferente, ya que no es una historia contada por israelíes sobre su propio país. Eso es muy importante. Es una historia contada por un autor estadounidense para lectores estadounidenses». Y luego escribe: «No se puede sobreestimar la influencia de Exodus en la americanización de la narrativa sionista sobre los orígenes de Israel». Se vendieron 20 millones de copias en 20 años. Ahora, usted y yo necesitamos ese tipo de ventas, entonces todos podremos irnos a las Bermudas para siempre.
Así que, quiero decir, es simplemente extraordinario. Quiero decir, lo hace pedazos. Quiero decir, solo los personajes principales de la película, que también era muy… Los personajes principales de la película, debido a su blancura, se perciben fácilmente como euroamericanos. Mientras tanto, cuando esta película apareció en 1960, la mayoría de los inmigrantes judíos llegaban a Israel procedentes de países árabes y norteafricanos, aunque no eran bien tratados por los europeos Netanyahu, Ashkenazi y Avi Shlaim, que escribe un libro muy bueno sobre esto. Creo que se titula Three Worlds, es muy bueno, sus memorias.
Y luego, solo un pasaje más y le dejaré hablar. Así que ellos, ellos tienen, por supuesto, a la protagonista cristiana Kitty, que representa a los estadounidenses, que descubre en el sionismo las cualidades místicas de la Tierra Santa de las que había oído hablar en la escuela dominical. Kitty habla el lenguaje de la tradición judeocristiana recientemente inventada, que abarcaba a católicos, protestantes y judíos en una identidad estadounidense compartida y, durante la Guerra Fría, los unió en la fe contra el comunismo ateo. En Exodus, también los une contra los árabes.
Joan Scott
Sí. Lo interesante de esto, y ella lo desarrolla a lo largo del libro, es el carácter europeo de estos judíos que han sido asesinados en Europa y a los que no se les permite entrar en gran número en Estados Unidos. Todo el mundo está muy contento con Israel porque puede acoger a los judíos que no quieren, los países angloamericanos no quieren judíos entre ellos.
Chris Hedges
Permítame interrumpirle por la Ley McCarran-Walter de 1952, redactada por el senador McCarran, un antisemita rabioso, que ahora se está utilizando contra activistas palestinos que tienen tarjetas de residencia, visados de estudiante y todo lo demás, y que fue diseñada para mantener fuera a las víctimas del Holocausto y no dejarlas entrar en Estados Unidos. Por eso la escribió.
Joan Scott
Sí, no, pero lo que se ve en esa película, y ella lo describe muy bien, es la europeización, el blanqueamiento del judío. Ya no es ese estereotipo oscuro, patético y feminizado de la masculinidad, sino este personaje de Paul Newman que lucha hasta la muerte y que lleva la civilización a Oriente Medio, porque eso se convierte en otro de los tópicos que se asocian con Israel, que es la única fuerza democrática, la única fuerza para la ilustración y la democracia y los valores europeos en Oriente Medio. Así que la película permite ese nuevo tipo de representación de quiénes son los judíos y qué representan.
Chris Hedges
Ella escribe: «Exodus recreó el mito primigenio de la frontera americana como una historia de regeneración a través de la violencia». Está citando a Richard Slotkin, por supuesto, su gran libro. «El héroe de un western se aventura más allá de la frontera del mundo civilizado, hacia la naturaleza salvaje, con el fin de colonizar regiones oscuras y caóticas y aprender el modo de vida de los indios, liberándose así a sí mismo y a la sociedad que representa de la oscuridad. Es la barbarie del otro, ya sea indio o árabe, la que obliga al héroe a volverse violento. Adopta sus métodos para derrotarlos y establecer una frontera entre la violencia legítima y la ilegítima».
Así que cuando habla de la Biblia y Occidente, la historia de Israel está adaptada o creada para paralelizarse precisamente con nuestra propia mitología sobre la colonización de Occidente por los europeos y los euroamericanos.
Joan Scott
Chris, me preguntaba qué opinaba usted sobre el tema de la violencia. Me pareció muy interesante la forma en que ella traza la justificación de la violencia desde el principio. Pero luego, cuando se llega a la guerra contra el terrorismo, Israel se convierte en el modelo a seguir para lidiar con los terroristas que se encuentran entre nosotros, para lidiar con cualquier tipo de levantamiento o protesta.
Proporcionan parte de la tecnología y el asesoramiento, no solo al Gobierno nacional, sino también a las fuerzas policiales locales sobre cómo contener o encontrar, rastrear el terrorismo y contenerlo en sus ciudades. Me pareció que la forma en que la historia se convierte en la utopía socialista idílica de los años cuarenta y cincuenta, y luego pasa a ser un proveedor de armas o tecnología para la guerra contra el terrorismo en Estados Unidos y se convierte en el modelo de cómo resistirse a ella, era otro aspecto fascinante del libro.
Chris Hedges
Sí, ella habla de cómo mitologías particulares como esta no se sostienen, especialmente después de la invasión del Líbano en 1982. Creo que murieron 17 000 libaneses. Bombardearon Beirut Occidental, bombardearon intensamente el sur del Líbano. La guerra fue un desastre para Israel. Como ella señala, había corresponsales extranjeros. Esa fue también una parte muy importante y buena del libro. Había corresponsales extranjeros en Beirut que lo estaban viendo, John Chancellor, por ejemplo, y estaban horrorizados por la barbarie.
Así que, de repente, tuvo que haber una nueva narrativa, y fue entonces cuando despegó el Holocausto. Y quizá deberíamos hablar de eso. Justo antes de terminar, en cuanto a la forma en que Exodus y las narrativas retrataban a los árabes, se les acusaba, al igual que a los negros en el sur antes de la guerra civil, o incluso durante la época de Jim Crow, de ser depredadores sexuales.
Ella exageró la cobardía árabe. Así que, ya sabe, había una caracterización de los árabes que se asemejaba mucho a nuestra propia difamación del carácter, en particular, de los afroamericanos en Estados Unidos. Pero hablemos del Holocausto. Y Finkelstein escribió su libro, La industria del Holocausto.
El Holocausto no es, como mencionamos antes, una parte importante de la narrativa. Y después del Líbano, las cosas cambian. Hay una salvajada y el Holocausto pasa a ocupar un lugar preeminente en la narrativa. Hubo una miniserie. Nunca la vi. Quizás usted la vio, pero ella escribe sobre ella en el libro titulado El Holocausto. Está el Museo del Holocausto, sobre el que ella escribe, planteando la pregunta de por qué hay un Museo del Holocausto en suelo estadounidense.
Es una pregunta bastante buena. Pero hablemos del uso del Holocausto, porque es una parte muy importante, y después del 11-S todo esto se ha acelerado, como usted ha dicho, pero ideológicamente se justifica por la casi aniquilación de los judíos. Y solo como advertencia en defensa de los refugiados judíos, los que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, fueron expulsados de todas partes, en primer lugar. Y cuando intentaron volver a casa, a lugares como Polonia, hubo pogromos.
Me refiero a que estamos hablando de después de la Segunda Guerra Mundial. Así que realmente, quiero decir, esa es la parte trágica. No tenían adónde ir. Ese libro, Neighbors, es muy bueno sobre las personas que intentaban, las familias judías que sobrevivieron a los campos de exterminio, intentar volver a sus granjas o a sus hogares y fueron asesinadas. Así que, quiero decir, creo que esa es la tragedia para todos los que hemos cubierto ampliamente la actualidad de Israel.
Pero hablemos del Holocausto, porque el Holocausto se convierte en un arma y ella, por supuesto, derriba a Elie Wiesel, que se convierte en el Sr. Holocausto, a quien yo conocí personalmente. Pero hablemos del Holocausto y de sus usos y de lo que ella escribe al respecto.
Joan Scott
Bueno, también es Peter Novick quien escribe sobre la industria del Holocausto. Y creo que lo fecha incluso en 1967, después de la Guerra de los Seis Días. Se convierte cada vez más en una justificación para el tipo de cosas que está haciendo Israel. Y luego, en los años 80, cobra sentido como un intento de justificar lo que no se puede justificar en términos de la guerra del Líbano. Pero creo que lo que ella señala al respecto es que, de nuevo, se vincula a esa idea de la víctima invencible.
Siempre existe la amenaza, el Holocausto ocurrió, pero nunca va a desaparecer. Es decir, ocurrió, pero siempre existe la posibilidad de que vuelva a ocurrir. Y así, parte de la historia de la víctima invencible es que los judíos tienen que estar siempre alerta para defenderse de cualquier señal de que el Holocausto está a punto de reaparecer y luego atribuirlo a los palestinos, a la posibilidad de que provoquen otro Holocausto.
Así que toda la industria de defensa de Israel, toda la ocupación de Gaza y Cisjordania se convierten en una forma de argumentar contra la posibilidad de otro Holocausto. ¿Cómo llama ella a ese capítulo? El Holocausto anticipado o «el apocalipsis pronto», lo llama. Los dos capítulos, el Holocausto futuro y el apocalipsis pronto, son los argumentos sobre por qué nunca podemos descansar, porque una vez que ha sucedido, siempre volverá a suceder.
Y la existencia de los judíos, por definición, sugiere de alguna manera la posibilidad de un Holocausto. Y eso hace que no se pueda criticar nada de lo que se hace en nombre no solo de reparar el daño del primer Holocausto, sino de prevenir el siguiente.
Chris Hedges
Y este es [el exviceprimer ministro de Israel] Abba Eban, a quien también conocí, muy encantador. Otro factor que jugó en contra de la imagen de los palestinos en Estados Unidos fue el esfuerzo manifiesto de los portavoces israelíes y los periodistas simpatizantes por socavar el atractivo revolucionario de la resistencia palestina. Abba Eban protestó diciendo que los guerrilleros no luchaban por la libertad, sino que, en realidad, eran combatientes contra la libertad. Explicó que la imagen que la opinión mundial debía tener de ellos no era la de los marqueses o los combatientes de la resistencia, sino la de las SS, la imagen de los guardias de Auschwitz y Bergen-Belsen.
Lo hemos visto durante el genocidio, donde ahora, ya sabe, fue Begin quien equiparó, sí, Begin quien le dijo a Reagan que cuando bombardeaba Beirut Occidental, estaba atacando a Hitler. Quiero decir, estaba atacando a Arafat, pero hizo esa analogía. Eso no ha desaparecido. Ahora se convierte en la razón de ser de la subyugación de los palestinos y la destrucción de Gaza.
Joan Scott
Y Hamás es la nueva fuerza nazi.
Ella tiene una idea interesante al respecto, que desarrolla más adelante. Dice: «La violencia terrorista de los actores no estatales, por atroz que sea, carece de la poderosa organización estatal que hay detrás de la violencia industrializada y sistemática que caracterizó el exterminio nazi de millones de personas. No obstante, la repetida analogía entre el terrorismo y el Holocausto tuvo el poderoso efecto de tachar toda la causa palestina como una reencarnación odiosa del proyecto nazi de exterminar a los judíos».
En un momento en que las administraciones Carter y Reagan continuaban con la promesa de Kissinger a Israel de no hablar directamente con la OLP, la confusión entre los palestinos y el terrorismo y el nazismo contribuyó a la percepción pública de la ilegitimidad de la OLP y la causa que representaba».
Y eso sigue hoy en día. No sé cuántas personas, afortunadamente no son amigos, solo gente que conozco con la que he conversado, me dicen que Hamás es como los nazis. Quieren exterminar a los judíos, quieren destruir el Estado de Israel, y usted les responde que no es lo mismo. Y la imagen nazi que se ha asociado ahora a la causa palestina es muy difícil de rebatir.
Chris Hedges
Ese es un punto muy importante. C.L.R. James plantea lo mismo que ella en Black Jacobins, donde reconoce que se cometieron atrocidades durante la única revuelta de esclavos exitosa de la historia de la humanidad, pero que no contaba con el aparato estatal detrás. No tenía el poder imperial, pero es un punto muy, muy, muy importante. No quiero endulzar a Hamás. Pasé mucho tiempo con ellos, pero ese punto es clave.
Y ella escribe sobre el sionismo cristiano al final del libro. Israel se vuelve cada vez más desagradable para la generación más joven de judíos. Por supuesto, un porcentaje significativo de los que protestaban contra el genocidio eran judíos. Tenemos Jewish Voice for Peace. Tuvimos estudiantes en Columbia que se encadenaron a una valla en protesta por la orden de deportación contra Mahmoud Khalil, retenido en un centro de detención de Luisiana.
Y así se han vuelto cada vez más hacia, y ella escribe sobre esto, estos sionistas cristianos, [John] Hagee y estas figuras, y es fascinante porque ellos mismos han expresado tropos antisemitas muy abiertos, pero se convierten en clave y luego se organizan todos estos cursos de visitas a la tierra santa bíblica.
Yo diría también que, a medida que Israel se ha vuelto más y más despótico, también ha construido estas relaciones con figuras como Viktor Orbán, porque es el modelo de cómo figuras como Netanyahu buscan dirigir el Estado israelí. Todos ellos son herederos de Vladimir Jabotinsky, a quien Mussolini llamó un buen fascista, Meir Kahane. Yo cubrí a Kahane, lo conocí. Pero hablemos de eso, que es lo que él hace al final del libro sobre el sionismo cristiano.
Joan Scott
Bueno, creo que ya lo hemos comentado un poco al principio. Se trata de la idea de que, de una forma u otra, la profecía bíblica dice que el fin de los tiempos llegará a Israel cuando la segunda venida de Cristo traerá un nuevo orden mundial en el que los judíos convertidos serán arrebatados junto con los cristianos y el resto de nosotros arderemos en el infierno o simplemente arderemos.
Pero el poder de eso y usted tiene razón sobre estos antisemitas que apoyan la causa israelí y, a veces, incluso ella tiene momentos en los que Netanyahu y otros se dan cuenta de que están tratando con antisemitas, pero no importa porque están trayendo a un gran sector de la población estadounidense, un sector políticamente muy influyente de la población estadounidense, sin duda ahora con Trump, para apoyar las actividades en las que está involucrado Israel.
Quiero decir, cuando Trump trasladó la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, fue el cumplimiento de la exigencia que estos sionistas cristianos habían estado haciendo para prepararnos para la eventual segunda venida. Quiero decir, está muy ligado a su noción de la historia, si queremos llamarla historia.
Chris Hedges
Pero también está vinculado a su versión mítica de Estados Unidos, de un Estados Unidos blanco y patriarcal, que lucha contra los elementos subhumanos. Y, por supuesto, la élite europea ashkenazí como Netanyahu, cuya familia proviene de Polonia, Netanyahu se crió en Filadelfia y estudió en el MIT, lo que también se correlaciona con la visión muy demencial del sionismo cristiano.
Joan Scott
Bueno, de hecho, hay una parte, como usted dice, que dice: «La identificación con Israel no significaba la identificación con los judíos reales, ni en Estados Unidos ni en Israel. [inaudible] advirtió que los judíos como grupo a menudo han cedido al espíritu secularista, incluso ateo. Mentes brillantes se han dedicado con demasiada frecuencia a filosofías dañinas. Una vez que los judíos hayan sido restaurados en Sión, tendrán una segunda oportunidad para redimirse del pecado de elegir a Jesús».
Pero luego dice, y esta es la parte a la que creo que se refiere usted: «Así como Israel permitió a Dios cumplir su promesa a los judíos, Estados Unidos podría convertirse en la tierra prometida para los cristianos». Y esta es una cita de Jimmy Swaggart: «Estados Unidos está unido por un cordón umbilical espiritual a Israel», escribe. «El concepto judeocristiano se remonta a Abraham y a la promesa que Dios le hizo. El pueblo judío representa el judaísmo, el pueblo estadounidense representa el cristianismo. Swaggart consideraba al pueblo estadounidense como cristianos evangélicos blancos, mientras que solo Israel representaba a los judíos y al judaísmo».
Quiero decir, ahí está el vínculo del que usted habla, sin lugar a dudas.
Chris Hedges
Porque, como ella señala, Estados Unidos no aparece en la Biblia. Quiero decir, no hay ningún pasaje bíblico directo que pueda utilizarse para llamar al pueblo estadounidense el pueblo elegido. Y así, esa identificación con Israel se convierte en una forma de salvar esa brecha.
Joan Scott
Sí.
Chris Hedges
Solo quiero terminar con… Ella hace un trabajo magistral al desmontar a Thomas Friedman. Me encanta.
Joan Scott
Sí, a mí también me encantó esa parte.
Chris Hedges
Y los libros de [David K.] Shipler, el libro de Shipler, Arab [and] Jew, el libro de Friedman, From Beirut to Jerusalem. Y ella los denuncia por su falsa narrativa de equivalencia. Voy a leer este párrafo.
«Esta narrativa de equivalencia se basa en potentes analogías con Estados Unidos que impidieron a los palestinos alcanzar la superioridad moral en la batalla por la representación. Al comienzo del levantamiento, cuando el ejército israelí», esto es la Intifada, «cuando el ejército israelí fue criticado por disparar munición real contra los manifestantes», yo estaba allí, «Friedman instruyó a los telespectadores sobre cómo ver la violencia. No estaban viendo el equivalente a Birmingham en 1960 o Berkeley en 1968, escribió, sino el equivalente a Bull Run en 1861. No se les ocurriría, cito, usar balas de goma contra los palestinos, como no se le habría ocurrido al Norte usar balas de goma contra el Sur en la Guerra Civil. La analogía con los derechos civiles compara a los palestinos con los afroamericanos que luchan por la igualdad de derechos contra los poderes policiales violentos. La analogía con la guerra civil, por el contrario, transmite la impresión de dos fuerzas militares iguales, capaces de causarse el mismo daño».
Eso es realmente importante. Y Shipler lo hace, Friedman lo hace, incluso la mayoría de nuestros comentaristas «liberales» sobre Israel y Palestina, Friedman no es amiga de Netanyahu, por supuesto, lo hacen. Y ella no se lo cree. Y terminemos hablando de esa falsa equivalencia.
Joan Scott
Bueno, y ella dice en la sección que usted estaba leyendo, que termina diciendo que la analogía con la Guerra Civil transmite la impresión de dos fuerzas militares iguales, capaces de causarse el mismo daño, que es como se presenta ahora la guerra de Gaza. Es como si Hamás e Israel fueran lo mismo o la resistencia palestina a la ocupación y dominación israelí fuera el Norte contra el Sur. Por un lado, tenemos a un gigante militar con armas nucleares contra una resistencia palestina que no se le acerca ni de lejos, que no tiene ni de lejos su fuerza.
Chris Hedges
Bueno, solo son una insurgencia asimétrica con armas pequeñas. Otra cosa que señala es que la forma en que escritores como Friedman justifican las atrocidades israelíes es buscando siempre a David Hartman. El rabino David Hartman solía ser la figura a la que todos recurrían, se le citaba cada semana en el New York Times hablando de su angustia, de que ojalá no tuvieran que dispararles, ese tipo de cosas.
Joan Scott
Sí. Bueno, él vuelve a decir, y reconoce, que este es Friedman, el brutal historial de la furia israelí en las radiografías, cientos de palestinos a los que los soldados israelíes les han roto los brazos, las piernas o las costillas. Sin embargo, quiere que sus lectores comprendan, y cito, «el verdadero miedo que se esconde detrás de las porras israelíes, el miedo a no sentirse nunca realmente en casa en una tierra reclamada por otros, la tierra que le han quitado a otros».
