(Página herida) La realidad real en .Cat

Sobre el relato mítico y las prácticas excluyentes que imponen “los ruidosos”. No es mía esta página herida, muy herida. Es de un amigo concernido, sabio, solidario, de un defensor de causas nobles.

Queridos todos:
Lo de decidir callarse o contraponer abiertamente es asunto bastante complejo en la práctica social y de convivencia, cuando hablamos de un espacio donde imperan creencias hegemónicas colectivas a criticar y que para ellas eso de la discrepancia no es admitido como parte fundamental de la convivencia sino como amenaza a la «cohesió social».
Un hecho cierto: el silencio deja espacios que los ocupan los más ruidosos.
Esa ocupación por los ruidosos construye una realidad para ellos incontestable (no admiten contradicción). Es decir, los ruidosos imponen un relato mítico que ocupa ese espacio y, por tanto, la voz discrepante que cuestiona la hegemonía del ruidoso sobre ese espacio es fulminada, por muy racional y razonable que sea (se produce un fenómeno similar a los intentos de cambio de paradigma según Kuhn, o con el cuestionamiento de las instituciones de Mary Douglas).
Un ejemplo: En 1976 mi madre y A. compraron una casa de campo (un «Mas») que desde entonces la familia hemos ido reconstruyendo, restaurando, abocando todo nuestro esfuerzo físico, económico, afectivo,…porque era un proyecto conjunto, de padres e hijos para «disfrutar del campo» y tener una casa abierta a los amigos, a quien quisiera venir.
Esa casa está en X. Por tanto, podéis haceros una idea de que ideológicamente y, sobre todo, en esta cuestión nacional-secesionista soy allí minoría absoluta, aunque sobre esto nunca me he pronunciado abiertamente, a pesar de cómo ha ido fanatizándose el ambiente, de cómo se ha ido construyendo el rechazo hacia los «castellanos» (años 80) o los «españoles» (años 2016 en adelante), y mi necesidad interior, reprimida, de defender bondades, convivencias, razones, errores y peligros.
Dado que para poder funcionar allí necesitamos contacto y predisposición y muchos de esos contactos eran viejos amigos de mis padres (que siempre nos aconsejaron no abrir frentes, para poder «encajar» en esas mentalidades), resulta inútil (y más bien contraproducente) «ocupar» los espacios de comunicación a los efectos intentar cambiar el paradigma nacional-secesionista.
Así, en el pueblo, los vecinos han formado un grupo a través de redes sociales con el objetivo de informar sobre los acontecimientos, acuerdos municipales, organización de eventos, etc. que afectan al pueblo y en los cuales formo parte. Sin embargo, desde hace un par de años se ha convertido en un foro donde volcar todo el odio antiespañol y toda la pasión nacionalista autocomplaciente. En el “veïnat” vive un amigo artista de Z. que tras ver en el grupo unos videos humillantes y denigrantes sobre los españoles se ha salido del mismo y la consecuencia es el vacío, la distancia. Eso en un pueblo de 40 vecinos es durillo.
Existe luego el temor entre los miembros de la comunidad que si uno no rechaza al etiquetado como oponente, esa exclusión tácita de la comunidad le contamina a él también. Así es. Es un mecanismo perverso que mantiene esa «cohesió social» que tanto busca la Plataforma per la Llengua, es decir, a través del temor a infringir una supuesta norma indefinida de convivencia (por no hablar en catalán, por defender la unidad territorial de España o criticar el secesionismo o simplemente el funcionamiento del Estado de derecho o la Constitución, por ejemplo).
Lo tremendo es que habiendo nacido aquí, siendo vecino desde 1976 de allí, es decir, desde antes que muchos de los vecinos nacieran, puedo empezar a ser sospechoso por mantener mi amistad con el artista “español”, por ejemplo. Si encima me pronuncio abiertamente en esos foros, paso a ser considerado paradójicamente un «nouvingut» que coloniza su territorio, un español en «su» territorio que jamás será mío. Aunque se mantengan las «formas».
No «entro al trapo» pero mi silencio que es un constante desviar de temas y hablar, por ejemplo, de la belleza de Burgos, cuando se habla de viajes (por decir algo banal) y luego colgar en esos foros fotos de 1976 en b/n hechas por mi madre de la fiesta del pueblo, deja un signo evidente de que alguien que normaliza la existencia de España como espacio común NO es un “nouvingut” sino uno más del pueblo, que ante su afecto va a ser difícil contraponer la sospecha, el destino de la exclusión. El esfuerzo imaginativo consiste en hacer ver las propias contradicciones (aunque ello sea ciertamente inútil en el caso de los fanáticos).
Lo complejo de esas dinámicas irracionales de grupo, del proceso de polarización entre «amigos» y «enemigos», es que no veo que lo decida nadie en particular y sí que lo deciden todos (por acción o, en la mayoría de casos, por omisión temerosa). Si bien es cierto, existen personas responsables, con nombre y apellidos, que difunden un relato del que la masa concluye un deber ser el infractor del cual debe ser eliminado.
El señalado no infringe ninguna norma concreta de convivencia, de moralidad positiva que condicione la supervivencia de la comunidad, no existe una ofensa personal… pues el derecho no lo contempla, ni los usos y reglas de la convivencia plural, de la urbanidad. Pero a mi entender existe un (supuesto) quebrantamiento de una «norma». Una «norma» analizable sólo desde la psicología social de las estructuras de comportamiento gregario. Eso es lo fundamentalmente irracional que hace que el pueblo medieval queme viva a la anciana creyéndola bruja, y ahora, pases a ser colono “nouvingut” por criticar abiertamente el insulto supremacista a lo «español», por censurar un odio que no cabe en una comunidad plural y democrática.
Un gran amigo se ha separado de su mujer por la deriva nacionalista fanática de ésta y yo me hablo poco con mi hermano -al que quiero con todo mi corazón-, por su fanatismo nacional-secesionista.
Esta situación recuerda mucho a los conflictos con las minorías en la antigua Yugoslavia, los dramas familiares, la generación de odios atizados por los gobernantes y sus aparatos institucionales y de propaganda.
Me duele que mi hermano me discuta que «ñordo» es una expresión que lleva la misma carga (in)moral que «muselman» o «untermensch», que los nazis adoptaron a fin de gestionar los campos de exterminio sin tener mala conciencia del horror de sus crímenes. La cuestión es etiquetar al «español» como invasor, colonizador, contaminador, como amenaza a la identidad a la «cohesió social»,… pero con el atributo de despreciable y excluido de la comunidad humana que merece la pena defender, es decir, sin valor humano.
Perdonad la perorata, pero necesitaba explicármelo a mí también y desear profundamente que todo esto fuera una exageración, una jugada de la imaginación que dibuja escenarios más terribles de lo que la realidad es.
Un abrazo
D

