Del médico de familia y compañero de Espai Marx, Antonio Navas (con una observación de Miguel Candel).
I. Creo que sería un error mayúsculo la amnistía. Una gran falta de visión política a largo plazo, en mi opinión. Absoluta falta de sentido político. Habrá más elecciones y nuevas mayorías en el futuro. Habrá memoria, siempre hay memoria de lo sucedido. Gobernar contra el sentir y opinar de mayorías sociales, especialmente cuando presumiblemente son muy amplias, según creo, según percibo, tendrá consecuencias previsiblemente severas o muy severas. Debacle de la izquierda, del PSOE, que deberá agradecer a sus amiguitos nacionalistas que no parecen querer entender nada. Creo que habrá un abandono del PSC por parte de su base tradicional, que ahora recoge mucho más el legado del PSUC que sus sucesores oficiales. Las resurrecciones tienen un límite, como todo. Habrá un enquistamiento del problema catalán, no una atenuación ni una vía de solución democrática, acompañada de un encabronamiento progresivo de los catalanes no nacionalistas, que esperarán, esperaremos, la llegada de nuestro momento. Yo sí me siento traicionado por lo que todo parece indicar que va a suceder. Ojalá todo no sea, no fuera, más que exageraciones y miedos de algunos.
Una vez más parece que se empeñan en no querer representarnos ni entender la necesidad absoluta de tener políticas no oportunistas de mirada corta. Ufanos ante la magia parlamentaria que les permita reeditar gobierno. Hay cosas más importantes. Quizá Sánchez pueda gobernar cuatro años más y haya unos cuantos delincuentes que se libren de ser juzgados. Pero creo que el pueblo español no va a entender ni aceptar esto que parece venirse encima. La esperanza última de mucha gente que votó al PSOE con la que hablo estos días, amigos, familiares, algunos de vosotros, es que finalmente no se ceda al chantaje y se convoquen nuevas elecciones. En caso contrario, la amnistía puede tener los pies de barro y hasta ser reversible [*II]. Y ello con toda un cohorte de consecuencias políticas deletéreas para la sedicente izquierda.
Espero que en un último rapto de lucidez el gobierno español no caiga en esa trampa infame. Si cae, el barro nos engullirá a todos, pero yo habré dejado de acompañarlos en ese instante.
*II. Me refiero a que cuando venga un gobierno del PP (ya no hablo de recursos al TC, o maniobras legales del PP/VOX) puede revertir la situación, anular la amnistía, e incluso emprender una guerra antinacionalista con el consabido riesgo de pasarse de rosca, dado el escaso sentido nacional español y sí de facción que muestra, también, el PP contemporáneo, y así quizás empeorar si cabe más la situación. Algo que como toda gran cuestión política con trascendencia histórica, cuya solución quiera perdurar y tener cierto recorrido debe ser consensuado representando un sentir mayoritario. Esto lo hemos hablado aquí en relación a la reforma del Estatut que impulsó Maragall, por dar un ejemplo. ¿En que dio todo aquello? No creo que se le pueda atribuir el origen unívoco de todos estos lodos, pero sí que aportó combustible de justificación, cuando menos, en grandes cantidades, para lo que tenemos actualmente.
Observación de Miguel Candel:
La amnistía, si se da, sería, como tal, irreversible (si se concede salvando la letra constitucional -el espíritu no lo salva ni de coña-, revertirla exigiría un reduplicado forzamiento de la ley que elevaría la arbitrariedad a nuevos órdenes de magnitud). Sería (mutatis mutandis y a años luz en trascendencia política, claro) como lo de revertir el eje verde de la calle Consell de Cent: duplicar el (presunto) daño al erario público. En el caso de la amnistía sería seguir ahondando en la instrumentalización mezquina y ad hoc de las leyes. En todo caso, lo peor de todo esto es (perdonad las mayúsculas) que EL DAÑO YA ESTÁ HECHO. Pase finalmente lo que pase, quedará santificado para siempre jamás el menosprecio de la esfera jurídica y la sustitución del lema «Dura lex, sed lex» por el de «Summum ius, summa iniuria» (en versión de la calle: «Hecha la ley, hecha la trampa»). Sólo faltaba esto para que los peores instintos de la gente en relación con políticos y juristas, en un país que a duras penas ha superado lo de «¿Qué es la ley? Lo que manda el rey», se conviertan en guía suprema de la vida pública. De ahí a la anomia general sólo hay un paso. Y estamos -están- a punto de darlo.