Chris Hedges
Ella también escribe que, al buscar la simetría en la equivalencia humana de dos bandos no estructurados por las relaciones de poder político. Eso es clave. Los liberales como Shipler y Friedman rechazaron implícitamente la perspectiva que Edward Said denominó sionismo desde el punto de vista de sus víctimas.
En su lugar, ampliaron el punto de vista sionista para incorporar las perspectivas palestinas, pero estas perspectivas dependían de narrativas identificadas con Israel. Y eso, por desgracia, nunca ha cambiado.
Joan Scott
Sí, sí. Así que es un libro para ahora.
Chris Hedges
Sí, no, es un libro muy inteligente. Y, como he dicho, está bien escrito. No quería criticar a todos los académicos, sé que algunos se esfuerzan. Ojalá lo hicieran más, pero es así. Es muy inteligente, muy lúcido. Me ha gustado mucho. He leído muchos libros sobre Oriente Medio y este me ha parecido refrescante porque hay muchas cosas que me han hecho pensar. No estoy seguro de haber leído nunca un libro que abordara el conflicto como parte de los estudios culturales, lo cual es muy inteligente.
Joan Scott
Sí, sí. Bueno, lo bueno de eso es que se podría decir que nuestros libros siguen vivos después de nosotros. Este es un caso, es un verdadero homenaje a Amy Kaplan, que nos ha dejado algo que todavía podemos utilizar aunque ella ya no esté aquí para hablar de ello con nosotros.
Chris Hedges
Sí, no, es un libro muy, muy bueno. Gracias, Joan. Estamos hablando de Our American Israel, de Amy Kaplan. Quiero dar las gracias a Diego [Ramos], Thomas [Hedges], Sofia [Menemenlis] y Max [Jones], que han producido el programa. Pueden encontrarme en ChrisHedges.Substack.com.
7. La posibilidad de reformas no reformistas.
Una larga reflexión sobre el tema clásico de la contradicción entre reforma y revolución y la posibilidad de estrategias de «reformas no reformistas» a partir de autores como Gorz y Poulantzas hasta Negri y Castoriadis, y reflexionando sobre experiencias recientes, como el desastre de Syriza.
https://zonaestrategia.net/reformas-no-reformistas-mediacion-politica-crisis-y-estado/
Reformas no reformistas. Mediación política, crisis y Estado
Recientemente se ha recuperado el concepto de «reformas no reformistas» formulado por André Gorz como respuesta a la contradicción clásica entre reforma y revolución. Este texto hace un repaso crítico de esta noción y analiza su aplicabilidad en el marco de estrategias de construcción autónoma frente a la crisis del capitalismo y el papel del Estado.
Retorno a la normalidad. Así rezaba uno de los carteles más conocidos del Mayo del 68. Ilustrado con un rebaño de ovejas en su dócil regreso al redil, este cartel retrató la derrota de las revueltas francesas.
A modo de requiem, el 30 de mayo de 1968, el Presidente de la República, el General Charles De Gaulle pronunció un discurso en favor de la restauración del orden. Se daba carpetazo a la crisis con la convocatoria de elecciones y con un llamamiento a medirse en las urnas. Una especie de plebiscito donde se enfrentasen la Francia revolucionaria y la normalidad republicana.
Las votaciones se produjeron los días 23 y 30 de junio de 1968 y sus resultados fueron aplastantes. Con un 80% de participación, el 57,63 % de los votos fueron para la derecha. Los gaullistas de Georges Pompidou en alianza con el resto de las derechas se hicieron con las riendas de la Quinta República. La izquierda «de orden», que había depositado enormes expectativas en una eventual victoria, se quedó lejos de lograr el éxito electoral. Los socialistas y los comunistas del PCF se quedaron con otro 40% de las papeletas.
¿Cómo era posible que una insurrección de las dimensiones del Mayo del 68 se desvaneciera con tanta facilidad? ¿De qué sustancia estaban hechos los Estados del bienestar europeos que resultaba tan difícil desestabilizarlos y revolucionarlos?
Acababan de vivirse momentos históricos, la mayor acumulación de fuerzas radicales de la Francia posterior a 1945. Ni la crisis insurreccional y ni las mayores olas huelguísticas producidas hasta la fecha, huelga general masiva incluida, parecían haber movido de su sitio los mecanismos de gobierno del Estado. Qué más se necesitaba para abrir una crisis de Estado en el país, esa era la cuestión. Cómo construir una estrategia socialista dentro de los países de capitalismo avanzado y sus robustos Estados del bienestar contra este modelo de Estado absolutamente novedoso de democracia liberal ensayado en la posguerra europea.
Esta preocupación sobre la estrategia socialista ocupó en los años sesenta a distintos pensadores que veían casi imposible reeditar procesos revolucionarios clásicos. Al menos no como los vividos en las primeras décadas del siglo XX. La estabilidad de los sistemas políticos de posguerra y sus mecanismos institucionales de provisión social hacían muy difícil esta labor.
Fue André Gorz, un intelectual ecléctico formado en los círculos existencialistas y autogestionarios franceses y director de las revista Nouvel Observateur y Les Temps Modernes quien intentó ofrecer alguna salida a este atolladero. Se trataba de pensar la estrategia socialista en un momento donde estos aparatos estatales tenían la capacidad de redistribuir entre la población una parte de los excedentes generados durante aquellos años gloriosos de las economías fordistas. En sus propias palabras, el problema era el siguiente: “En el futuro previsible, no habrá una crisis tan dramática del capitalismo europeo como para que la masa de los trabajadores, para defender sus intereses vitales, se lance a la huelga general revolucionaria o a la insurrección armada”.1 O, en términos de los Situacionistas de la época, se trataba de enfrentarse a un sistema que condenaba a morir de aburrimiento antes que de hambre.
Las reformas no reformistas
La propuesta de Gorz tenía que ver con un contexto histórico muy concreto, articulado en torno a dos realidades. La primera, que las lógicas keynesianas habían producido en toda Europa sistemas de concertación y negociación tripartitos –gobiernos/patronales/sindicatos– que habían incorporado a buena parte de las estructuras obreras –partidistas y sindicales– en el corazón de la gestión del sistema. Fenómeno al que Gorz denominó «el reformismo neocapitalista». La segunda, que esta integración se producía además en un momento en el que no se enfrentaba una crisis traducible a lógicas revolucionarias, al contrario de lo que sucedería pocos años después.
Ante estos condicionantes, para Gorz todo debía resolverse en el plano concreto de las «reformas no reformistas» o «reformas estructurales» como realmente las denominó. A su modo de ver, este tipo de reformas crearían las condiciones objetivas y subjetivas para una revolución a largo plazo. Para ello se necesitarían instaurar «poderes obreros y populares» que se zafasen del reformismo neocapitalista impuesto por la socialdemocracia, encargada de convencer de que todas las reformas y cambios necesarios se podían producir dentro del sistema existente.2
A su vez, estas reformas debían romper el equilibrio del sistema y aprovechar esa ruptura para engranar un proceso revolucionario de mayor escala. No se trataba de crear –en sus propias palabras– «islotes socialistas en un océano capitalista», tampoco de «escaramuzas esencialmente tácticas». Para hacernos una idea de a qué se refería Gorz con estas reformas podríamos recurrir a tres ejemplos citados por él mismo para ilustrar su propuesta. Transformaciones tales como la creación de centros de gestión social y de democracia directa, la apertura de espacios propios en asambleas representativas o sacar productos y servicios básicos del mercado valdrían como ejemplos para este marco de las «reformas no reformistas».3 Como se puede ver, todas ellas eran demasiado generales como para pensarse en términos de reformas concretas.
Consciente de los obstáculos a los que se enfrentaban sus tesis, el autor también trató de pensar los límites con los que se toparían sus propuestas, básicamente reducible a uno: la capacidad del Estado para integrarlas y despotenciarlas. «Si la transición no comienza a consecuencia de la ruptura de equilibrios que produzca la lucha por reformas, entonces no ocurrirá. El sistema dislocará, dispersará y digerirá las reformas»4 –dijo Gorz–.
¿Cómo se lograría entonces que estas reformas escalasen el conflicto? Y ¿cómo evitar que fuesen capturadas o subordinadas por el Estado y sus palancas de representación política y electoral? Para responder, Gorz añadió tres nuevas condiciones para su plan. La primera era que debían generarse lazos orgánicos entre las diversas reformas; la segunda, que se debían coordinar el ritmo y modalidad de su aplicación y la tercera, que cada reforma no reformista debía desencadenar nuevas acciones y no agotarse en sí misma.
Equiparable a una especie de asalto coordinado al Estado con múltiples reformas radicales, perseguía que se pusieran en jaque sus estructuras de poder y lo desbaratasen. Pero de partida, cualquiera que piense en esta imagen, descubrirá la compleja y difícil articulación que requiere para llevarse a cabo. Pongamos como ejemplo una reforma estructural propuesta en el ámbito de la vivienda, otra desde las luchas ecologistas, otra tercera de movimientos campesinos y una cuarta de trabajadores autónomos llegando de manera masiva, incontestable y coordinada a un proceso legislativo. Se antoja difícil, sobre todo sin pensar en un contexto de crisis generalizada que ponga el foco en movimientos insurreccionales que –por definición– se alejan mucho de una planificación de luchas en torno a distintas reformas concretas.
Este problema –evidente también a los ojos de Gorz– lo resolvió por medio de la única estructura política que, a su entender, podía hacer posible que esa situación se diese: el partido. Recordemos que Gorz participó del Partido Socialista Unificado (PSU) y otras ramas políticas autogestionarias. Aunque, como en tantas ocasiones, su idea de partido funcionaba mejor en su esquema político como atajo teórico que como solución real.
El Partido de André Gorz
Encontramos aquí uno de los atascos principales de la propuesta de Gorz. De un lado, las «reformas no reformistas» se nos aparecen como dispersas y plurales, cada una con su propio proceso. Por otro, se presentan como huérfanas de estrategia, necesitadas de un partido que las coordine para lograr que sean eficaces y no acaben devoradas por el Estado. Pero ¿es esto lo que sucedió en Mayo del 68? Para Gorz, sí.
A pesar de que los hechos del mayo francés atropellaron sus tesis de la imposibilidad de la insurrección en aquellos años, él pensó que este proceso revolucionario aún era interpretable desde su óptica. Su solución, que las reformas allí expresadas debían depender y organizarse desde un partido revolucionario. «De hecho, que el PCF sea incapaz de asumir las funciones de un partido revolucionario no significa en absoluto que el problema de la revolución deba plantearse en lo sucesivo en ausencia de un partido capaz de guiarla y llevarla a buen término (…) hay que recordar que la función del partido sigue siendo insustituible».5 Gorz reservaba para este partido, cuatro grandes funciones: el análisis y la elaboración teórica, la síntesis ideológica, la educación y el liderazgo del proceso y –por último– la toma del poder y la transformación del Estado.
A modo de resumen –para Gorz– «El nuevo partido revolucionario debe definirse por su capacidad tanto para tomar y ejercer el poder central (…) como para destruir en sus propios términos la naturaleza autoritaria de ese poder central»6. Pero el problema iba mucho más allá, el viejo dilema revolucionario sobre el Estado aparecía revivido con un nuevo añadido, el Estado francés de 1968 no tenía nada que ver con el que enfrentó en sus debates a la Primera Internacional o al Lenin de El Estado y la revolución.
Es quizás aquí donde se observa con mayor claridad la imprecisión de Gorz. De algún modo, sus reformas pasarían a tener el apelativo de «no reformistas» simplemente por proponerse dentro de una estrategia coordinada y porque esta era definida de manera centralizada. Pero el problema en ese contexto no era tanto predefinir el valor estratégico de las luchas o las reformas, algo del todo imposible, sino desbordar las potencias y capacidades de su principal contraparte: el Estado.
El uso del tópica de las «reformas no reformistas» generaba una falsa ilusión –quizás la que hoy más seduce en la recuperación del término–: la del autogobierno de la estrategia revolucionaria. Según esta lógica serían los propios proponentes de estas reformas quienes tendrían la capacidad de articular, moldear y definir el calado de las mismas. Serían ellos quienes, en última instancia, se arrogarían la pericia de definir si estas reformas son reformistas o revolucionarias, según se incluyeran o no en una determinada estrategia que mereciese ese apelativo. Todo sin ninguna consideración dialéctica de las posiciones del resto de actores en disputa y, mucho menos, del Estado o la fase concreta de crisis capitalista.
De hecho, la propia búsqueda de un concepto que –en realidad– es un juego de palabras, tendría que ver con este dilema irresoluble en la época: la capacidad de integración social de la que hicieron gala los Estados europeos en aquellos años e incluso en momentos peores. En resumen, el dilema de entonces y actual es cómo enfrentarse a un sistema político capaz de convertir toda política en política de reformas, relegados –en última instancia– a un lugar donde «todas las reformas devenían y devienen reformistas».
Con su propuesta, Gorz reforzaba una mirada demasiado corta para los militantes revolucionarios y hacía que estos redoblasen sus esfuerzos y su astucia para encontrar esas «reformas no reformistas» sin entender los límites políticos de su propio tiempo.
Se quisiera o no, los procesos revolucionarios no dependen tanto de una estrategia prediseñada a largo plazo en minoritarios reductos militantes, como de la compleja relación que debía descubrirse en el cruce entre las líneas de vertebración de la autonomía social, la crisis capitalista y –en nuestro caso– del nivel de eficacia de los mecanismos de integración y reparto articulados por los Estados. En última instancia, esta era la clave del debate. Es decir, hay que entender la naturaleza del Estado del bienestar, de los estados sociales o –en términos liberales– de la economía social de mercado como disruptores y mediadores básicos de la lucha de clases, que juegan un papel de generación de consensos y reubicación de los conflictos difícil de sortear.7
Por este motivo, no se trataría de resolver –como algunas veces parece– el dilema Luxemburguista –reforma o revolución–, sino pensar cómo desarmar el monopolio del Estado como agente regulador de las relaciones sociales y de la lucha de clases, saber en qué medida hay fuerzas sociales que lo permiten. Salir de cierto dilema chovinista sobre si la acción propia es reformista o revolucionaria para entrar al fondo de la cuestión: la de los procesos de integración política de los que recurrentemente se ha sido incapaz de escapar.
Un reformismo para nuestro tiempo
Nuestro retorno a Gorz se debe a que algunas de las cosas planteadas por él han vuelto a ganar cierta relevancia en la actualidad. Por ejemplo, la revista Jacobin en su serie de artículos titulada La izquierda ante el fin de una época ha recuperado algunas de ellas.
En lo que toca a nuestro texto, el artículo de Ed Rooksby titulado «La reforma estructural y el problema de la estrategia» sería el que plantea de manera más compleja la cuestión. En su participación en el debate de Jacobin, Rooksby opuso una suerte de nuevo reformismo radical inspirado en Gorz frente a la estrategia de doble poder leninista, que inspiró las críticas más feroces frente a la experiencia de Syriza en los años más duros de la crisis de 2008.
Para verlo con más detalle, este se sitúa en un momento histórico donde muchos movimientos radicales europeos salieron de la lógica de la protesta masiva, como sucedió en el «movimiento antiglobalización», para decantarse desde 2011 por abrir diversas vías electorales. El autor lo resumía así, se trataba de poner «un nuevo énfasis en las posibilidades de ganar poder directamente para resistir y revertir las embestidas del ajuste capitalista en la era de la crisis y la austeridad posterior a 2008».8
A su parecer, este ciclo quedó tocado de muerte tras la derrota de Syriza ante la Troika en 2015, cuando esta línea de la izquierda radical que apostó por la vía institucional no fue capaz de superar sus propias contradicciones. Atrapada en un callejón sin salida, su estrategia electoral de reforma galvanizó claramente el apoyo de las masas, pero fue incapaz de liberarse de los límites estructurales del estatismo parlamentarista. Mientras por otro lado, según el autor, las estrategias revolucionarias encontraron poca resonancia entre las clases trabajadores.9 Y aquí comienza el debate.
De nuevo se plantea la cuestión de cómo salir de ese callejón sin salida que nos impone el Estado. O, en términos más claros, cómo se puede superar la distancia que existe entre la lucha final y la lucha cotidiana. Así, «el reformismo se ocupa de reformas inmediatas dentro del sistema que no desafían los límites capitalistas(…)» mientras del otro lado parece que se invoca a «una revolución que sale de la nada», una invocación revolucionaria que –según el autor, citando a Panagotis Sotiris–, funciona más en términos de generación de una identidad compartida que de una práctica. La cuestión es que la síntesis entre los dos extremos se presenta como irresoluble.
La clave para Ed Rooksby era que en Grecia no hubo un doble poder y que nadie sabía muy bien cómo se debía producir un proceso de reforma revolucionaria del Estado que –en términos marxistas clásicos–, provocase el paso de una democracia burguesa a una revolución socialista, si un objetivo tan ambicioso hubiese sido posible.
Debemos coincidir con Rooksby en que la imagen del doble poder leninista que él retrata, una especie de sociedad paralela de poderes obreros que en un momento determinado toma el poder y lo sustituye, no encaja con ninguna teoría del Estado contemporáneo mínimamente solvente. Pero por esta misma razón, cualquier tesis que parta de definir las reformas como revolucionarias puede jugar a la misma confusión de los términos del debate. Esto es, caer de manera similar en la trampa de apuntar hacia aquellas reformas que sí estarían bien posicionadas en el camino a la revolución frente a las que no lo están. Aunque el problema no se reduce a quién realiza la propuesta, sino también a quién se dirige. A nuestro modo de ver, el cuello de botella no se produce en el pedigrí revolucionario de las reformas propuestas, sino en la misma concepción del Estado que presuponen. Esto es, toda teoría de la reforma necesita una teoría del Estado muy precisa, y sobre esto volveremos más adelante.
Sea como fuere, el texto de Rooksby se decanta finalmente por la propuesta que desarrolló la «Plataforma de izquierdas» en el contexto del gobierno de Syriza, donde se teorizó una relación de doble vínculo entre movimientos de lucha y gobierno. Algo similar, por otro lado, a algunas propuestas radicales municipalistas ensayadas en el Estado español en 2015. Para teorizar ese doble vínculo, donde gobierno y movilización autogestionaria de base mantendrían su autonomía y a la vez se retroalimentarían mutuamente, Rooksby recupera las tesis de las reformas no reformistas de Gorz y –sobre todo– las posiciones del eurocomunismo de izquierdas, donde se ubicaría Nicos Poulantzas.
Con buen tino, el autor lleva el debate hacia el centro de la cuestión, la relación entre las reformas y el Estado. Una nueva teorización del papel de este último que pasaría obligatoriamente por romper el viejo dilema «reforma o revolución» para pasar a centrar la mirada sobre el Estado como espacio de relación entre distintas fuerzas sociales. Inspirado en Poulantzas, buscaría así superar el doble poder leninista, donde el Estado se presenta como un instrumento total y autoritario al servicio de las clases dominantes que debe ser derribado por asalto desde las instituciones obreras. El reto, ya habitual, está en pensar cómo se puede llevar a cabo esa superación. Y aquí es donde Rooksby se apoya en Poulantzas.