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

3 opiniones en “(Página herida) La realidad real en .Cat”

  1. Entre el arcaico atavismo reaccionario de la pequeña comunidad tribal y el actual reflotamiento espurio, en clave estratégicamente identitaria; agresivamente autovictimizadora, del más rancio irracionalismo nacionalista, sólo puede haber solapamiento y mutuo reforzamiento monolitico frente al sempiterno agresor exterior. Nunca espacios para el diálogo, la reflexión, el librepensamiento o siquiera el reconocimiento desapasionado de la diversidad. Pues la verdad revelada por el mito no ofrece réplica, ni admite alternativa posible. Los campos vienen dados en este maniqueismo cruzadista: o estás con nosotros; los puros, virtuosos y victimizados, alumbrados con la todopoderosa luz de la razón absoluta, o estás con ellos: los bastardos, infames, sucios y verdugos. Hoy, las instituciones catalanas son el reflejo deformado de la imagen más regresiva del irredento complejo de superioridad ( como siempre, bien matizado del complejo inverso) de buena parte de la sociedad catalana. No nos engañemos. Que los oligárquicos prestidigitadores del son unos infames enterradores de pluralidades y convivencias no cabe duda. Como de que sus motivos no responden, salvo en algún puñado de fanáticos exaltados quizás, al ámbito político, social y económico, sino principalmente al de intereses partidistas, personales y de casta, inconfesables. Ellos sólo han recogido la semilla – precipitadamente, es verdad, por mor de las imperativas circunstancias y corruptelas- plantada pacientemente durante casi cuarenta años por el pujolismo y sus directos o indirectos aliados. Si este sistemático ejercicio de extrañamiento ( con todos los previsibles resortes afectivos-pasionales: autoexaltación acrítica, mitificaciones, victimismos, construcción de un enemigo externo, odios, etc.- como cauce de consenso en complementario refuerzo del montaje institucional a contrapelo del conjunto del resto de instituciones españolas), es porque se les ha dejado. Esto se ha hecho día a día durante demasiado tiempo como para que la sociedad no hubiera podido reparar en las consecuencias y horizonte que este cauce significaba. Pero, al cabo, el retorcido producto de ingeniería política, social y cultural que es hoy Cataluña, se hizo con la complicidad y complacencia de no pocos, y el culpable silencio de los más. Fue la propia sociedad catalana, o sus garantes preclaros, sin contestación del resto de traumatizados habitantes, la primera consentidora de esta infamia. El estado, mientras, manejado por intereses partidistas cortoplacistas, sin visión de largo alcance ni proyecto de país, cuando la cohesión y armonización territoriales eran unos de sus primeros imperativos, dejó hacer con total laxitud: ¿por absurda compensación frente al previo centralismo axfisiante de la dictadura? No parece que fuera tanto esto, como la improvisación y los meros intereses partidistas de turno ( en cuanto a los ingenuos posicionamientos de la izquierda mayoritaria española si que pesó este planteamiento, como incomprensiblemente sigue condicionando el complaciente posicionamiento frente al actual reaccionarismo secesionista e incluso apoyo a las más intolerantes y excluyentes expresiones del nacionalismo catalán. Como es el caso de la actual falsa polémica de la lengua). Miremos al pasado, a determinadas tendencias y pugnas dialécticas entre fuerzas abiertas e integradoras; corrientes cuajadas de prejuicios, atavismos; innovación y resistencias al cambio; el papel de la inmigración interna; el peso de las viejas tradiciones; de la iglesia; la relación con el poder oligarquico dominante en España, su torpe y contraproducente integración territorial y negación de la pluralidad lingüístico-cultural en la contemporaneidad. Si no tomamos perspectivas históricas, sociológicas e incluso antropológicas, nunca podremos discernir sobre el por qué ni el cómo del actual atolladero catalán dentro del complejo laberinto español.