Para Poulantzas, el doble poder de la izquierda y su exterioridad frente al Estado tendría que construirse en torno a un doble «proceso» que ya no se pensaría como externo al propio Estado, sino de manera interna a él. Por decirlo muy resumidamente, de intervención sobre el Estado. Doble camino que se concretaría a la vez en la vía electoral y de representación parlamentaria y en la vía de los movimientos e instituciones autogestionarias de base. Esta era su propuesta.
Como una maldición ¿Quién puede escapar del Estado?
La dicotomía reforma o revolución –por tanto– quedaba subordinada al problema del Estado. Aquel Estado de los años 60 –antecedente directo de la forma de Estado a la que nos enfrentamos hoy–, nada tenía que ver con el aparato zarista de 1917. Esta fue la hipótesis de partida que planteó el pensador greco–francés en sus obras «Poder político y clases sociales» (1968/1974) o «Estado, Poder y Socialismo» (1978). Contribuciones clave para pensar el papel del Estado contemporáneo que despertó un enconado debate que sumó numerosas réplicas y contrarréplicas en la New Left Review y otras revistas de la izquierda de los años 70.10
Pero antes de nada, presentemos la posición del Poulantzas en sus propios términos. Su teoría del Estado podría resumirse en esta primera afirmación: «si el Estado no es producido de arriba a abajo por las clases dominantes, tampoco es simplemente acaparado por ellas: el poder del Estado (el de la burguesía en el caso del Estado capitalista) está trazado en esa materialidad. No todas las acciones del Estado se reducen a la dominación política, pero todas están constitutivamente marcadas por esa dominación”11 La pregunta que lanzaba Poulantzas era en extremo inquietante para la izquierda radical del momento ¿Quién no escapa hoy al Estado y al poder?
Para Poulantzas, el campo del Estado estaría conformado básicamente por las relaciones de producción. Por tanto, el propio Estado sería la condensación de esas relaciones y fuerzas, también de sus expresiones de clase y sus respectivas fracciones de clase. Esta definición del Estado como relación es la que permitiría –desde su óptica–, entender las fisuras, divisiones y contradicciones internas que el propio Estado contiene. «El establecimiento de la política del Estado debe ser considerado como el resultado de las contradicciones de clase inscritas en la estructura misma del Estado (Estado–relación)»12, afirmaría el autor. Y es este elemento de tensión el que permitiría, según su criterio, que el Estado, lejos de ser un instrumento a las órdenes de las clase dominantes tuviese cierta «autonomía relativa» frente a todas ellas. Esta era la clave de bóveda de su propuesta.
La transformación más importante que aportó Poulantzas en este sentido tenía que ver con encontrar un camino que superase la socialdemocracia y que a la vez dejase fuera de juego la estrategia leninista del doble poder. Con ello afirmaba que las luchas podían girar e incluso torcer las líneas de mando del Estado por medio de la participación en la política representativa y la generación de poderes populares autogestinarios bien organizados desde la base.
Pero afirmaba tajantemente –y aquí está su enfoque más polémico– que todo ello nunca escaparía del Estado como forma principal de organización y mediación política de la sociedad. En definitiva, que siempre estarían atravesadas por este. De este modo, los procesos de participación en política representativa estaban tan integrados en el Estado como lo estaban las masas populares y sus instituciones. Poulantzas afirmaba: «Pienso que las masas populares, en el estado capitalista, no pueden ocupar posiciones de poder autónomo, ni siquiera subalternas. Existen como dispositivos de resistencia, como elementos de corrosión o de acentuación de las contradicciones internas del Estado.»13
Podemos detenernos en este punto, el de la capacidad o no de construcción de un poder popular autónomo. Para Poulantzas, no solo se trataba de una quimera –algo imposible de construir fuera del campo estatal– sino que iba más allá. Afirmaba que incluso defendiendo la destrucción en última instancia del Estado burgués, no se podía negar que el Estado socialista debía mantener las libertades formales y políticas de este mismo Estado burgués. Atacaba en este punto a Lenin y defendía la posición de Rosa Luxemburgo. Esto es, defendía la destrucción del Estado burgués pero manteniendo su esfera de libertades civiles y –se entiende– su sociedad civil, además de ciertos mecanismos transformados de democracia representativa.14
En este punto se entenderán las solidaridades que existían –tal y como señaló Ed Rooksby– entre las tesis de Gorz y las de Poulantzas. Dicho de forma sencilla, Poulantzas dio forma a la teoría del Estado que necesitaba Gorz para su propuesta, de aquí el enlace que hace Rooksby en su artículo. Sin duda, las reformas no reformistas no tendría sentido plantearlas en un Estado autoritario, tampoco en una sociedad sin derechos liberales básicos.15 Pero visto así, las reformas no reformistas de Gorz no parecían nutrirse de una sustancia muy distinta de las reformas reformistas de la socialdemocracia. Solo el horizonte revolucionario las dotaba de una naturaleza revolucionaria. Y la supuesta autonomía relativa del Estado de Poulantzas se presentaría como un muro infranqueable para los procesos de construcción de autonomía social o de fuga, mostrándose como algo siempre mediado y organizado por el poder estatal.
Ante estos argumentos, la extrema izquierda de la época respondió con contundencia. «Lo que me molesta de tu exposición –le diría Henri Weber, director de la revista de la LCR, Critique Communiste– es que tengo la impresión de que polemizas un poco contra molinos de viento, es decir, contra tipos que quieren hacer un nuevo Octubre de 1917, lo que no es en absoluto el caso de la extrema izquierda de hoy. No pensamos que el Estado sea un monolito que haya que afrontar y romper solo desde fuera, estamos perfectamente convencidos de la necesidad de la «guerra de posiciones», de que en Occidente hay todo un largo periodo de preparación, de conquista de la hegemonía, etc.»16
En el caso de Weber el punto de discrepancia central estaba en que para muchos, ese propio proceso de «guerra de posiciones» –recuperando el término Gramsciano– era un fin en sí mismo. Mientras que ellos defendían que era solo un paso previo de acumulación de fuerzas para medirse con el poder capitalista. Una posición ante la que Poulantzas contestaría con un cierto sentido melancólico, «Bueno, verás, estoy de acuerdo contigo en las cuestiones de la ruptura, de que hay que medir las fuerzas; pero pienso que, de todas formas, la repetición de una crisis revolucionaria que lleva a una situación de doble poder es sumamente improbable en Occidente.» Poulantzas defendía que esa idea de ruptura que expresaba la extrema izquierda –cuyo mejor ejemplo para él fue Daniel Bensaïd– era el problema, pues así planteada «esta medición de fuerzas realmente no puede existir revolucionariamente más que entre el Estado como tal, por una parte, y su exterior absoluto o supuestamente absoluto, es decir, el movimiento, los poderes populares de base centralizados como segundo poder.»17
Desde nuestra óptica, aunque ambas posturas parecerían a primera vista, irreconciliables, realmente partían de una misma concepción del contrapoder político. Tanto para Poulantzas como para la extrema izquierda y también para Gorz, los partidos y movimientos, sus siglas, sus militantes y sus organizaciones, así como sus instituciones de base eran la genuina expresión de la transformación, la prueba de fuerza contra el Estado. La discusión erradicaba en si esta construcción y acumulación de fuerzas suponía un proceso antagónico exterior o no a la articulación estatal, pero desde ambos lados se dejaba fuera la construcción política desde procesos más amplios de autonomía de lo social. Esto es, se pensaba esa «guerra de posiciones» en términos clásicos, donde los actores centrales son las propias organizaciones de la izquierda y no los procesos de construcción autónoma de la sociedad, condensados o no en las formas organizativas de la izquierda. El fetichismo de la organización y del ecosistema de organizaciones de la izquierda, sus riñas y disputas sería uno de los peores aliados del análisis de lo que estaba sucediendo en aquel momento histórico.
Esta perspectiva encajaba con la propuesta de Poulantzas de construcción de un socialismo democrático, heredero de una sociedad en extremo orgánica. Mientras que en el caso de la extrema izquierda encajaba con la construcción de un poder de clase propio que se articulase con propuestas electorales y de representación política, también con sus ecosistemas de organizaciones, como fue la propuesta de la «Plataforma de izquierdas» en Grecia. Pero ambas herencias tenían un problema esencial. Focalizaban los procesos de lucha en una suerte de doble poder: Estado y sociedad civil que, como ya hemos señalado, para el autor griego solo se podía expresar como doble poder dentro del marco estatal. Se prefiguraba así una sociedad proletaria lista para romper y disputar la hegemonía capitalista. Y aquí es donde se desvelaban sus límites más importantes.
El debate Poulantzas. Marxismos y autonomía
En el abordaje de los debates que despertaron las tesis de Poulantzas, se han primado los producidos en el campo de la extrema izquierda y las corrientes neogramscianas, donde entrarían algunos marxistas británicos como el propio Miliband o postmarxistas como Laclau. Aunque el debate con Miliband fue, sin duda, el más suculento.
Entre ambos se escenificaron diferencias muy claras en un enconado debate sobre la concepción del Estado que resuena en la actualidad. Para explicarlo de manera muy resumida, podríamos decir que mientras Poulantzas buscó un esquema teórico y abstracto sobre el Estado, Miliband ensayó un aterrizaje más concreto y encarnado. Una posición que permitió a Miliband ofrecer algunas claves interesantes para pensar el Estado que en Poulantzas no aparecen, como era el papel de las clases medias en los sistemas políticos europeos o el papel de las nuevas élites funcionarias en su modelo gerencial de gobierno. Descripción del todo pertinente para una Europa que según avanzada el proceso de construcción del Estado del bienestar y de integración europea engrosó sus estructuras sociales con cientos de miles de empleados públicos y puestos de trabajo dependientes de sus administraciones.
Sin entrar más en esta polémica, cabe señalar que, a pesar de las diferencias, ambos autores compartieron una visión relativamente clásica acerca de las instituciones de poder y disciplinamiento. Para Poulantzas estas se agruparían –además de a través del aparato represivo del Estado– en distintos aparatos ideológicos como eran la familia, los medios de comunicación, la escuela o la religión.18 En la tópica althusseriana, estos aparatos ideológicos del Estado vertebrarían a los individuos como sujetos, entendida esta sujeción en una triple dimensión de sujetar, subordinar y producir sujeto.19
Por otro lado y, de manera similar, estas instituciones o aparatos, en el caso de Ralph Miliband, tomaron el nombre de procesos de legitimación (partidos conservadores, medios de comunicación, escuela, etc.) destinados a realizar –dentro de esta lógica neogramsciana– un «esfuerzo permanente y omnipresente» de socialización política, coerción y producción de consentimiento que mantuviera la hegemonía de la clase dominante.20
Como podemos ver, ambos autores abordaron la cuestión de la integración política en el marco del Estado del bienestar. Se preguntaron por el modo en el que la coerción es acompañada de nuevos y múltiples mecanismos de pacificación social y gestión de las tensiones de la sociedad. Pero el problema que realmente se intentaba enfrentar era otro aún más interesante: el de la capacidad o no de que distintos procesos sociales actuasen con autonomía e independencia con el objetivo de escapar de esos aparatos ideológicos del Estado y de esos procesos de legitimación.
Pero para contestar a esta cuestión los debates señalados entre Poulantzas y Miliband ofrecen pocas pistas. Al contrario, resulta más interesante abordar otros diálogos abiertos por Poulantzas que –aunque indirectos– fueron más productivos. Nos referimos a los los diálogos que mantuvo la obra de Poulantzas con las distintas corrientes autónomas, consejistas y marxistas heterodoxas del momento. En ellas entrarían tradiciones tan dispares como la revista Socialismo o Barbarie en Francia, autores de la autonomía obrera italiana como Antonio Negri o la corriente esquizoanalítica representada por Gilles Deleuze y Félix Guattari. No tendremos espacio aquí para poder abordar todas ellas, pero sí al menos daremos algunos apuntes que consideramos últiles para la línea argumental que estamos desarrollano.
De todas estas corrientes, Poulantzas eligió a la revista Socialismo o Barbarie –y en concreto a su integrante Claude Lefort– como contraparte más directa con la que medirse. Buscaba con esto desmontar uno de los mitos que, según su parecer, atenazaban a esta corriente y que podríamos resumir en pensar que pudiera existir una política autónoma que ofrecería una especie de «exterioridad absoluta» con respecto al Estado. Si, como afirmaba Poulantzas, las masas populares no podían ocupar una posición autónoma, ni siquiera subalterna frente al Estado, toda tesis de autonomía radical como la de Lefort y –añadiríamos nosotros– Castoriadis, cabezas visibles de Socialismo o Barbarie, era una pura ilusión.
Así, Poulantzas diría: «Hay que guardarse, por otro lado de caer en una concepción esencialista del poder (incluido el Estado), según la cual frente al poder existirían luchas (lo social) que no podrían subvertirlo más que en la medida en que fueran exteriores a él. Sin embargo, recuerdo que esto es lo que últimamente sigue manteniendo, todavía Claude Lefort y los autores de la revista Libre, criticando a Foucault y al marxismo a partir de rancias antiguallas como la existencia de lo social instituyente. En exterioridad radical al poder instituido.»21
Aquí comenzaría el choque de trenes. Para Claude Lefort la democracia sería un forma que toma la sociedad, un tremendo vacío. Mientras que la política autónoma sería un exterior radical a esa forma–democracia. ¿Se podrían tener dos puntos de partida más distintos? La clave en este aspecto es que en la tradición de Socialismo o Barbarie el elemento medular de la política de clase se situaba en la propia experiencia obrera autónoma. Este sería el gran elemento desaparecido de la filosofía del momento en la línea Althusser–Poulantzas. Como afirmaría E.P Thompson esta corriente carecería «de la categoría (o modo de tratamiento) de la experiencia (o huella que deja el ser social en la conciencia social)»22
Podría parecer que esta sentencia de Thompson nos devuelve a cierto marginalismo de los experiencial o a un particularismo sin marco de interpretación general. Pero a lo que se referían Lefort y Thompson con su radical apego a la experiencia (y a la percepción) era determinante en la época. Mientras buena parte de las extremas izquierdas y los marxismos más sofisticados daban por hecho el conocimiento de eso que se denominada el proletariado y sus luchas, las corrientes autónomas entendieron que en las luchas obreras de los sesenta y en la experiencia del nuevo proletariado fordista europeo, como también en el conjunto de la sociedad, había un claro elemento de innnovación. De singularidad, si se quiere. Por tanto, si se daba por supuesto que los marcos teóricos aprendidos no podían encajarse en esta realidad, se podía afirmar que la nueva cuestión proletaria era un problema sin nombre.
En pocas palabras, para ellos el Marx periodista y político, el Marx de la encuesta obrera debía tener más presencia que el Marx científico, inspirador a su pesar de no pocos dogmas. A partir de aquí Lefort construyó el conjunto de su práctica teórica y política sobre la intención de refundar la filosofía política. Allí donde la propia percepción y experiencia de la explotación capitalista formaban un nudo central. En términos filosóficos su propósito se encardinaba con el proyecto filosófico de Merlau–Ponty del que repetiría varias veces su cita «El Ser es lo que exige de nosotros creación para que tengamos la experiencia de él»23
Precisamente, lo que despreciaba Poulantzas de esta corriente de pensamiento era justamente su aportación más valiosa: la de pensar una política de clase reconociendo la existencia de innovación en la misma clase obrera y en sus luchas, preguntándose por la radicalidad de sus aspiraciones como un factor de creación externo al mandato del Estado y sus aparatos ideológicos. Aquí es donde el concepto criticado por Poulantzas, esa institución imaginaria de la sociedad, permitía abrir un campo político no estatal.
¿Qué es la autonomía?
Parece que la sucesión histórica que dio sentido a todas las corrientes autónomas del siglo XX no terminó de calar en estos debates. La Hungría de 1956, la Checoslovaquia de 1968, los procesos de radicalización del proletariado juvenil y migrante de los años 60, la aparición de los movimientos contraculturales no suponían un factor de innovación a los ojos de una parte importante de la izquierda. La nueva marginalidad y exterioridad radical con respecto a las prácticas sociales reconocibles en el momento no se traducían en buena parte de los aparatajes filosóficos marxistas sino como una parte más de la falsa conciencia o la desviación pequeñoburguesa.
Sin embargo, fueron estas, en su cruce con la crisis económica arrancada a finales de los 60 quienes desplegaron multitud de prácticas políticas sin nombre que poco a poco fueron desbordando el imaginario instituido: la crítica a la familia, la aparición de las comunas, el desbordamiento de las estructuras sindicales y de representación de la izquierda en las huelgas salvajes, el sabotaje y la ocupación de fábricas, la deserción del sistema escolar. Cientos de nuevos fenómenos que parecían no existir a los ojos de la izquierda instituida. Pero la pregunta es si aquellas experiencias, prácticas y formas de lucha eran autónomas, si escapaban de este marco estatal profetizado como infranqueable por Poulantzas.
En la obra principal de Cornelius Castoriadis titulada La institución imaginaria de la sociedad (1975), el otro autor greco–francés apostó por delimitar a qué se podía denominar autonomía. Para él la autonomía era llanamente «la ley propia» frente a la «ley del otro».24 «Mi propia ley» dirá Castoriadis. Pero según él «La autonomía no es, pues, elucidación sin residuo y eliminación total del discurso del Otro no sabido como tal. Es la instauración de otra relación entre el discurso del Otro y el discurso del sujeto. La eliminación total del discurso del Otro, no sabido como tal, es un estado no histórico.»25
Como se puede ver, el problema de la cuestión de la autonomía –tal y como la plantea Castoriadis– no tiene realmente nada que ver con la exterioridad o no con respecto al poder, como señala despectivamente Poulantzas. El problema de la autonomía tiene que ver con el sujeto y su capacidad para construir, crear e imaginar formas de vida que escapen de la ley del Otro que nunca deja de ser también la propia. Por tanto, dirá Castoriadis, el conflicto no se puede reducir al choque entre las pulsiones –por ejemplo de una vida digna– y la realidad, sino al resultado del choque de las pulsiones de vida y la realidad social frente a la institución imaginaria de la sociedad. Esto es, la capacidad de pensar un mundo construido con nuestra propia ley y que se fuga del mundo instituido.
Las huelgas salvajes que rompieron los sistemas de mediación sindical, que fueron irreductibles a los marcos de la izquierda marxista, que pusieron en juego un nuevo deseo de fuga del trabajo, no se podían entender sin esta mirada. Un proceso instituyente desde el sujeto e irreductible al orden de la sociedad civil. Sin entender esta producción autónoma de un imaginario de vida fuera de lo existente, habitado por decenas de miles de personas, lugares e instituciones de experimentación, no se podría entender aquel momento. Valga como ejemplo el caso de las comunas.
Alejados del paradigma de las izquierdas, esta nueva realidad sí constituía en parte un exterior absoluto. Si con Antonio Negri entendemos que el «Estado moderno, a su vez, no es sino la organización que la sociedad burguesa reviste para poder salvaguardar las condiciones externas generales de la producción capitalista frente a los ataques tanto de los obreros como de algunos capitalistas por separado»26, entenderemos que todos estos movimientos escaparon en gran media del Estado y de sus lógicas desviándose de su axiomática pero también construyendo nuevos planes de vida con el objetivo de institucionalizarlos.
Pero Negri llega mucho más allá en su crítica a Poulantzas y los neogramscianos, como él los denomina. En un giro radical, Negri piensa que la cuestión no pasaría por el debate de la exterioridad al Estado o no, sino en entender que Poulantzas con su crítica encierra a la fuerza toda política bajo el manto del Estado y es precisamente esta operación analítica la que le impide pensar más allá. Así, el gran error de los neogramscianos estaría en que la «autonomía de lo político» más que ubicar el «nexo dialéctico entre las fuerzas productivas y modelos organizativos capitalistas de la producción, lo situaría como un tercer ámbito entre unas y otros. Lo que significa que, de nuevo, la metodología de Poulantzas resulta funcional a una distorsión específica de la concepción marxista del Estado, que consiste en el establecimiento de un ámbito de fundación del Estado que no es el mundo marxiano de las relaciones de producción, sino el fetiche de una sociedad civil recompuesta, esto es, una imagen indeterminada de las relaciones de clase sub especie de representaciones.»27 Se trataría en términos muy clásicos de volver –como señala Negri– a la temática del obrero28 y su experiencia de lucha (autovalorización del trabajo) frente a la del ciudadano.29
El problema planteado por Negri se resumiría en lo siguiente. Para él, las tesis de Poulantzas parten de un elemento erróneo que sería la lucha por la hegemonía. Posición hegemónica que solo se justifica en la posibilidad de hacer virar al Estado como institución que goza de cierta «autonomía relativa». Sería esta focalización de la mirada en el ámbito estatal la que llevaría a desvirtuar dos elementos. El primero, que la mirada política se depositaría en el ámbito de la distribución de la riqueza y no de la producción y la circulación. Y el segundo, que esta compleja operación sustituiría la relación entre los sujetos y su papel como productores –como señalábamos antes–, por la de ciudadanos que forman parte de una sociedad civil en la que ganar posiciones.
Negri lo explica de la siguiente manera. «El Estado mistifica su autonomía relativa del término antagonista de la lucha de la clase obrera. La lucha obrera no se conduce, no puede conducirse con el Estado, sino que debe mediarse en el ámbito de la sociedad civil. A la lucha contra el trabajo asalariado y, a partir de ésta contra el Estado como organizador directo del trabajo asalariado, se contrapone, sustituyéndola, un modelo de lucha en el mundo de la distribución de mercancías.»30
El problema de la autonomía por tanto no tiene nada que ver con el de su exterioridad o no con respecto al Estado. Tiene que ver con su exterioridad con respecto a la sociedad civil como mecanismo de articulación política dentro del propio Estado.
Lo que hoy nos queda. Sociedad civil y economía política de la integración.
La conclusión a la que podemos llegar detrás de la línea argumental de Negri es muy clara. En una sola sentencia y dando la vuelta a los argumentos de Poulantzas, se podría decir que la sociedad civil no es más que el último y más perfeccionado aparato ideológico del Estado.
A partir de aquí debemos pensar con cierta profundidad a qué nos referimos con sociedad civil. Y hacerlo además dentro de un terreno histórico, aquel que demarcarían los sistemas de integración puestos en marcha por los Estados del bienestar. Este razonamiento daría la vuelta también al significado mismo de eso que llamamos sociedad civil. El problema no estaría tanto en la lucha entre clases y sus fracciones por configurar el sistema de hegemonías y capacidades para influir en el Estado, sino que sería el propio Estado el que configuraría a su medida y en última instancia eso que denominamos sociedad civil.
Con cierta perspectiva histórica las luchas producidas desde finales de los años sesenta atacaron y –en cierto modo– dejaron heridas a las tradicionales formas de concertación social de la Europa de posguerra. El sistema parlamentario, los partidos políticos y las grandes centrales sindicales y patronales no parecían ya suficientes para gestionar la enorme capacidad del momento para generar antagonismos. Así, con el paso de las décadas, Europa se ha llenado de agentes sociales mucho más capilares y diversos, con mayor capacidad de implantación social y con mayores cotas de legitimidad social que fueron complementando e incluso sustituyendo a algunos de aquellas estructuras y sus funciones.
La falta de un acercamiento más certero a lo que Perry Anderson ha denominado la «economía política de la integración en Europa»31 ha permitido que trabajemos políticamente con un buen número de confusiones. La primera de ellas, pensar que el neoliberalismo ha desarmado esas sociedades civiles y sus formas organizativas. Mientras que, muy al contrario, su intento por desmantelar en parte los viejos sistemas de concertación fordista abrió —sin acabar con los viejos sindicatos, por citar solo un ejemplo— un enorme proceso de multiplicación de entidades dentro de esa sociedad civil.
Esto es, esa operación política por la que se daría por buena una sociedad civil con un acertado programa de reformas no reformistas, capaz de colar en el Estado cambios que a futuro posibilitarían un camino hacia el socialismo, no ha hecho más que reproducir la hipótesis derrotada de los años 60. Con numerosas crisis en marcha y un mundo literalmente en llamas, pensar que los más sofisticados aparados de Estado como es la sociedad civil con sus formas partido y sindicato en el centro van a ser los mecanismos de organización del conflicto debería someterse a crítica.
Toda institucionalidad autónoma debe sustraerse a estos y otros mecanismos de mediación política, orientarse hacia un horizonte de emancipación y desvincularse de una sociedad civil que aún opera según lógicas orgánicas propias. Se trata de romper con el perímetro del reparto funcional de roles que caracteriza a la izquierda política, encarnación central —y la más creyente— de dicha sociedad civil. Un espacio que, como prolongación del Estado y de su sistema de creencias, permanece atrapado en formas de mediación política y en las lógicas del tercer sector, las cuales deben ser superadas ante las condiciones de crisis actuales. Más aún si, en el porvenir, aspiran a intervenir en la conflictividad creciente que se avecina.
- GORZ, André, «Reform and revolution», The Socialist Register, marzo, 1968. Pág. 111. ↩︎
- Para una aproximación con mayor detalle ver AKBAR, Amna A, «Demands for democratic political economy», Harvard Law Review, vol 134, nº1, 2020. ↩︎
- ENGLER, Mark y ENGLER, Paul, «Las reformas no reformistas de André Gorz», Revista Jacobin, 25 julio 2021. ↩︎
- GORZ, André, «Reform and revolution», The Socialist Register, marzo, 1968. Pág. 120. ↩︎
- GORZ, André, «The Way Forward», New Left Review I, noviembre–diciembre,1968. Pág. 56. ↩︎
- GORZ, André, «The Way Forward», New Left Review I, noviembre–diciembre,1968. Pág. 56. ↩︎
- Se puede ver en este ámbito RANCIÈRE, Jacques. El desacuerdo: política y filosofía, Buenos Aires, Nueva visión,1996. ↩
- Rooksby, Ed (2018) ‘«Structural Reform’ and the Problem of Socialist Strategy Today», Critique, Vol. 46, Nº 1, pp. 27–48. ↩︎
- Rooksby, Ed, «La reforma estructural y el problema de la estrategia” en Revista Jacobin Lat, 08/10/2024. ↩︎
- MILIBAND, Ralph, POULANTZAS, Nicos y LACLAU, Ernesto, Estado, clase dominantes y autonomía de lo político. Un debate marxista sobre el Estado capitalista, Madrid, Sylone–Viento Sur, 2021. ↩︎
- POULANTZAS, Nicos, Estado, poder y socialismo, Buenos Aires, Silo XXI, 1979, pág. 9. ↩︎
- POULANTZAS, Nicos, Estado, poder y socialismo, Buenos Aires, Silo XXI, 1979, pág. 159. ↩︎
- POULANTZAS, Nicos, «El Estado y la estrategia socialista» Entrevista a Nicos Poulantzas realizada por Henri Weber, Critique Communiste, nº16, junio 1977. ↩︎
- POULANTZAS, Nicos, «El Estado y la estrategia socialista» Entrevista a Nicos Poulantzas realizada por Henri Weber, Critique Communiste, nº16, junio 1977. ↩︎
- A pesar de esto, Poulantzas fue crítico con la idea de las «Reformas estructurales» de Gorz y que Poulantzas consideraba un simple reflejo de un momento de debilidad del movimiento obrero para el que intentaban construir una propuesta realista. Ver Nicos Poulantzas: «Una réplica a Miliban y Laclau» en MILIBAND, Ralph, POULANTZAS, Nicos y LACLAU, Ernesto, Estado, clase dominantes y autonomía de lo político. Un debate marxista sobre el Estado capitalista, Madrid, Sylone–Viento Sur, 2021. Págs. 108–109. ↩︎
- POULANTZAS, Nicos, «El Estado y la estrategia socialista» Entrevista a Nicos Poulantzas realizada por Henri Weber, Critique Communiste, nº16, junio 1977. ↩︎
- POULANTZAS, Nicos, «El Estado y la estrategia socialista» Entrevista a Nicos Poulantzas realizada por Henri Weber, Critique Communiste, nº16, junio 1977. ↩︎
- ALTHUSSER, Louise, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Colombia, La oveja negra, 1969. Especialmente ver capítulo sobre El Estado, páginas 23 y siguientes. ↩︎
- ALTHUSSER, Louise, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Colombia, La oveja negra, 1969. pág. 42–43. ↩︎
- MILIBAND, Ralph, El Estado en la sociedad capitalista, México, Siglo XXI, 1969, págs. 174–176. ↩︎
- POULANTZAS, Nicos, Estado, poder y socialismo, Buenos Aires, Silo XXI, 1979, pág. 180–181. ↩︎
- THOMPSON, E.P, Miseria de la teoría, Barcelona, Verso, 2023, pág. 49. ↩︎
- GOICOHEA PAREDES, Diego, «Claude Lefort y la filosofía» en Revista Internacional de Filosofía, nº 94 (2025), pp. 55–68 ↩︎
- CASTORIADIS, Cornelius, La institución imaginaria de la sociedad, Barcelona, Tusquets, 2013, pág. 162. ↩︎
- CASTORIADIS, Cornelius, La institución imaginaria de la sociedad, Barcelona, Tusquets, 2013, pág. 162–163. ↩︎
- NEGRI, Antonio, La forma–Estado, Madrid, AKAL, 2003, pág. 301. ↩︎
- NEGRI, Antonio, La forma–Estado, Madrid, AKAL, 2003, pág. 307. ↩︎
- Entiéndase obrero en un concepto amplio, como forma social y capacidad de trabajo, no como obrero varón, blanco sino como productor–reproductor del mundo. ↩︎
- NEGRI, Antonio, La forma–Estado, Madrid, AKAL, 2003, pág. 310. ↩︎
- NEGRI, Antonio, La forma–Estado, Madrid, AKAL, 2003, pág. 307. ↩︎
- ANDERSON, Perry, El nuevo y el viejo mundo, Barcelona, AKAL, 2012, pág. 144. ↩︎
Pablo Carmona
Fundación de los Comunes
8. Muerte a los cochistas.
Hay una ofensiva cochista contra las magras propuestas de acabar con su dictadura sobre el territorio. El Colectivo Zetkin reflexiona sobre este monstruo de nuestro tiempo: el automóvil privado.
https://www.contretemps.eu/croisade-automobile-capitalisme-fossile-ecologie-zetkin-collective/
La cruzada automovilística contra la ecología
Colectivo Zetkin 26 de mayo de 2025
Se está llevando a cabo una amplia ofensiva de la derecha que pretende oponerse a la «guerra contra el coche». El Colectivo Zetkin descifra esta lucha político-cultural contra la ecología, en la que la extrema derecha carbofascista es hegemónica y moviliza tanto a partidos institucionales como a movimientos conspiranoicos y masculinistas, en alianza con el capital fósil y representantes más clásicos de la derecha.
***
El apocalipsis está en el aire. Durante el verano, un grupo apodado «Blade Runners [1]» comenzó a sabotear las infraestructuras de las zonas de muy bajas emisiones (ULEZ) alrededor de Londres. Vestidos de negro de pies a cabeza, atacan las cámaras que escanean las matrículas de los coches para determinar si cumplen las normas medioambientales mínimas o deben pagar una tasa diaria de 12,50 libras esterlinas.
Algunos Blade Runners desmontan completamente las instalaciones, desenganchan las cámaras de sus soportes y las encierran en cajas. Otros cortan los postes, dejando que la gravedad precipite el aparato sobre la acera. Los más hábiles llegan al lugar armados con largas tijeras de podar y cortan los cables antes de marcharse con una macabra advertencia. Uno de ellos se grabó en plena acción, dirigiéndose a las autoridades contra las que lucha:
Puede que sus chicos tarden medio día en instalar una. A mí me lleva menos de un minuto desmontarla. Así que vayan a la mierda con sus putas zonas de bajas emisiones, cabrones. Este es nuestro país y lo estamos recuperando.
¿Qué motiva exactamente el sabotaje de los Blade Runners? Las discusiones en línea entre los partidarios más activos revelan que su movilización no se basa ni en la calidad del aire ni realmente en el coste financiero. Son espacios donde se mezclan todo tipo de angustias culturales y políticas contemporáneas. Hostiles a las vacunas, los «confinamientos climáticos», las sociedades sin dinero en efectivo, la «ideología de género», las redes 5G y las identidades digitales, los Blade Runners se consideran luchadores por la libertad, resistentes frente a un Estado totalitario impulsado por lo que perciben como un programa mundial.[2]
Sin embargo, sería erróneo considerarlos unos marginales excéntricos. Si bien atacan en parte dispositivos a menudo denunciados por la izquierda, como la expansión de las tecnologías de vigilancia estatal y privada, su diagnóstico y sus remedios sumergen la política en los terrenos conspirativos de la extrema derecha. Su oposición a las políticas de descarbonización se está convirtiendo rápidamente en uno de los nuevos frentes importantes de la negación organizada de la ciencia climática, un frente estructurado por la extrema derecha, que difunde su discurso y sintetiza el nacionalismo fósil con una forma radical de libertarismo.
Si las movilizaciones callejeras de la derecha ya estaban en auge antes de 2020, la pandemia aceleró y transformó las dinámicas preexistentes. El torbellino de ansiedad, desinformación y polarización que desencadenó atrajo a sectores inesperados de la población —en particular de la pequeña burguesía—, muchos de los cuales participaban por primera vez en un movimiento social, ya fuera en línea o en la calle.
Allí se encontraron con activistas más experimentados, medios de comunicación alternativos y teóricos de la conspiración, que contaban con la experiencia organizativa y los marcos ideológicos necesarios para interpretar la situación como una crisis de proporciones apocalípticas y aportar «soluciones». Al mismo tiempo, la pandemia frenó en seco la dinámica del movimiento mundial por la justicia climática: las manifestaciones se convirtieron en seminarios web, los bloqueos en debates estratégicos, y el impulso perdido aún no se ha recuperado.
Si la xenofobia contra los migrantes y la islamofobia eran los pilares fundamentales de la extrema derecha antes de la pandemia, la creciente hostilidad hacia las políticas de salud pública ha reconfigurado y diversificado sus formas de expresión. La frontera ha seguido siendo, evidentemente, un punto de tensión. Pero la suspensión de los flujos migratorios y de la acogida de refugiados, impuesta por las restricciones sanitarias, ha desplazado temporalmente el centro de atención: ya no se trataba tanto de limitar la libertad de movimiento de los Otros percibidos como una amenaza, sino de «liberar al pueblo» de sus propios obstáculos internos.
En este clima opresivo, proliferaron los grupos denominados «de defensa de la libertad». Figuras del mundo empresarial se deslizaron hacia una forma de emprendimiento político. Restauradores, predicadores, profesionales sanitarios en ruptura, asistentes jurídicos, trabajadores autónomos, pequeños empresarios y gestores de todos los ámbitos encontraron un terreno de encuentro.
Algunos se han reconvertido en influencers en las redes sociales, presentadores de podcasts, vendedores de medicinas alternativas y productos de bienestar, oradores en mítines contra el confinamiento o incluso líderes de partidos políticos emergentes. Para muchos de ellos, esto significó abandonar —o combinar— su actividad profesional con la «actividad» militante, difuminando aún más la ya difusa frontera entre el compromiso político y la empresa oportunista de extrema derecha.
A medida que aumentaban los efectivos de la extrema derecha, también se intensificaba su influencia en la corriente dominante. Conceptos y teorías conspirativas que antes se limitaban a la marginalidad fascista —desde el supuesto control malthusiano de la población hasta la fantasía del «gran reemplazo»— se han banalizado hasta estructurar el discurso cotidiano. Es a través de estos relatos que se articulan ahora la pandemia y la crisis climática.
Así, las críticas a los confinamientos sanitarios han dado paso progresivamente a las advertencias sobre una futura distopía de «confinamientos climáticos». Por su parte, los mecanismos de negación promovidos por los institutos privados de lobbying y los grupos de presión apoyados por los intereses fósiles han desempeñado un papel clave en la reorientación del movimiento denominado «libertad» hacia la lucha contra las políticas climáticas.
Para los capitalistas fósiles —y sus aliados, a menudo involuntarios—, el mundo se divide en una serie de oposiciones binarias: verdad contra mentira, nacionalistas contra globalistas, defensores de la libertad contra tiranos, periferia contra ciudad, conductores habituales contra activistas climáticos. Al alimentar el imaginario conspirativo de la extrema derecha, estas dicotomías alimentan lo que podría denominarse una «crisis invertida».
Esta última refleja y oculta la realidad material del cambio climático, difundiendo narrativas estrechamente alineadas con los intereses del capital fósil. En este contexto, la verdadera crisis no es la climática, sino lo que «ellos» —las élites «globalistas» y las masas «woke»— pretenden imponer para responder a ella. Las soluciones ecológicas pasan así a percibirse como la crisis misma. En el centro de esta retórica se encuentra la supuesta «guerra contra el coche».
La ciudad cerrada
El concepto de «ciudad del cuarto de hora» fue formulado en 2015 por Carlos Moreno (1959), profesor franco-colombiano de ciencias de la gestión en la Universidad Paris 1 Panthéon-Sorbonne. Se trata de diseñar ciudades en las que los habitantes puedan acceder, a pie o en bicicleta y en menos de quince minutos desde su domicilio, a todos los servicios esenciales, incluido su lugar de trabajo.
Anne Hidalgo (1959), alcaldesa socialista de París, convirtió este concepto en un eslogan de campaña durante su reelección en 2020, prometiendo, entre otras cosas, la creación de «un carril bici en cada calle» para 2024, a costa de la supresión de 60 000 plazas de aparcamiento en superficie. Estas propuestas prolongaban la política urbana iniciada en 2014. El resultado: entre 2019 y 2020, el número de ciclistas se duplicó en la capital y las emisiones se redujeron en un 20 % entre 2004 y 2018. Hidalgo pretende ahora prohibir los coches diésel para 2024 y todos los vehículos no eléctricos para 2030.