    1. SOBRE EL ATOLLADERO CATALÁN: ¿UN RETORNO A LA CAVERNA?

      Entre el arcaico atavismo reaccionario de la pequeña comunidad tribal y el actual reflotamiento espurio, en clave estratégicamente identitaria; agresivamente autovictimizadora, del más rancio irracionalismo nacionalista, sólo puede haber solapamiento y mutuo reforzamiento monolítico frente al sempiterno imaginario agresor exterior: la involutiva catarsis colectiva del tótem y el tabú se imponen. Nunca espacios para el diálogo, la reflexión, el librepensamiento o siquiera el reconocimiento desapasionado de la diversidad. Pues la verdad revelada por el mito no ofrece réplica, ni admite alternativa posible. Los campos vienen dados en este maniqueismo cruzadista: o estás con nosotros; los puros, virtuosos y victimizados, alumbrados con la todopoderosa luz de la razón absoluta. O estás con ellos: los bastardos, infames, sucios, contaminadores y verdugos. Hoy, las instituciones catalanas son el reflejo deformado de la imagen más regresiva del irredento complejo de superioridad ( como siempre, bien matizado por el complejo inverso) de buena parte de la sociedad catalana. No nos engañemos. De que los oligárquicos prestidigitadores del son unos infames enterradores de pluralidades y convivencia,s no cabe duda. Como tampoco de que sus motivos no responden, salvo en algún puñado de fanáticos exaltados quizás, al ámbito político, social y económico, sino principalmente a los intereses partidistas, personales y de casta, inconfesables. Pero ellos sólo han recogido la semilla – precipitadamente, es verdad, por mor de las imperativas circunstancias propias y corruptelas desbocas, con ínfulas autoesculpatorias- plantada pacientemente durante casi cuarenta años por el pujolismo y sus directos o indirectos aliados. Si este sistemático ejercicio de extrañamiento ( con todos los previsibles resortes afectivos-pasionales: autoexaltación acrítica, mitificaciones, victimismos, construcción de un enemigo externo, odios, etc.- como cauce de consenso y mistificación hegemónica, en complementario refuerzo del montaje institucional a contrapelo del conjunto de instituciones españolas), es porque se les ha dejado. Esto se ha hecho pacientemente, día a día, durante demasiado tiempo como para que la sociedad no hubiera podido reparar en las consecuencias y horizonte que esta vía opuesta a la concordia cívica y a la coherencia democrática como país plural significaba. Pero, al cabo, el retorcido y aberrante producto de ingeniería política, social y cultural que es hoy Cataluña, se hizo con la complicidad y complacencia de no pocos, y el culpable silencio de los más. Fue la propia sociedad catalana, o sus garantes más , sin contestación del resto de traumatizados habitantes, la primera consentidora y, en no pocas ocasiones, directa animadora, por activa o por pasiva, de esta infamia. El estado, mientras, manejado por intereses partidistas , sin visión de largo alcance ni proyecto de país, cuando la cohesión y armonización territoriales eran uno de sus primeros imperativos, dejó hacer con total laxitud. Arrastrando al resto de la sociedad española al culpable consentimiento: ¿por absurda compensación frente al previo centralismo asfixiante de la dictadura? No parece que fuera tanto esto, como la temerosa dubitativa improvisación y los meros intereses partidistas de turno ( en cuanto a los ingenuos posicionamientos de la izquierda mayoritaria española si que pesó este planteamiento. Como, incomprensiblemente, sigue condicionando el complaciente posicionamiento frente al actual reaccionarismo secesionista e incluso apoyo a las más intolerantes y excluyentes expresiones del nacionalismo catalán. Cual es el caso de la actual falsa y estéril polémica de la lengua). Miremos al pasado, a determinadas tendencias y pugnas dialécticas entre fuerzas abiertas e integradoras frente a corrientes cuajadas de prejuicios; atavismos particulares; innovación y resistencias al cambio; el papel de la acomplejada y prepotente burguesía catalana en contraposición a la maltratada inmigración interna; el peso de las viejas tradiciones; de la iglesia; la relación con el poder oligárquico dominante en España, su torpe y contraproducente integración territorial y negación de la pluralidad lingüístico-cultural en la contemporaneidad; etc.; etc. Si no tomamos perspectivas históricas, sociológicas e incluso antropológicas, nunca podremos discernir sobre el por qué ni el cómo del actual atolladero catalán dentro del complejo laberinto español. Entre todos hemos de parar este delirante retorno a la caverna: ¡Qué no desciendan otra vez las tinieblas!

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