Sin embargo, estos proyectos no se han llevado a cabo sin oposición. Una etiqueta equivalente a #SaccageParis tuvo cierto eco en Twitter, donde los internautas publicaron fotos y vídeos que ilustraban la supuesta «decadencia» urbana —jeringuillas, basureros desbordados, campamentos de personas sin hogar— y acusaban directamente a Hidalgo. Según informó Politico, en octubre de 2021 se celebró una manifestación que reunió a varios cientos de personas para denunciar el estado de suciedad de la ciudad y la «promoción desordenada de los patinetes eléctricos y las bicicletas en detrimento de los peatones».
Ante las crecientes críticas a los patinetes, Hidalgo organizó un referéndum en abril de 2023 sobre su uso. Los parisinos votaron a favor de su prohibición. A pesar de la audacia de sus políticas, las protestas contra sus medidas de restricción del coche y de promoción de la marcha y la bicicleta han sido relativamente marginales.
La situación es diferente en el Reino Unido. En Oxford, los intentos de crear «barrios de tráfico reducido» (Low Traffic Neighbourhoods, o LTN), medidas que consisten básicamente en instalar bolardos o jardineras para restringir el acceso a los coches y favorecer la peatonalización, han provocado una ola de vandalismo. En 2022, un solo bolardo, situado en el este de la ciudad y calificado como «el más odiado de Gran Bretaña», fue vandalizado en veinte ocasiones: los coches pasaban por encima, algunos lo arrancaban y otros lo incendiaban. El ayuntamiento intentó entonces reforzar el dispositivo sustituyéndola por una estructura de madera más resistente, antes de instalar versiones de acero en otras zonas. Este tipo de sabotaje se repitió en diversas regiones del país.
En el plano discursivo, las ciudades del cuarto de hora, las zonas de muy bajas emisiones (como las de Londres) y los «barrios con tráfico reducido» (como los que se están probando en Oxford) tienden a confundirse en un confuso conjunto de obsesiones conspirativas que Naomi Klein (1970) ha calificado de «cóctel conspirativo del Gran Reinicio». Jordan Peterson (1962), uno de los principales difusores de esta retórica tóxica, contribuyó en gran medida a viralizar el concepto al compartir, el 31 de diciembre de 2022, un mensaje en el que se burlaba de los «burócratas tiránicos e idiotas» responsables de este proyecto, al tiempo que advertía: «No se equivoquen, esto forma parte de un plan bien documentado».
Para disipar cualquier duda sobre la identidad de los responsables de este plan distópico, también retuiteó un tuit de Don Keiller en el que afirmaba: «Ya está en marcha… #GreatReset #JailSchwab», acompañado de fotos de los dispositivos de tráfico en Canterbury y Oxford, así como de una infografía en la que se acusaba a la ONU y al Foro Económico Mundial de ser los instigadores de la ciudad del cuarto de hora «porque se preocupan por ustedes y quieren que conduzcan menos». Este tuit fue visto más de siete millones de veces.
Dos meses más tarde, una nueva manifestación contra las ciudades del cuarto de hora reunió a 2000 personas en Oxford. Una niña de doce años, transformada para la ocasión en una anti-Greta, tomó el micrófono para gritar a la multitud:
«Cómo se atreven a robarme mi infancia y mi futuro, así como el de nuestros hijos, esclavizándonos en su loca prisión digital de vigilancia!». Los folletos distribuidos en el lugar presentaban el proyecto como una gran conspiración para encerrar a los habitantes en prisiones al aire libre. Alambradas, vigilancia permanente con cámaras, dietas a base de insectos: según estos documentos, esa sería la nueva norma impuesta bajo el pretexto de la ecología. Una pancarta, más sobria pero igualmente evocadora, resumía el ambiente paranoico: las ciudades del cuarto de hora serían «la punta de una espada mundial que restringirá nuestra libertad de movimiento».
Estos temores encontraron eco en la Cámara de los Comunes, donde el diputado conservador Lee Anderson (1967) denunció los proyectos de Oxford como una «conspiración socialista internacional». Por su parte, Nigel Farage (1964) apoyó esta interpretación alarmista afirmando: «Los confinamientos climáticos están llegando».
Impulsadas por el mercado mundial de la desinformación, las teorías conspirativas sobre las ciudades del cuarto de hora se extendieron rápidamente por Canadá. En febrero de 2023, en Edmonton (Alberta), capital de esta provincia petrolera, una concentración comenzó con una oración cristiana. Durante la reunión, una coorganizadora sacó una imponente Biblia de su mochila y se la entregó a un urbanista presente, preguntándole: «¿Jura sobre la Biblia que no nos multarán, que no tendremos que presentar nuestros documentos en los controles ni que nos escanearán las matrículas?».
El urbanista sonrió, visiblemente divertido, y eludió la pregunta. Pero cuando se le volvió a formular, esta vez en la tribuna y ante la multitud, acabó aceptando. Primero puso la mano izquierda sobre la Biblia, pero fue interrumpido por Chris «Sky» Saccoccia, activista contra el confinamiento, que le instó a utilizar la derecha. «Tío, no juro todos los días sobre la Biblia», bromeó el urbanista, antes de declarar: «Yo, Sean Bohle, urbanista jefe de la ciudad de Edmonton, juro solemnemente», y luego, volviéndose hacia Saccoccia: «¿Ya está?». — y continuó: «que si la ciudad de Edmonton intenta alguna vez imponer un control sobre la circulación de las personas, me opondré firmemente en el ejercicio de mis funciones». La multitud estalló en aplausos.
Antes de 2020, Saccoccia, hijo de treinta y nueve años de un rico promotor inmobiliario afincado en los suburbios de Toronto, no parecía tener ninguna experiencia política, salvo un marcado gusto por las provocaciones de extrema derecha en Internet. Según la Canadian Anti-Hate Network, afirmó, entre otras cosas, que «los negros no tienen la sofisticación necesaria para crear una civilización avanzada», que «los musulmanes y la violación de niños van juntos como las hamburguesas y las patatas fritas» y que Mein Kampf era «perfectamente exacto» sobre los esfuerzos de los judíos por controlar el mundo, «como si Hitler tuviera una bola de cristal».
Cuando estalló la pandemia, Saccoccia canalizó esta visión del mundo en un activismo virulento contra las vacunas y los confinamientos, reuniendo a un amplio público en línea, acumulando acusaciones penales y miles de dólares en multas, al tiempo que se convertía en uno de los rostros más visibles del movimiento por la «libertad». También ha adquirido notoriedad internacional como invitado habitual de InfoWars[3] y, en el momento de escribir este artículo, tiene previsto viajar a Oxford para rodar un documental sobre las ciudades del cuarto de hora.
En su discurso en Edmonton, Saccoccia recicló el mensaje que difundió durante la pandemia para adaptarlo a su nueva lucha climática:
«Han utilizado el Covid para acostumbrarlos a no alejarse más de cinco kilómetros de sus casas… Ahora saben que una pandemia no puede durar eternamente, pero ¿qué puede durar eternamente? ¡Una crisis climática, sí! Una crisis climática dura generaciones. Por lo tanto, el Covid ha servido como caballo de Troya para reacondicionarlos, prepararlos para aceptar una nueva agenda de control total impuesta en nombre del clima, una agenda que pasará por la supresión de la propiedad privada del automóvil».
El discurso, la influencia y la notoriedad de Saccoccia se reactivan así para alimentar una guerra cultural contra los automovilistas. La idea de que «la pandemia no podía durar eternamente, pero una crisis climática sí» parece ser, para él, menos una advertencia que una oportunidad: la crisis anterior le ha dado reconocimiento, ¿por qué no querría que la siguiente durara aún más?
La concentración de Edmonton puede considerarse un ataque preventivo contra las políticas urbanas de mitigación del cambio climático, destinado a avivar una controversia paranoica cuando no se había previsto ninguna medida concreta, como las que están en vigor en Europa. Inspirándose en el ejemplo de Oxford, Saccoccia electrificó a la multitud: «¿Saben lo que están haciendo ahora mismo? Están destrozando los postes con sus coches. Están vertiendo hormigón. Están arrancando las cámaras… Y eso es lo que vamos a hacer aquí». Y eso que en Edmonton no se había previsto ninguna zona de emisiones muy bajas (ULEZ). Sin embargo, la multitud permanecía en estado de alerta, dispuesta a oponerse a la más mínima restricción de la movilidad individual en automóvil.
Estas teorías descabelladas no se limitan a activistas callejeros como Sky Saccoccia. Más bien asistimos a una coreografía entre el movimiento «ascendente» que surge de la calle y la guerra cultural «descendente» librada por las élites mediáticas, en la que influencers de extrema derecha se alían con grupos climatoscepticos bien establecidos para propagar la paranoia. Según una investigación de DeSmog, el grupo Not Our Future, uno de los principales opositores a las ciudades del cuarto de hora en Oxford, mantiene numerosos vínculos con redes organizadas de negación del cambio climático, entre cuyos miembros se encuentran afiliados a la Global Warming Policy Foundation, la principal organización escéptica del cambio climático del Reino Unido.
Estos grupos también se benefician de una audiencia cada vez mayor gracias a figuras como Jordan Peterson, a quien el climatólogo Michael Mann describe como «engranaje central de la máquina de negación», en particular por su difusión sistemática de estos discursos en X/Twitter y YouTube. En Canadá, la organización climatosceptica de larga data, Friends of Science, difunde las mismas teorías conspirativas. Su portavoz, Michelle Stirling, intervino en Rebel News y otras plataformas de extrema derecha para afirmar que la pandemia habría «acondicionado al público para vivir en quince minutos», advirtiendo que los pasaportes de vacunación pronto se convertirían en herramientas de racionamiento de carbono a escala individual.
En el discurso de estas coaliciones, la supuesta tiranía inminente actúa a todas las escalas: desde las cumbres «globalistas» de Davos hasta la intimidad del dormitorio.
El sexo en la ciudad del cuarto de hora
#JustSayNo al FEM. #JustSayNo a la falsa crisis climática. #JustSayNo a los confinamientos por el cambio climático. #JustSayNo a las ciudades del cuarto de hora / ciudades inteligentes. #JustSayNo a la banda del alfabeto. («Digan simplemente no al Foro Económico Mundial. Digan no a la falsa crisis climática. Digan no a los confinamientos relacionados con el clima. Digan no a las ciudades del cuarto de hora y a las ciudades inteligentes. Digan no a la banda del alfabeto», siendo esta última una expresión despectiva dirigida a la comunidad LGBTQ).
Si bien esta extraña letanía publicada por Saccoccia en Telegram, cuya última invectiva apunta a las personas LGBTQ, puede parecer pura demagogia delirante, no deja de plantear una pregunta esencial: ¿por qué los queerfóbicos se ensañan tanto con las ciudades del cuarto de hora? ¿Se trata de un simple inventario a la Prévert de las obsesiones reaccionarias del momento, o hay una lógica más profunda que las une?
Con motivo del mes del orgullo[4], —una figura destacada del movimiento por la «libertad» y feroz opositora a las ciudades del cuarto de hora— lanzó una campaña para impedir que se pintara un paso de peatones con los colores del arcoíris en su pequeña ciudad del norte de Alberta, cerca de Edmonton. Más al sur, en Leduc, lugar del primer gran descubrimiento de petróleo de la provincia, alguien hizo chirriar los neumáticos sobre un paso de arcoíris recién pintado, cubriéndolo de marcas negras: una imagen impactante de la queerfobia fosilizada.
La politóloga Cara Daggett interpretó estos acontecimientos como una «convergencia catastrófica» entre la crisis climática, un sistema basado en los combustibles fósiles en declive y una hipermasculinidad occidental cada vez más frágil. «El cuestionamiento de los sistemas basados en los combustibles fósiles —y, en general, de los estilos de vida saturados de petróleo y gas— se percibe como un ataque directo al poder patriarcal blanco», explica Daggett.
En esta convergencia se están formando alianzas tan sorprendentes como oportunistas. Así, musulmanes conservadores se han unido a evangélicos y figuras iluminadas de la extrema derecha, muchos de los cuales afirmaban hace solo unos años que la crisis migratoria no era más que un pretexto para una «invasión musulmana» de Occidente. Estas coaliciones cínicas e inestables —pues la extrema derecha se resiste a renunciar por mucho tiempo a la islamofobia— desvían temporalmente su atención de las fronteras para apuntar a un nuevo frente: los consejos escolares, donde se trata de «recuperar el control».
«Si su libertad les permite interferir en mi vida privada, en la forma en que educo a mi hijo, entonces eso no es libertad», declara Mahmoud Mourra, figura destacada de una manifestación contra el colectivo LGBTQ en Calgary. En una entrevista concedida al Toronto Star, afirma sin rodeos: «Si mi hijo decidiera mañana ser gay, me dolería para el resto de mi vida».
De estas palabras se desprende que la «libertad» se entiende aquí como el derecho absoluto a ejercer control sobre la «propiedad», ya sean coches o hijos. Existe un paralelismo revelador entre el eslogan «Dejen a nuestros hijos en paz», que se ha convertido en el lema central de la cruzada contra las personas LGBTQ, y un tuit de Jordan Peterson en el que insta a las élites a «dejar en paz nuestros coches».
Esta lógica libertaria —una versión desvirtuada del famoso «Don’t tread on me» («No me pisoteen»)— concibe al Estado como una fuerza opresiva y erige en principios sagrados el derecho a contaminar o a imponer normas heteronormativas. «Cambie de marcha, no de sexo»: este es el eslogan de un meme que se ha convertido en pegatina para el parachoques. En este contexto, la reacción antitrans se extiende a toda la sociedad: desde las transiciones de género hasta las transiciones energéticas, el reto, parafraseando a Marx[5], pasa a ser impedir cualquier cambio.
La familia fosilizada
Si, como afirma Michelle Esther O’Brien, la familia constituye «uno de los lugares de reproducción ampliada del capitalismo», ¿qué decir entonces del coche familiar? Cuando anunció una revisión de las «medidas contra los automóviles a escala nacional», el primer ministro británico, Rishi Sunak (1980), decidió hacerse fotografiar sentado en el asiento delantero del antiguo Rover de Margaret Thatcher. «Hablemos de libertad», se leía en el pie de foto.
En un artículo publicado en el Telegraph, Sunak expresaba su preocupación por las jardineras y los bolardos, como los instalados en Oxford, que, según él, impedirían «el paso de cualquier vehículo más ancho que una bicicleta», obstaculizando así la vida cotidiana de los coches familiares. Afirmaba saber «lo importantes que son los coches para las familias».
En el número anterior de Salvage, Alva Gotby se basaba en las campañas Wages for Housework (Salarios para el trabajo doméstico) y Wages Due Lesbians (WDL, Salarios para las lesbianas) de la década de 1970 para formular una crítica materialista de la heterosexualidad, concebida como un « modo de vida institucionalizado basado en el deseo social de un determinado tipo de existencia y en las infraestructuras materiales que lo hacen posible». Esto se refleja en el análisis de la división sexual del trabajo formulado por WDL: «la mujer ayuda al hombre a trabajar más, a comprar una casa más grande, un coche, etc., y a subordinar sus propias necesidades a las de él, que son las del capital».
Del mismo modo que el capitalismo necesita producir coches, necesita producir «mujeres» y «esposas» disciplinadas, encargadas de sostener el salario masculino, de constituir «familias» capaces de absorber, mediante su consumo excesivo, la producción excedentaria de bienes intensivos en materia y destructivos desde el punto de vista ecológico. El efecto combinado del discurso pro-coche, pro-familia y anti-LGBTQ —una amalgama que podríamos llamar «pánico sexual del cuarto de hora»— es demonizar y marginar a quienes escapan del heteropatriarcado y se atreven a construir otras formas de deseos sociales y soportes materiales. Rechazar el coche individual es, por tanto, en cierto modo, rechazar el modelo familiar dominante.
Los vínculos entre el natalismo de extrema derecha y la negación del cambio climático abundan en los tuits de Jordan Peterson, que parece haberse reconvertido en poeta, con la seriedad afectada de un adolescente en plena crisis mística. En uno de sus poemas, presta su voz a las «élites globalistas alarmistas», decididas a darnos lecciones desde sus alturas:
Muere de hambre en la oscuridad,
campesino,
tú y tu horda
de niños emisores de carbono
que abarrotan el planeta.
El Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU), mencionados explícitamente en sus publicaciones, son retratados como fanáticos genocidas, obsesionados con la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero hasta el punto de plantearse el asesinato en masa. La expresión acuñada por Peterson —«niños emisores de carbono»— sirve para infundir un sentimiento de ataque existencial contra la familia fosilizada: «ellos» no quieren que tengamos hijos; «ellos» quieren exterminarnos privándonos de los combustibles fósiles.
Esta construcción discursiva también es utilizada por David Parker, fundador de Take Back Alberta («Recuperar Alberta»), uno de los grupos de extrema derecha más influyentes de Canadá. Ante un público casi exclusivamente blanco y mayoritariamente rural, Parker no deja de repetir que se enfrentan a un programa «antihumano».
La mayoría de las mujeres de mi edad piensan que lo peor que les puede pasar es quedarse embarazadas. Muy bien, su carrera es lo primero. Más importante que la supervivencia de la especie humana… Estén a favor o en contra del aborto, estamos masacrando a nuestros hijos en el útero. Vivimos en una sociedad antihumana que literalmente enseña a nuestros hijos que son una enfermedad para este planeta. Que lo mejor que pueden hacer es despoblar. Ustedes son el carbono que intentan reducir.
La supervivencia de la especie humana estaría amenazada, no por el cambio climático, sino por las feministas y los ecologistas, cuyas ideologías, consideradas perversas, contribuirían a la caída de la natalidad. Esta percepción del mundo también es fundamental en la ideología del largo plazo, apreciada por algunas figuras ultrarriquísimas de Silicon Valley, como Elon Musk, alabado regularmente por Parker y otras figuras de la extrema derecha. «Una especie que se niega incluso a reproducirse no sobrevivirá», declara a la multitud, añadiendo que «la tasa de natalidad en Norteamérica ni siquiera garantiza la renovación generacional».
Entre Peterson y Parker —que compartieron escenario en mayo de 2023— surge una forma de natalismo fascista fósil, en el que las obsesiones tradicionales del fascismo por la reproducción nacional y el lugar de la mujer se combinan ahora con una negación activa del cambio climático.
Es a través de esta cadena de equivalencias —una identificación completa del «pueblo» con el carbono— que el antiecologismo se funde con el ultranacionalismo, y viceversa. En esta lógica, quemar energías fósiles, rechazar las políticas y tecnologías de transición energética o defender la familia nuclear se convierten en actos de lealtad nacional. El eslogan «No nos sustituirán» da así paso a una versión fósil: «No sustituirán a los combustibles fósiles».
Esta construcción discursiva no tiene nada de anecdótico: se arraiga en mutaciones históricas y materiales profundamente ligadas al capital fósil, cristalizadas en torno a uno de sus emblemas comerciales más poderosos: el automóvil.
El motor de la historia
A veces se dice que la historia del capitalismo en el siglo XX puede leerse a través de la del automóvil. Al término de la Segunda Guerra Mundial, los excedentes de la producción militar se reconvirtieron a fines civiles. Los programas de reconstrucción nacional, concebidos para reactivar economías devastadas, pusieron el acento en las industrias automovilísticas públicas o en los «campeones nacionales». Los fabricantes se asociaban a una identidad nacional: Volkswagen en Alemania, Leyland en el Reino Unido, Renault en Francia, Fiat en Italia.
Pero esta apariencia de soberanía industrial ocultaba una fuerte dependencia. Estados Unidos suministraba los equipos para las fábricas y el capital necesario para «poner en marcha los pistones». Los recursos coloniales garantizaban el suministro de caucho, metales y petróleo hasta las cadenas de montaje, y los coches producidos —a veces por mano de obra inmigrante— se destinaban principalmente a la exportación. Esta dinámica, motor del «milagro económico» de la posguerra, fue ocultada en parte por el fetichismo del automóvil.
Pero en los años setenta y ochenta, los mercados automovilísticos se saturaron progresivamente. Este exceso de capacidad redujo los márgenes y obligó a los fabricantes a abandonar los modelos estandarizados, multiplicando las variantes para responder a los gustos supuestamente más refinados de los consumidores. Gracias a una gama casi infinita de lacados, cueros, tejidos, techos solares, llantas o sistemas de audio, ningún coche idéntico salía de la cadena de producción de Volkswagen en un mismo día. Y a medida que se multiplicaban las opciones de personalización, también aumentaba el tamaño de los vehículos.
Ante las nuevas normativas sobre eficiencia energética aprobadas por el Congreso tras las crisis petroleras de los años setenta, los grupos de presión de la industria automovilística consiguieron exenciones para las «furgonetas ligeras» y los «vehículos utilitarios». Lo que más tarde se convertiría en la «laguna jurídica de los SUV» empujó a los fabricantes a producir vehículos más pesados, más altos y menos eficientes energéticamente, al tiempo que los reclasificaban como camiones. Estos enormes vehículos se comercializaron agresivamente entre el público en general, con imágenes de máquinas escalando montañas, cuando en realidad se utilizaban principalmente para desplazamientos entre el hogar y la escuela en los suburbios.
Más allá de los incentivos iniciales creados por esta laguna jurídica, el precio más elevado de los SUV prometía beneficios muy superiores a los de los turismos convencionales, lo que explica en parte por qué un fenómeno inicialmente limitado a Estados Unidos se ha convertido en mundial. En Estados Unidos, los SUV y las camionetas ligeras representan ahora casi tres cuartas partes de las ventas de coches nuevos. A escala mundial, su cuota ha pasado del 20 % a más del 50 % de las ventas en solo diez años.
Al mismo tiempo, los SUV se han convertido en el segundo factor de aumento de las emisiones mundiales de CO₂, por detrás del sector eléctrico, pero por delante del transporte marítimo, la aviación y la industria pesada. Si los SUV fueran un país, serían hoy el sexto mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo.
Además, su gigantesco tamaño tiene consecuencias dramáticas no solo para el clima, sino también para los demás usuarios de la carretera. Las cadenas de producción actuales fabrican coches del tamaño de los tanques de la Segunda Guerra Mundial. No es de extrañar que el número de peatones muertos haya alcanzado su máximo en cuarenta años en Estados Unidos. De manera perversa, este aumento del riesgo se invoca a veces para justificar la compra de vehículos aún más grandes, supuestamente para proteger a sus ocupantes, una lógica de «carrera armamentística» similar a la de los aficionados a las armas de fuego. Si se fabrican tanques, hay que esperar que haya muertos.
No es casualidad que el siglo XX se divida comúnmente en dos grandes períodos: el fordismo y el posfordismo. El coche es su símbolo por excelencia, la mercancía suprema. Cargado de cualidades fetichizadas y presente en todos los rincones del mundo, encarna el valor en perpetua expansión, activando circuitos de acumulación antes, durante y mucho después de su salida de fábrica: piezas de recambio, construcción de carreteras, comercios en las aceras, compañías de seguros, estaciones de lavado, etc.
Los países periféricos del sistema mundial no son solo depósitos de recursos necesarios para la producción de automóviles destinados a los países del centro: también se convierten en vertederos de estas jaulas metálicas una vez que ya no cumplen con las normas reglamentarias o los gustos estéticos del Norte global. Ya sigan circulando o acaben en el desguace, estos coches prolongan su poder nocivo mucho más allá de su primera vida, despojando a los territorios explotados de sus recursos naturales y perpetuando la contaminación. El coche —y su defensa— cristaliza así la expresión más completa del modo de vida imperial.
Mientras que los trabajadores de las fábricas de automóviles se vieron sometidos a los ritmos impuestos por la máquina, la naturaleza y el espacio también quedaron subordinados a la lógica del automóvil, trastornando las relaciones sociales. Las calles residenciales han dado paso a circunvalaciones y aparcamientos; los paisajes han sido destrozados a lo largo de kilómetros para construir autopistas; las redes de trenes y tranvías han sido sistemáticamente desmanteladas; y las zonas residenciales se han desplazado cada vez más lejos, a las afueras de las ciudades, donde la dependencia del automóvil no hace más que acentuarse. Si bien existía un amplio consenso social sobre la dirección general a seguir —con nuevas subjetividades que se formaban en sintonía con estas transformaciones—, la dependencia total del automóvil se impuso sin una verdadera participación democrática.
Esto no significa que la supremacía del automóvil nunca haya sido cuestionada. A lo largo de su historia, aún más larga que la del capitalismo contemporáneo, oleadas de resistencia han denunciado la congestión de las calles, el peligro para la vida humana y la destrucción del campo, todos ellos efectos del sistema de automovilidad. Pero con el colapso ecológico ya a la vista —y el transporte como primera fuente de emisiones en muchos países—, el coche y el combustible que lo alimenta son hoy objeto de la contestación más decidida.
El capital responde a este desafío con una solución tecnológica relativamente sencilla: sustituir el motor de combustión interna por una batería de litio. Los Estados apoyan esta electrificación prohibiendo progresivamente los motores térmicos y los vehículos diésel. Pero esta transición hacia una movilidad individual electrificada también atraviesa un campo minado geopolítico, económico y subjetivo.
En primer lugar, hay que lidiar con intereses económicos profundamente arraigados. Las industrias petrolera y automovilística siguen entrelazadas en una relación simbiótica: la mitad del consumo mundial de petróleo se destina a alimentar los vehículos de carretera. Por lo tanto, la electrificación total de la movilidad personal representaría una amenaza existencial para el capital fósil.
Por su parte, el panorama de la producción automovilística ha cambiado profundamente. Mientras que históricamente se centraba en Europa y Estados Unidos, se ha desplazado hacia Asia Oriental, y China domina ahora el mercado mundial de automóviles nuevos. Incluso la producción de lo que antes era el buque insignia de la industria alemana, el automóvil, se ha deslocalizado a países con mano de obra barata y una normativa más flexible: la mayoría de los vehículos de marcas alemanas ya no se fabrican en Alemania.
Sin embargo, el actual plan de electrificación ofrece al capital fósil numerosas oportunidades para dirigir la transición en su beneficio. Tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea, debido a un método de cálculo específico de las normas de eficiencia energética, el auge de los vehículos eléctricos beneficia en realidad a los segmentos más contaminantes de la industria automovilística.
Adoptadas por el Congreso de los Estados Unidos en la década de 1970 tras la primera crisis del petróleo, las normas CAFE (Corporate Average Fuel Economy) exigen que la conformidad no se mida a escala de un modelo de vehículo, sino en función de la media de emisiones de toda la flota producida por un fabricante. Así, en lugar de evaluar el consumo de un vehículo específico, como un Chevrolet Suburban de tres toneladas, las autoridades calculan una media ponderada de todos los modelos comercializados por la marca.
Esto significa que, al vender más vehículos de bajo consumo, una empresa puede compensar la producción de vehículos mucho más contaminantes. El mismo sistema de cálculo por flota se aplica en la Unión Europea, aunque las normas son más estrictas. En este marco normativo, los fabricantes destacan sus modelos «ecológicos» para ganar flexibilidad, al tiempo que mantienen su acceso a los segmentos más contaminantes —y más rentables— del mercado.
Y eso no es todo: en otra laguna de la normativa, las emisiones medias no se corresponden necesariamente con las de un fabricante considerado de forma aislada. Una empresa que supera su límite puede compensar sus excesos comprando créditos a fabricantes más sobrios. Aprovechando estas lagunas normativas, Tesla suele generar más ingresos vendiendo estos créditos a los fabricantes de coches blindados que comercializando sus propios modelos eléctricos. En resumen, cuantos más coches eléctricos hay en las carreteras, más 4×4 se pueden vender.
Pero otras fracciones del capital también tienen intereses en esta transición. La mayor parte del valor añadido de los vehículos eléctricos reside ahora en sus baterías, cuya abrumadora mayoría se produce en Asia Oriental. A medida que el software se convierte en un elemento central de los coches de nueva generación, se multiplican las alianzas entre los fabricantes de automóviles y los gigantes tecnológicos. De esta convergencia surgen nuevas fuentes de ingresos: los conductores se convierten en fuentes de datos, mientras que fabricantes como Volkswagen, Toyota o Tesla ofrecen suscripciones de pago para acceder a determinadas funciones, desde asientos calefactables hasta una aceleración mejorada.
Se pueden encontrar rastros discursivos de estas dinámicas cambiantes y tensiones en la retórica en torno a la «guerra contra los conductores». Al resistirse a la prohibición de los motores de combustión interna, tanto en el Reino Unido como en otros países europeos, los responsables políticos retoman la idea de que su industria automovilística, considerada excepcional, está siendo injustamente sacrificada en aras de una política ecológica equivocada. Alimentados por la nostalgia, se movilizan imaginarios nacionalistas para defender el automóvil.
Pero se está librando otra batalla simbólica, esta vez contra «Oriente». Según la prensa conservadora británica, los fabricantes chinos habrían declarado «guerra a sus rivales occidentales»; sus vehículos estarían a punto de «invadir» Europa, lo que permitiría al Partido Comunista vigilar a la población. Esta amenaza sería inevitable si los dirigentes se obstinaran en su traición ecológica.
Esta retórica es constantemente reciclada por la extrema derecha, que describe los coches eléctricos como máquinas castradoras, controladas por regímenes autoritarios. A menudo se expresa el temor de que estos vehículos puedan ser desactivados a distancia en cuanto un conductor o conductora se atreva a salir de su «prisión de quince minutos». Así, si la guerra contra los automovilistas se percibe como una guerra contra la nación fósil, estaría librada tanto por enemigos externos como por traidores internos.
¿De quién son las calles?
La portada de Der Spiegel, la principal revista de información alemana de centro-derecha, publicada a mediados de agosto de 2023, muestra a una militante de La Última Generación [Letzte Generation] con una gorra descolorida, un pañuelo turquesa y un chaleco naranja de alta visibilidad. Sentada en la calzada frente a un Porsche, flanqueada por un policía, encarnaba la figura central de un reportaje titulado: «Los nuevos enemigos del Estado: en el corazón de una organización radical».
Calificar a La Última Generación de «organización radical» es, francamente, una descripción poco adecuada. Formado en Alemania en el verano de 2021, este colectivo es hoy uno de los más visibles del movimiento climático en el país, después de Fridays for Future, que ocupaba esta posición antes de la pandemia. Con unos 900 miembros, La Dernière Génération recurre principalmente a bloqueos del tráfico, a menudo pegándose al suelo, para presionar a las autoridades públicas a que tomen por fin medidas contra la crisis climática.
En un claro intento de pragmatismo, el movimiento se ha limitado a tres reivindicaciones oficiales: instaurar un límite de velocidad en las autopistas alemanas, restablecer el billete nacional de 9 euros para los viajes en tren y crear un «consejo de la sociedad» (Gesellschaftsrat) compuesto por varios cientos de ciudadanos de diversos orígenes que, basándose en conocimientos científicos, debatirían propuestas de mitigación para someterlas posteriormente al Parlamento. A la vista de la aceleración visible del colapso climático solo durante este verano, calificar estas reivindicaciones de tímidas e insuficientes sería quedarse corto. Esto no hace sino aumentar la indignación ante la hostilidad y las medidas represivas a las que se enfrenta La Dernière Génération.
Salvo algunos bloqueos de aeródromos y lanzamientos ocasionales de pintura sobre aviones privados, el grupo se ha negado a intensificar sus acciones, manteniéndose fiel a su compromiso de no violencia y a su estrategia inicial. Esto no les ha impedido convertirse en blanco privilegiado de los relatos reaccionarios en los medios de comunicación, así como de ciertas críticas procedentes de la izquierda. Estas últimas les reprochan la ausencia de un marco anticapitalista, una subestimación del poder de los lobbies y una elección táctica que penaliza de manera desproporcionada a los trabajadores y trabajadoras comunes.
En cuanto a los medios de comunicación dominantes —como la portada de Der Spiegel—, ahora lo presentan como un grupo «extremista de izquierda» o un «movimiento ecoterrorista», legitimando de paso una concepción libertaria de la libertad y un uso autoritario del poder del Estado. Así, el Gobierno, los grandes medios de comunicación y la extrema derecha convergen cada vez más en torno a un mismo encuadre: el de los activistas climáticos como «enemigos del Estado».
Convertir a los movimientos militantes en chivos expiatorios desempeña un papel central en la formación política del nacionalismo fósil contemporáneo. En 2019, mientras Extinction Rebellion (XR) ocupaba el primer plano con sus bloqueos de calles y puentes, la negación climática pura comenzaba a perder credibilidad, sin que por ello se debilitaran los intereses que defendía.
Así pues, la maquinaria de la negación adoptó un nuevo enfoque: la oposición binaria entre «aceptación» y «negación» fue sustituida por la de «alarmistas» y «realistas». Ser «realista» sobre el clima significa reconocer la validez de la ciencia… para llegar a la conclusión de que no es necesario adoptar medidas radicales. Ser «alarmista», en cambio, es exigir medidas, lo que demuestra una supuesta histeria, un exceso de emotividad y una falta de racionalidad. Este cambio encaja perfectamente con los fundamentos exclusivos del nacionalismo.
Hoy en día, cuando grupos de activistas organizan sentadas o «marchas lentas» en los centros de las ciudades, desatan la furia de los conductores inmovilizados, que tocan el claxon sin cesar, hacen rugir sus motores o golpean a las personas sentadas. A menudo, la ira se desborda fuera del habitáculo: conductores furiosos persiguen, empujan o incluso golpean a los manifestantes. Los transeúntes graban la escena y este espectáculo de violencia se difunde en línea, acumulando millones de visitas. Los comentarios rebosan indignación, a veces dirigida contra los propios activistas, pero más a menudo contra los policías acusados de protegerlos.
Esta defensa acérrima del «conductor normal» se refuerza aún más cuando se ve a un conductor violento controlado por la policía. «¿Cómo pueden detener a este tipo que solo quiere ir a trabajar y dejar que estos imbéciles nos arruinen la vida al resto?». A partir de ahí, esta «ecotiranía» que supuestamente obstaculiza la vida cotidiana de las personas parece contar con el apoyo del Estado, una asociación que la extrema derecha se apresura a explotar.
Cualquier ilusión de una alianza entre el Estado y los activistas climáticos queda, por supuesto, traicionada por el endurecimiento del aparato represivo en los Estados capitalistas avanzados. En el Reino Unido, una serie de leyes ha restringido el derecho de reunión y ampliado los poderes policiales, en particular contra los activistas ecologistas. Para favorecer a los automovilistas, la «obstrucción deliberada de la vía pública» es ahora un delito penal, al igual que «atarse» a una persona o a un objeto. Durante un acto celebrado este verano, Rishi Sunak agradeció a un grupo de reflexión vinculado al sector de las energías fósiles su papel en la redacción de esta legislación.
En Estados Unidos, la represión estatal y la legislación local sancionan y fomentan la vigilancia motorizada contra los manifestantes por la justicia racial. En 2017, el asesinato de la activista antifascista Heather Heyer, atropellada por un coche durante la concentración «Unite the Right» en Charlottesville, fue castigado con cadena perpetua. Sin embargo, los homicidios con vehículos están aumentando y este tipo de sentencias son cada vez menos probables.
En Florida, el gobernador Ron DeSantis promulgó una ley «antidisturbios» que permite tipificar como delito en tercer grado cualquier reunión pública de tres o más personas. Como reacción directa a las protestas «Defund the Police» (Recortar los fondos a la policía) y «Black Lives Matter», esta ley también concede inmunidad a los conductores que hayan herido o matado a manifestantes, siempre que aleguen que temían por su vida. Este razonamiento retorcido se hace eco de la ley «Stand Your Ground » de Florida, que protege a los portadores de armas de fuego de ser procesados por homicidio si afirman haber estado en peligro inminente, como fue tristemente el caso de Trayvon Martin.
Se ha adoptado un enfoque similar en Oklahoma, donde los legisladores republicanos han aprobado una ley que penaliza la obstrucción de la vía pública y protege a los conductores responsables de lesiones o muertes, siempre que aleguen que querían huir o que tenían miedo. El proyecto de ley se presentó después de que una camioneta arrollara a un grupo de manifestantes en Tulsa en mayo de 2020, durante una concentración contra el asesinato de George Floyd, dejando a uno de ellos paralizado de cintura para abajo. La fiscalía del condado de Tulsa se negó a procesar al conductor, alegando que los manifestantes eran los verdaderos alborotadores y que el conductor era la víctima.
El Verfassungsschutz alemán —la agencia encargada de la «protección de la Constitución» y conocida por su adhesión a la teoría de la herradura— consideró clasificar a La Última Generación como organización «criminal» y «anticonstitucional». La ya intensa represión policial se extendió desde detenciones en la vía pública hasta registros preventivos en domicilios, acompañados de vigilancia del correo electrónico, las conversaciones y las llamadas telefónicas del grupo. En Francia, el colectivo ecologista Les Soulèvements de la Terre, que ya era blanco de la violencia policial, fue objeto de un decreto de disolución, finalmente anulado por los tribunales por inconstitucionalidad. Esto no impidió que el Estado detuviera en la frontera a activistas climáticos procedentes de Italia, en nombre de las llamadas leyes «antiterroristas».
En España, bajo un gobierno de coalición de centroizquierda, el fiscal general calificó a los grupos Extinction Rebellion y Futuro Vegetal como organizaciones «terroristas». En Estados Unidos, sesenta y un miembros del movimiento Stop Cop City (también conocido como Defend the Atlanta Forest) fueron acusados en virtud de la ley RICO —utilizada habitualmente contra las mafias— para permitir la destrucción del bosque y la construcción del centro de entrenamiento militarizado de la policía, valorado en 90 millones de dólares, tal y como estaba previsto.
En realidad, al presentar a los activistas ecologistas como alarmistas y terroristas que amenazan la cohesión social de la nación, se está formando una alianza subyacente entre la extrema derecha y la derecha clásica. Mientras que la «crisis invertida» sugiere que un Estado totalitario se prepara para restringir la movilidad automovilística alimentada por energías fósiles —y, por tanto, las libertades individuales—, es en realidad el propio Estado el que reprime las libertades civiles para proteger el capital fósil. La violencia ejercida por el conductor furioso contra el activista ecologista refleja la del Estado; en cierto modo, el primero se convierte en un suplente del segundo. Los activistas por el clima se ven así atrapados en una trampa, expuestos tanto a la represión que viene de arriba como a la hostilidad que surge de abajo.
Si los activistas climáticos deben hacer frente a esta alianza, lo mismo ocurre con las políticas climáticas y las tecnologías de mitigación, incluso las más tímidas. En vísperas de la ampliación de la zona de bajas emisiones (ULEZ) al Gran Londres, varios cientos de manifestantes se reunieron frente a Downing Street con matrículas falsas en las que se leía «NO 2 ULEZ». Por su parte, los Blade Runners marcaron el evento desactivando varias decenas de cámaras, en lo que algunos calificaron como la «Noche de los cuchillos largos», en referencia a sus emblemáticas tijeras, sin tener en cuenta la carga histórica del término.
Fueron aclamados por influencers de extrema derecha, diputados conservadores y medios de comunicación de la derecha dura. En los canales de Telegram de extrema derecha circuló un mapa de Google con la ubicación de las cámaras ULEZ de Londres: los iconos rojos indicaban las cámaras que funcionaban y los negros, las que habían sido cortadas o desactivadas. «El sur de Londres», completamente cubierto de negro, «va bien», escribió Tommy Robinson. «Me alegro de que lo hagan», aprobó el antiguo líder del Partido Conservador, Iain Duncan-Smith, en referencia a las hazañas de los Blade Runners. Muchos otros diputados conservadores también se han asociado a grupos de Facebook que animan las acciones de los autoproclamados justicieros de los Blade Runners, espacios online en los que Sadiq Khan, el alcalde de Londres, es blanco habitual de insultos racistas e islamófobos.
Mientras tanto, la manifestación frente a Downing Street, a pesar de la escasa participación, apareció en portada del Telegraph y el Daily Mail. No importa que las encuestas indiquen que la mayoría de los londinenses, incluso en el Gran Londres, apoyan la ULEZ: este bucle de retroalimentación mediática contribuye a legitimar, amplificar y alimentar un movimiento popular cuyos vínculos con la extrema derecha son cada vez más visibles. Este movimiento prepara el terreno para políticas antiecológicas.
Al final de un verano marcado por las protestas y los actos de sabotaje, los líderes conservadores hicieron un guiño cómplice al movimiento callejero durante su conferencia anual. El ministro de Transportes, Mark Harper, aprovechó la tribuna para denunciar el concepto de las ciudades del cuarto de hora, afirmando que estas permitirían a los ayuntamientos «decidir la frecuencia de sus desplazamientos, racionar el uso de las carreteras y vigilarlo todo mediante videovigilancia».
Tras haber pospuesto ya la prohibición de los coches de gasolina y diésel prevista para 2030, Rishi Sunak anunció su intención de «frenar las medidas contra los coches en toda Inglaterra». El Gobierno ha publicado su «plan para los conductores», que tiene por objeto limitar las competencias de las autoridades locales en materia de reducción de los límites de velocidad, sanción de las infracciones de tráfico (conducción y estacionamiento), creación de zonas de tráfico restringido (LTN, o Low Traffic Neighbourhoods) o reserva de carriles exclusivos para autobuses.
Otra medida tiene por objeto impedir que las autoridades locales utilicen las ciudades del cuarto de hora como herramienta de control de la vida cotidiana de los ciudadanos. El último día de la conferencia, Sunak también anunció la cancelación del tramo norte de la línea de alta velocidad que debía conectar Birmingham con Manchester. ¿Qué se hará con los 36 000 millones de libras «ahorrados»? Casi una cuarta parte de esta suma se reasignará al mantenimiento y la ampliación de la red de carreteras. Es «la decisión correcta para facilitar la vida de las familias trabajadoras», declaró el primer ministro. «Estamos del lado de los conductores», añadió Mark Harper. Como muestra de desprecio hacia las ambiciones de reducción de las desigualdades territoriales, también se anunció que se destinarían 250 millones de libras a… tapar los baches de las carreteras de Londres.
Es difícil tomar en serio la idea de que los conservadores británicos crean realmente que las zonas de bajas emisiones o los planes de reducción del tráfico —a pesar de haber sido ampliamente implementados bajo sus propios mandatos— anuncian la llegada de una futura distopía de «confinamiento climático». El verdadero reto, detrás de la activación del imaginario autoritario, es electoral: se trata de instrumentalizar el coche como palanca de polarización entre los centros urbanos y las periferias suburbanas.
Para los Blade Runners (saboteadores de cámaras anticontaminación) y los manifestantes callejeros, la sombra de un Estado mundial de vigilancia dirigido por el Foro Económico Mundial (FEM) y la ONU no ofrece ninguna duda: un régimen en el que cada actividad o consumo sería escrutado y restringido en función de sus emisiones. El programa político —o más bien la visión del mundo— que se deriva de tal fantasía es mucho más radical que el de la mayoría de los conservadores y tiende hacia una forma de renacimiento ultranacionalista. Sin embargo, a pesar de sus divergencias ideológicas y estratégicas, la alianza funciona, y funciona eficazmente para todos.
Mientras que hasta ahora el capital fósil ejercía su poder político por medios más clásicos —lobbying, captura regulatoria, financiación de medios de comunicación escépticos sobre el clima o de grupos de expertos dóciles—, ahora se apoya en nuevas formas de influencia. Ya no solo en los consejos de administración, sino también en las calles, se está desarrollando una estrategia deliberada destinada a cultivar una vanguardia dispuesta a actuar como «la punta de lanza» —o de las tijeras, en este caso— para defender a la nación fosilizada.
El apocalipsis automovilístico
La mayoría de los análisis sobre el fascismo coinciden en que es necesaria una forma de «crisis» para su aparición. Las crisis ecológicas y climáticas interconectadas, al intensificarse, ofrecen un terreno especialmente fértil para el desarrollo de políticas fascistas. En un mundo marcado por la escasez, los desplazamientos forzados de población y la demagogia, es fácil entender cómo el ultranacionalismo puede servir de herramienta para preservar y acaparar los recursos, seleccionando entre las vidas que hay que proteger y las que hay que sacrificar.
Pero la crisis climática es también, por supuesto, una crisis para el capital fósil, aunque de otra índole. La transición de las energías fósiles a las renovables pone en peligro algunos de los sectores más poderosos de la economía. Entonces, ¿qué estrategias pueden movilizar estos actores para prolongar la acumulación capitalista? ¿Qué relatos, qué figuras o qué imaginarios pueden desplegar para compartir con otros esta angustia existencial?
Una de las respuestas que se explora en este ensayo es la de la «crisis invertida».
La estrategia de la inversión es hoy omnipresente. En Alemania, por ejemplo, Naomi Seibt —patrocinada por la AfD (Alternative für Deutschland) y el Heartland Institute, un grupo de reflexión climatosceptico— se ha presentado como la «anti-Greta». Al mismo tiempo, se están desviando consignas antifascistas y pro refugiados para defender el automóvil: en un cartel de la AfD se podía leer «Kein SUV ist illegal» («Ningún SUV es ilegal»).
En el Reino Unido, una marcha contra la ULEZ (zona de emisiones muy bajas) hacia Downing Street comenzó con un ataúd, apropiándose de un símbolo utilizado por Extinction Rebellion para representar el «funeral del planeta». Al igual que parte del movimiento climático ha radicalizado recientemente sus tácticas recurriendo al sabotaje —como los Soulèvements de la Terre en Francia—, la vanguardia anticlimática también se está orientando hacia el vandalismo. Sin embargo, en lugar de atacar las infraestructuras fósiles, se centra en los dispositivos, a veces insignificantes, de la transición energética: cámaras, terminales o simples postes.
En Grecia, mientras los incendios forestales arrasaban el país desde hacía semanas, la extrema derecha propuso una lectura inversa del cambio climático antropogénico, acusando a los migrantes de ser los responsables de los incendios. Esta teoría conspirativa, difundida por los medios de comunicación y los responsables políticos, se propagó más rápido que las llamas. Militantes de extrema derecha procedieron entonces a «detener» a migrantes, obligándoles a subir a remolques de coches para llevarlos de vuelta a la frontera. Mientras se niegan o se silencian las causas reales de la crisis, sus efectos se reinyectan en el imaginario conspirativo de la extrema derecha: si estos incendios e inundaciones existen, solo puede ser culpa del Otro.
Michelle Stirling, portavoz de Friends of Science, ofrece una visión reveladora de la estrategia consciente que subyace a estas inversiones. Cuando se le preguntó cómo combatir las ciudades del cuarto de hora y a los «fanáticos» del clima que afirman: «Es una crisis existencial, ¿cómo pueden hablar de economía en un momento como este?», ella respondió a los «histéricos»: «Se está convirtiendo en una puesta en escena callejera a la que hay que estar preparados para responder, incluso imitar. En 2020, fui al ayuntamiento con un cartel en sueco. Grabé un vídeo en las escaleras, llamando a los «Domingos por la razón climática». Como Greta… Así que, ya ven, hay que estar preparados para retomar sus memes y volverlos contra ellos».
A primera vista, todo esto podría parecer una simple provocación: gestos de burla que se propagan gracias a los algoritmos, pero cuyo impacto en el mundo real parece limitado. Sin embargo, estas inversiones deben tomarse en serio. Forman parte de una estrategia metódica destinada a apropiarse, desviar y neutralizar el discurso climático de la izquierda. Las fuerzas de derecha, dotadas de medios considerables y de una determinación creciente, están llevando a cabo un giro deliberado: invierten los eslóganes, diluyen los principios y deconstruyen los referentes políticos existentes. En los próximos años, cabe esperar que esta estrategia de inversión se extienda a nuevos terrenos, con memes y figuras retóricas adaptadas y reutilizadas en función del tema del momento, ya se trate de los motores de combustión, las cocinas de gas, los vuelos de corta distancia o las dietas cárnicas.
En el contexto de una crisis ecológica y de una extrema derecha cada vez más dominante, el discurso —y con él, la realidad misma— se encuentra «invertido», por usar las palabras de Michelle Stirling. La acción climática se presenta ahora como la fuente de un autoritarismo rampante. O, como expresa Jordan Peterson en otro de sus poemas:
Morid, tiranos de la neutralidad de carbono,
Dejen en paz
Nuestros coches,
Nuestros vuelos,
Nuestra calefacción y nuestras luces…
Dejen de prohibir las carreteras.
Dejen en paz, maldita sea,
O cosechen la tormenta.
Vayan ustedes solos a entrar en pánico ante el apocalipsis,
En la oscuridad.
Al difuminar la frontera entre el texto explícito y el subtexto, estas incitaciones pueden parecer frívolas. Pero representan una amenaza muy real, sobre todo teniendo en cuenta el culto a la violencia que rodea al automóvil. Al presentar la acción climática como una empresa de dominación existencial llevada a cabo por «tiranos» que pretenden «esclavizar» a la población, se invierte la crisis. Y se forma una nueva vanguardia, dispuesta a encarnar, a su vez, el torbellino del capital fósil.
En «The Great Moving Right Show» [6](«El gran espectáculo del giro a la derecha»), publicado en 1979, Stuart Hall (1932-2014) mostraba cómo la crisis de la socialdemocracia keynesiana había sido explotada por Thatcher y sus aliados para construir un nuevo consenso ideológico en torno al proyecto neoliberal.
El thatcherismo, escribía hace unos cuarenta y cinco años, está inmerso en una lucha con otras fuerzas para establecer una nueva hegemonía, proponiendo una ruptura radical que «retoma los elementos ya existentes, los desmantela, los recompone según una nueva lógica y rearticula el espacio de una manera inédita, polarizándolo hacia la derecha». Para llevar a cabo esta «transformación ideológica», el thatcherismo se apoyó en «prácticas sociales ya constituidas e ideologías vividas», articulando así un nuevo sentido común.
Hoy, en un contexto de crisis creciente del capital fósil, la derecha busca defender el statu quo, un acto verdaderamente radical frente a las realidades del cambio climático. Esta vez, desmantela y recombina —o, como hemos demostrado, invierte— los elementos de una transición ecológica incipiente. La inversión se organiza en torno al automóvil como práctica social ya constituida, que estructura las inversiones materiales y psíquicas de un mundo en crisis.
Al igual que en la época de Hall, el «giro a la derecha» no es un simple reflejo de la crisis: es en sí mismo una respuesta a ella. Es en esta lógica donde se puede entender la tendencia actual de los Estados capitalistas, independientemente de los partidos en el poder, a gestionar la crisis ecológica de forma cada vez más autoritaria. Al criminalizar a los activistas por el clima, señalan al mismo «enemigo del Estado». Al favorecer la exploración petrolera o apoyar a la industria automovilística, defienden el mismo sistema capitalista fósil frente a una transición energética que podría ir «demasiado rápido», es decir, en detrimento de las clases dominantes. Al hacer suyo el discurso xenófobo que acusa a los migrantes de ser responsables de los males sociales, los gobiernos se adentran cada vez más en el terreno ideológico que durante mucho tiempo ha ocupado la extrema derecha. Y al gestionar las poblaciones desplazadas por las catástrofes climáticas que se avecinan, prefieren disciplinar las migraciones antes que reducir las emisiones. En definitiva, para los Estados capitalistas es más fácil disciplinar los cuerpos que disciplinar el capital.
En este contexto, la crisis invertida constituye una respuesta imaginaria a crisis muy reales que es incapaz de resolver, pero que instrumentaliza para desplazar todo el campo político hacia la derecha. El relato de la «guerra contra el coche» construye una visión distópica de un mundo sin automóviles individuales: no se trata de promover los beneficios de una reducción del número de coches, del desarrollo del transporte público, de caminar o de ir en bicicleta; se trata de hacer pasar estos cambios por los signos precursores de un autoritarismo mundial. Tal distopía impide desear otro mundo. Parásita la verdadera crisis a la que intenta responder el movimiento climático: se alimenta de ella, al tiempo que debilita la capacidad colectiva para actuar.
Pronto, a medida que la crisis material se agrave, serán inevitables políticas de mitigación y adaptación más radicales. Y un movimiento climático, creciente e indispensable, se convertirá en el blanco preferido de nuevas ofensivas conspirativas y formas de vigilantismo de extrema derecha. La única salida a esta espiral es obligar al capital fósil a abandonar el asiento del conductor.
*
El Zetkin Collective es un colectivo ecosocialista de investigadores y activistas comprometidos con el análisis crítico de los vínculos entre la extrema derecha, el capitalismo fósil y la crisis ecológica. Inspirado en la figura de Clara Zetkin, militante marxista, feminista y antifascista, el colectivo pone de relieve las formas contemporáneas de fascistización en torno a la defensa de las energías fósiles, los privilegios raciales y el autoritarismo patriarcal. Su obra colectiva, Fascisme fossile : L’extrême droite, l’énergie, le climat (Éditions La Fabrique, 2020), coescrito con Andreas Malm, ha marcado un hito en la teorización de lo que denominan «fascismo fósil».
El artículo «The Great Driving Right Show» está firmado por cuatro miembros del colectivo, cuyas investigaciones abordan cuestiones relacionadas con la justicia climática, las resistencias populares, las masculinidades reaccionarias y las ideologías de extrema derecha:
William Callison es investigador en teoría política y filosofía, especializado en formas contemporáneas de soberanía, populismos autoritarios y lógicas del capitalismo climático. Trabaja sobre las alianzas ideológicas entre la extrema derecha y la defensa de las infraestructuras fósiles.
George Edwards es doctorando en Ciencias Políticas. Su trabajo se centra en las infraestructuras energéticas, la geopolítica de la energía y las movilizaciones sociales frente a las transiciones ecológicas tecnocráticas e impuestas desde arriba.
Jacob McLean es sociólogo político. Estudia las dinámicas de los movimientos sociales, los imaginarios postcarbono y la forma en que el capital fósil estructura las subjetividades, los afectos y los discursos políticos contemporáneos.
Tatjana Söding es investigadora y activista ecosocialista. Su investigación se centra en la retórica climatosceptica, las masculinidades autoritarias y las estrategias discursivas de la extrema derecha en los debates sobre ecología. Milita por una ecología feminista, popular e internacionalista.
Publicado originalmente en la revista Salvage. Traducido del inglés para Contretemps por Christian Dubucq.
Notas
[1] El término «Blade Runners» es un apodo que se ha autoasignado un grupo de saboteadores británicos opuestos a las zonas de bajas emisiones (ZBE) alrededor de Londres. Hace referencia a la película de ciencia ficción Blade Runner (1982), pero aquí se utiliza de forma irónica para designar a personas que «cortan» los cables de las cámaras de vigilancia o desmantelan su infraestructura.
[2] «Programa mundial» se traduce aquí como «agenda global», expresión comúnmente utilizada en el discurso conspirativo anglosajón para referirse al dominio ejercido por unas élites supuestamente globalizadas (ONU, FEM, etc.).
[3] Infowars: plataforma conspirativa fundada por Alex Jones, figura de la extrema derecha estadounidense, conocida por difundir sin descanso mentiras, discursos de odio y teorías conspirativas delirantes, desde el negacionismo climático hasta la negación de los asesinatos en masa, pasando por la paranoia sobre un supuesto gobierno mundial. Infowarssirve de megáfono a la extrema derecha autoritaria y conspiranoica, tanto en Estados Unidos como a nivel internacional.
[4] El mes del Orgullo (o Pride Month, en inglés) se celebra en junio en muchos países. Está dedicado al reconocimiento, la visibilidad y la defensa de los derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales, trans y queer (LGBTQ+), a través de marchas, eventos culturales y acciones militantes.
[5] Referencia invertida a la undécima Tesis sobre Feuerbach de Karl Marx: «Los filósofos solo han interpretado el mundo de diferentes maneras; lo importante es transformarlo».
[6] El título de este artículo, «The Great Driving Right Show», hace referencia a «The Great Moving Right Show», artículo de Stuart Hall publicado en 1979 en Marxism Today. Este texto fundacional, traducido al francés en la recopilación Identités et appartenances *(Éditions Amsterdam, 2008), analizaba el auge del thatcherismo como un proyecto ideológico que articulaba elementos culturales y sociales existentes para construir una nueva hegemonía. El juego de palabras desplaza el «giro a la derecha» (moving right) hacia el «derecho a conducir» (driving right), subrayando la articulación contemporánea entre el nacionalismo autoritario y la defensa de la automovilidad fósil.
9. Resumen de la guerra en Palestina, 31 de mayo de 2025.
El seguimiento en directo de Middle East Eye.
https://www.middleeasteye.net/live/live-israel-starving-14000-gaza-infants-death-un-warns
En directo: Las fuerzas israelíes abren fuego contra palestinos cerca de un punto de ayuda estadounidense
Mientras tanto, el ejército emite nuevas órdenes de desplazamiento forzoso en todo el norte de Gaza.
Puntos clave
El número de muertos en Gaza supera los 54 300
El plan de alto el fuego en Gaza respaldado por Estados Unidos propone una tregua de 60 días
Macron advierte a Israel de «sanciones» si no mejora el acceso a la ayuda en Gaza.
Actualizaciones en directo
Buenas noches, lectores de Middle East Eye.
Vamos a hacer una pausa en nuestra cobertura de esta noche. Aquí tienen todo lo que necesitan saber:
- El número de muertos en el enclave sitiado desde el 7 de octubre de 2023 asciende a 54 381, incluidos los 4117 fallecidos desde que Israel rompió el alto el fuego el 18 de marzo.
- Más de 124 054 palestinos han resultado heridos en total. Al menos 10 000 personas siguen desaparecidas, probablemente muertas y enterradas bajo los escombros.
- Al menos 60 palestinos han muerto y otros 284 han resultado heridos en los ataques israelíes en Gaza en las últimas 24 horas, según informa el Ministerio de Salud del enclave.
- Israel ha bloqueado la entrada de una delegación de ministros de Asuntos Exteriores árabes que tenía previsto celebrar una reunión en la capital administrativa palestina de Ramala, en la Cisjordania ocupada, según informan los medios de comunicación israelíes.
- Hamás anunció el sábado que ha respondido oficialmente a la última propuesta de alto el fuego en Gaza negociada por Estados Unidos, un plan que ha sido criticado por favorecer supuestamente a Israel.
- En un discurso pronunciado el sábado en una protesta en Haifa, Ayman Odeh, destacado legislador árabe israelí y líder del movimiento Hadash, pidió el fin inmediato de la guerra y la creación de un Estado palestino.
- El ejército israelí ha afirmado que mató a Mohammad Sinwar, comandante de Hamás en Gaza, durante un ataque el 13 de mayo.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, criticó duramente la reacción de Hamás a la última propuesta de alto el fuego, alineándose con la postura del enviado estadounidense Steve Witkoff.
En una breve declaración, Netanyahu ha dicho: «Mientras que Israel ha aceptado el nuevo plan de Witkoff para la liberación de nuestros rehenes, Hamás sigue manteniendo su negativa. Como ha dicho Witkoff, la respuesta de Hamás es inaceptable y hace retroceder la situación. Israel continuará su acción para el regreso de nuestros rehenes y la derrota de Hamás».
Francesca Albanese, relatora especial de la ONU para los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, ha advertido contra culpar únicamente al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, por la destrucción en Gaza.
«El problema no se resolverá convirtiéndolo en chivo expiatorio e ignorando al resto», publicó Albanese en las redes sociales.
Hizo hincapié en que deben enfrentarse y desmantelarse las políticas generales de Israel, que van desde la ocupación y la anexión hasta el apartheid y lo que ella calificó de actos de genocidio.
Los comentarios de Albanese ponen de relieve las crecientes críticas a los intentos de reducir la crisis a las acciones de un individuo, sin abordar la violencia sistémica que impulsa el asalto a Gaza.
Los ministros de Asuntos Exteriores árabes condenan la prohibición de Israel de visitar Cisjordania
Los ministros de Asuntos Exteriores de varios Estados árabes han denunciado la negativa de Israel a permitir su visita prevista a la Cisjordania ocupada este fin de semana.
El Ministerio de Asuntos Exteriores jordano afirmó que los ministros condenaban «la decisión de Israel de prohibir la visita de la delegación a Ramala (el domingo) para reunirse con el presidente del Estado de Palestina, Mahmud Abbas».
Se esperaba que el grupo, que incluía a ministros de Arabia Saudí, Egipto, Jordania y Baréin, asistiera junto con el secretario general de la Liga Árabe.
Israel anunció el viernes por la noche que no permitiría la visita, utilizando su control sobre las fronteras y el espacio aéreo del territorio para bloquear a la delegación.
El enviado estadounidense rechaza la respuesta de Hamás al alto el fuego
El enviado estadounidense para Oriente Medio, Steve Witkoff, criticó la reacción de Hamás a su propuesta de alto el fuego, calificándola de «totalmente inaceptable y que solo nos hace retroceder».
Witkoff insistió en que Hamás debería aceptar el marco como base para las conversaciones de proximidad, que comenzarán la próxima semana. Afirmó que esta era la única vía para lograr un alto el fuego de 60 días que permitiera el regreso a casa de algunos rehenes.
El sábado, Hamás dijo que acogía con satisfacción la propuesta de alto el fuego de Witkoff, pero que solicitaba modificaciones, según informó un alto funcionario a Reuters.
El funcionario confirmó que el grupo había respondido «positivamente» a la iniciativa, aunque las conversaciones siguen en curso.
Se negó a especificar qué cambios exige Hamás en la versión actual de la propuesta.
Israel afirma haber matado al jefe de Hamás en Gaza, Mohammad Sinwar, en mayo
El ejército israelí ha afirmado haber matado a Mohammad Sinwar, comandante de Hamás en Gaza, durante un ataque el 13 de mayo.
Según se informa, Sinwar era el objetivo de un ataque aéreo israelí en el sur de Gaza a principios de este mes.
Mohammad Sinwar era el hermano menor de Yahya Sinwar, el alto dirigente de Hamás acusado de planear el ataque del 7 de octubre de 2023 contra el sur de Israel.
Hamás no ha confirmado ni desmentido oficialmente las informaciones sobre su muerte.
El MIT impide a una estudiante graduarse por un discurso a favor de Palestina
El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) prohibió a la presidenta de la promoción de 2025 asistir a la ceremonia de graduación del viernes después de que pronunciara un discurso pro palestino no autorizado el día anterior.
La universidad anunció la decisión el viernes, sin nombrar a la estudiante, afirmando que había pronunciado un discurso durante la ceremonia de graduación de OneMIT del jueves que no había sido aprobado previamente.
«Aunque esa persona tenía un papel programado en la ceremonia de graduación de hoy, se le notificó que no se le permitiría participar en los actos de hoy», dijo la portavoz de la universidad, Kimberly Allen. «El MIT apoya la libertad de expresión, pero mantiene su decisión, que fue una respuesta a la conducta deliberada y repetida de esa persona, que engañó a los organizadores de la ceremonia y lideró una protesta desde el escenario, interrumpiendo una importante ceremonia del Instituto».
El Movimiento Juvenil Palestino identificó posteriormente a la estudiante como Megha Vemuri. Vistiendo un keffiyeh, Vemuri criticó los vínculos del MIT con el ejército israelí, acusando a la institución de «ayudar e incitar» sus acciones contra los palestinos.
«Como científicos, ingenieros, académicos y líderes, tenemos el compromiso de apoyar la vida, apoyar los esfuerzos de ayuda y pedir un embargo de armas, y seguir exigiendo ahora, como antiguos alumnos, que el MIT rompa sus vínculos», afirmó.
La multitud respondió con aplausos y algunos estudiantes ondearon banderas palestinas.
«En este momento, mientras nos preparamos para graduarnos y seguir adelante con nuestras vidas, no quedan universidades en Gaza», dijo Vemuri. «Estamos viendo cómo Israel intenta borrar a Palestina de la faz de la tierra, y es una vergüenza que el MIT forme parte de ello».
En un jardín del sur de Gaza bajo los ataques israelíes, Aziza Qishta cavó una tumba con sus propias manos.
Sin sudario, la palestina de 65 años envolvió el cuerpo de su marido en una cortina y lo enterró sola.
Ibrahim Qishta, de 70 años, había muerto tras ser alcanzado en el cuello por la metralla durante la incursión militar israelí en Rafah a principios de este año.
Durante dos meses, la pareja permaneció atrapada en su casa en Khirbet al-Adas, sobreviviendo con las escasas provisiones que les quedaban mientras los ataques aéreos y los bombardeos azotaban la ciudad.
Cuando los vecinos huyeron, Ibrahim se negó a ser desplazado y su esposa se negó a abandonarlo.
Lea más: «Sin voces, sin luz»: una palestina entierra a su marido sola tras dos meses atrapada bajo el asedio israelí
Un funcionario palestino critica a Israel por bloquear la visita de ministros árabes
Hussein al-Sheikh, vicepresidente de Palestina, ha condenado la decisión de Israel de impedir la visita de una delegación ministerial a la Cisjordania ocupada, calificándola de «comportamiento arrogante, provocador y sin precedentes».
«Estamos estudiando, junto con nuestros hermanos árabes, cómo responder a esta decisión», publicó en X.
El Ministerio de Asuntos Exteriores de Jordania confirmó anteriormente que la visita prevista a Ramala había sido cancelada después de que las autoridades israelíes impidieran a la delegación sobrevolar el espacio aéreo del territorio ocupado.
La delegación iba a estar integrada por los ministros de Asuntos Exteriores de Egipto, Jordania, Qatar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos.
En un comunicado, Ammán afirmó que la medida equivalía a una obstrucción deliberada y subrayó la creciente frustración regional con las políticas de Israel en los territorios palestinos ocupados.
Un diputado árabe israelí afirma que Gaza «ha ganado» y critica la guerra y la ocupación
En un discurso pronunciado el sábado en una protesta en Haifa, Ayman Odeh, destacado legislador árabe israelí y líder del movimiento Hadash, pidió el fin inmediato de la guerra y la creación de un Estado palestino.
«Gaza ha ganado y Gaza ganará», dijo a la multitud, según informó el diario israelí Haaretz.
Odeh describió la guerra en curso como «una pérdida histórica para la ideología de derecha», argumentando que había puesto de manifiesto profundas contradicciones dentro de la política israelí.
También elogió a los manifestantes antigubernamentales de Tel Aviv, en su mayoría judíos, por tomar posición. Sin embargo, criticó a quienes se oponen al Gobierno del primer ministro Netanyahu mientras ignoran lo que él considera la cuestión fundamental: la ocupación.
«Les valoramos a ustedes y a su persistencia, pero no podemos aceptar que no vean el quid de la cuestión. El golpe judicial proviene de la ocupación, y no hay democracia con ocupación», afirmó Odeh.
El diputado israelí Ayman Odeh (izquierda) y activistas de izquierda israelíes sostienen pancartas durante una manifestación contra la guerra con Gaza en Tel Aviv el 4 de noviembre de 2023. (AFP)
Hamás responde positivamente al plan de tregua en Gaza y pide cambios
Hamás ha acogido con satisfacción la propuesta de alto el fuego para Gaza presentada por el enviado de Estados Unidos para Oriente Medio, Steve Witkoff, pero pide modificaciones, según informó el sábado un alto funcionario a Reuters.
El funcionario confirmó que el grupo respondió «positivamente» a la iniciativa, aunque las conversaciones siguen en curso.
Se negó a especificar qué cambios exige Hamás en la versión actual de la propuesta.
Un portavoz del Hospital de los Mártires de Al-Aqsa declaró a Al Jazeera Arabic que las fuerzas israelíes están «atacando sistemáticamente» el ya frágil sector sanitario de Gaza al golpear las fuentes de energía que mantienen en funcionamiento los hospitales.
«La ocupación tiene como objetivo los generadores eléctricos que abastecen a los hospitales», afirmó, y añadió que el ejército ha destruido «los tres generadores eléctricos más grandes que abastecen a los hospitales de la Franja de Gaza».
Sin electricidad, los departamentos hospitalarios están cerrando, lo que obliga al personal a racionar la electricidad en la medida de lo posible para mantener los servicios esenciales en funcionamiento.
«Los ataques de la ocupación contra los generadores eléctricos suponen una sentencia de muerte para los pacientes», advirtió el portavoz, destacando que las autoridades israelíes también están bloqueando la entrada de piezas de repuesto fundamentales para las reparaciones.
«Varios departamentos hospitalarios no pueden seguir funcionando sin electricidad», afirmó.
Los hospitales de Gaza se enfrentan a un bombardeo incesante desde que Israel lanzó su guerra contra el enclave asediado hace casi ocho meses. Los equipos médicos se encuentran ahora luchando por salvar vidas con recursos cada vez más escasos, sin combustible y sin un suministro eléctrico fiable.
«La comunidad internacional debe intervenir para presionar a la ocupación para que proteja el sistema sanitario», instó el portavoz.
Hamás presenta su respuesta a la propuesta de alto el fuego en Gaza redactada por Estados Unidos
Hamás anunció el sábado que ha respondido oficialmente a la última propuesta de alto el fuego en Gaza negociada por Estados Unidos, un plan que ha sido criticado por favorecer supuestamente a Israel.
«Tras llevar a cabo una ronda de consultas nacionales, y en virtud de nuestra profunda responsabilidad hacia nuestro pueblo y su sufrimiento, hemos entregado nuestra respuesta a la propuesta del enviado estadounidense Steve Witkoff a los mediadores hermanos», afirmó Hamás en un breve comunicado.
El grupo afirmó que su respuesta tiene como objetivo garantizar un alto el fuego permanente, asegurar la retirada total de las fuerzas israelíes de la Franja de Gaza y garantizar el suministro sostenido de ayuda humanitaria al territorio.
Como parte del acuerdo propuesto, Hamás declaró que está dispuesta a liberar a 10 rehenes israelíes vivos y a entregar los restos de otros 18, a cambio de un número no especificado de prisioneros palestinos.
Estudiantes de Cambridge relanzan el campamento a favor de Palestina
Estudiantes de la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, han relanzado un campamento de protesta frente al Trinity College, uno de sus colegios más grandes y ricos, para pedir a la institución que revele y se desprenda de las empresas cómplices de la guerra de Israel contra Gaza.
El grupo detrás de la protesta, Cambridge for Palestine (C4P), exige a la universidad que «tome medidas urgentes» para poner fin a lo que denomina su «complicidad moral y material en el genocidio de los palestinos por parte de Israel».
C4P afirma que el Trinity College tiene inversiones en empresas como Elbit Systems, Caterpillar, L3Harris Technologies y Barclays, a pesar del compromiso anterior de la universidad de revisar su política de «inversión responsable» tras un campamento similar que duró varios meses el año pasado.
En un comunicado, C4P afirmó que la reanudación de la protesta se producía tras «meses de frustración de los estudiantes, el profesorado y la comunidad» por el incumplimiento de esos compromisos por parte de la universidad.
Más información: Estudiantes de Cambridge relanzan el campamento a favor de Palestina
Estudiantes acampados montan una tienda de campaña en el césped frente al Trinity College de la Universidad de Cambridge, el 31 de mayo de 2025 (Will Colebourne).
Las fuerzas israelíes han matado al menos a 60 palestinos y herido a 284 en las últimas 24 horas, según el Ministerio de Salud palestino.
Esto eleva a 54 381 el número de muertos en el enclave sitiado desde el 7 de octubre de 2023, incluidos los 4117 muertos desde que Israel rompió el alto el fuego el 18 de marzo.
Más de 124 054 palestinos han resultado heridos en total. Al menos 10 000 personas siguen desaparecidas, probablemente muertas y enterradas bajo los escombros.
Las autoridades sanitarias informan de que más del 60 % de las víctimas son mujeres y niños.
El ministro de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí, el príncipe Faisal bin Farhan Al-Saud, ha pospuesto su visita prevista a la Cisjordania ocupada después de que Israel la bloqueara, según ha informado una fuente saudí a Reuters.
Según fuentes palestinas, la visita se organizó por invitación de la Autoridad Palestina (AP) para acoger en Ramala a una delegación de ministros de Asuntos Exteriores árabes encabezada por Arabia Saudí.
Información de Reuters
Una palestina entierra a su marido sola tras dos meses atrapada bajo el asedio israelí
En un jardín del sur de Gaza bajo los ataques israelíes, Aziza Qishta cavó una tumba con sus propias manos.
Sin mortaja, la palestina de 65 años envolvió el cuerpo de su marido en una cortina y lo enterró sola.
Ibrahim Qishta, de 70 años, había muerto tras ser alcanzado en el cuello por la metralla durante la incursión militar israelí en Rafah a principios de este año.
Durante dos meses, la pareja permaneció atrapada en su casa en Khirbet al-Adas, sobreviviendo con las escasas provisiones que les quedaban mientras los ataques aéreos y los bombardeos azotaban la ciudad.
Cuando los vecinos huyeron, Ibrahim se negó a ser desplazado y su esposa se negó a abandonarlo.
Desde que Israel rompió el alto el fuego en Gaza en marzo, el ejército ha matado a casi 4000 palestinos, lo que eleva el número de muertos desde octubre de 2023 a más de 54 000.
En el siguiente relato, Aziza cuenta su historia a Middle East Eye.
Más información: «Sin voces, sin luz»: una palestina entierra a su marido sola tras dos meses atrapada bajo el asedio israelí
Una mujer palestina llora sobre un cadáver cubierto con un sudario en el hospital Al-Aqsa Martyrs, en Deir el-Balah, Gaza, el 13 de abril de 2025 (AFP/Eyad Baba).
Al menos 60 palestinos muertos en 24 horas
Al menos 60 palestinos han muerto y otros 284 han resultado heridos en ataques israelíes en Gaza en las últimas 24 horas, según informa el Ministerio de Salud del enclave.
Las últimas víctimas elevan a 54 381 el número total de palestinos muertos por las fuerzas israelíes en Gaza desde octubre de 2023, con otros 124 381 heridos.
Una familia entera aniquilada en un ataque israelí
Anteriormente informamos de que 14 palestinos habían muerto en ataques israelíes desde la madrugada del sábado.
La agencia de noticias Wafa informa, citando fuentes locales, que siete palestinos, entre ellos una familia entera, han muerto en ataques aéreos israelíes contra la ciudad de Gaza y Jan Yunis.
Según el informe, Arafat Deeb murió junto con su esposa y sus tres hijos en un ataque israelí contra su tienda de campaña cerca de la mezquita de Omar, en la zona de Al-Shanti, en la ciudad de Gaza.
Israel impide a ministros árabes asistir a la reunión de Ramala
Israel ha bloqueado la entrada de una delegación de ministros de Asuntos Exteriores árabes que tenía previsto celebrar una reunión en la capital administrativa palestina de Ramala, en la Cisjordania ocupada, según informan los medios de comunicación israelíes.
Las autoridades israelíes denegaron la entrada a la delegación, que incluía a ministros de Jordania, Egipto, Arabia Saudí, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, alegando que tenían la intención de participar en una «reunión provocadora» para debatir la promoción del establecimiento de un Estado palestino.
«Sin duda, ese Estado se convertiría en un Estado terrorista en el corazón de la tierra de Israel», afirmó un funcionario israelí. «Israel no cooperará con medidas de este tipo destinadas a perjudicarlo a él y a su seguridad».
Las fuerzas israelíes matan a 14 personas en ataques matutinos en Gaza
Los ataques israelíes han matado al menos a 14 palestinos desde el amanecer del sábado, según informan los medios de comunicación.
Últimas noticias sobre la guerra de Israel contra Gaza – Día 603
Buenos días, lectores de Middle East Eye:
Aquí tienen las últimas noticias sobre la guerra de Israel contra Gaza, que ya cumple 603 días:
- Las fuerzas israelíes han vuelto a abrir fuego contra palestinos que buscaban ayuda en el punto de distribución gestionado por Estados Unidos en el centro de Gaza.
- El sábado, un ataque aéreo israelí mató a toda una familia en la ciudad de Gaza, incluidos dos padres y sus tres hijos.
- Mientras tanto, los medios israelíes informaron de que Israel tiene la intención de prohibir la entrada a los ministros de Asuntos Exteriores árabes que planean celebrar una reunión sobre la creación de un Estado palestino en la Cisjordania ocupada.