Reseña de Thomas Piketty y Michael J. Sandel, Igualdad. Qué es y por qué importa, Madrid: Debate, 2025, 151 páginas. (Traducción de Albino Santos Mosquera)
Interesante conversación sobre la igualdad (y asuntos complementarios), uno de las aspiraciones centrales de las tradiciones emancipatorias. Una aproximación desde básicamente tres aspectos: económico, relacionado con la distribución de la renta y la riqueza (nada que tenga que ver con la socialización o nacionalización de medios de producción y distribución); político, con referencias interés al poder y a la real participación ciudadana, pero también, en la línea de Sandel, una tercera categoría relativa a la “dignidad”, al “estatus”, al “respeto”, al “reconocimiento”, a “la estima”. Para el filósofo norteamericano -Thomas Piketti, su interlocutor, no le contradice-, esta tercera dimensión (“es una presentimiento, no puedo demostrarlo”) es la más potente desde el punto de vista político y tal vez moral. Añade: “Toda esperanza que depositemos en el objetivo de reducir la desigualdad en las dos primeras dimensiones, tanto la económica como la política, dependerá de que sepamos crear las condiciones propicias para una mayor igualdad de reconocimiento, honor, dignidad y respeto.” (p. 146).
Igualdad no solo contiene cuidadas reflexiones filosóficas. Hay también propuestas políticas de interés. La siguiente es de Piketty: “En Europa [que Piketty, este caso es un ejemplo, hace muchas veces equivalente a la UE], yo soy favorable a lo que denomino federalismo social”. Aboga por la implantación de un Parlamento europeo diferente del actual, “que funcione como si fuera una asamblea nacional a escala continental para que, mediante la simple aplicación del principio de la mayoría, podamos tener un impuesto europeo al carbono y otro del patrimonio”. También defiende la creación de una asamblea conjunta entre la Unión Europea y la Unión Africana [el Sur no está ausente en la conversación], “que posibilite la aplicación de ambos continentes de unos impuestos conjuntos con los que financiar unos bienes públicos internacionales para ambas orillas del Mediterráneo”. Así que, sostiene, “soy un internacionalista y un federalista convencido, pero, al mismo tiempo, creo que necesitamos estrategias unilaterales en cada país país para ponernos ya en marcha. No nos interesa escoger entre una estrategia o la otra: necesitamos las dos.” (119-120)
Hay también buenos argumentos críticos sobre asuntos no siempre considerados suficientemente en las tradiciones emancipatorias. Una ilustración, una observación de Sandel (con crítica política complementaria): “Michael Young, que fue quien acuñó el término “meritocracia”, era muy consciente de esto. Para él la meritocracia no era un ideal, sino un peligro. Y el peligro era precisamente ese: su potencial para cultivar ciertas actitudes antes el éxito, tanto entre ganadores como entre los perdedores, actitudes que nos alejan a los unos de los otros”. La meritocracia cultivaría la arrogancia entre los vencedores y la humillación entre quienes se quedaran atrás, “ aquienes se les diría (y tal vez se les convencería de ello) que su fracaso, sus problemas, son culpa suya y de nadie más. Esto puede ayudarnos a entender cómo es que nuestras sociedades se han polarizado tanto en las últimas décadas”. A medida que la desigualdad se acentuaba y los trabajadores se enfrentaban al estancamiento salarial y a la pérdida de empleo, “los políticos de los partidos tradicionales de centro-izquierda y centro-derecha les daban consejos vigorizantes del tipo: “Si quieres competir y vencer en la economía global, ve a la universidad. Lo que ganes dependerá de lo que estudies. Si te esfuerzas, lo conseguirás”.” (p. 70)
Lo que estas élites, prosigue Sendal, pasaron por alto fue la afrenta implícita de sus palabras. “Si no te sacaste una carrera, si no tienes un título universitario y estás pasando dificultades con la nueva economía, tu fracaso es seguramente culpa tuya. No hiciste lo que te dijimos que hicieras. El problema -vienen a decir, en la práctica- no son las políticas económicas en marcha. El problema es que no te perfeccionaste a ti mismo tal como te recomendamos.” (pp. 70-71) [el énfasis es mío].
Con más concreción política: para Michael Sandel, eso hicieron el Partido Demócrata (al que, en general, considera muy generosamente) de Estados Unidos, el Partido Laborista en Reino Unido, el Partido Socialista de Francia, “formaciones que demostraron estar más identificados con los valores, los intereses y el punto de vista de las clases de los profesionales titulados y con un alto nivel educativo que con los del electorado de clase obrera, que antaño constituía su base principal”. No cabe extrañarse entonces, señala Sandel con buenas razones, de que el propio electorado tradicional de esos partidos reaccionaran de manera adversa contra ellos. “Fue una consecuencia,en mi opinión, de que las nociones meritocráticas del éxito terminasen convirtiéndose en compañeras morales de la globalización neoliberal.” (71). Desde el punto de vista de este lector: en el centro de la diana.
Un apunte (innecesario) sobre los autores.
Thomas Piketty (Clichy, 1971) es economista y experto en desigualdad económica. Es actualmente responsable de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales y profesor de la École d’Economie de Paris. Entre sus numerosos libros cabe recordar El Capital en el siglo XXI (2013), Capital e ideología (2019) y Una breve historia de la desigualdad (2021). Ha sido reconocido como el Mejor Economista Joven de Francia y Premio Yrjö Jahnsson.
Michael J. Sandel (Minneapolis, 1953) ocupa la cátedra Anne T. y Robert M. Bass de Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard. Es, sin duda, uno de los autores de referencia en el ámbito de la filosofía política académica. Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, es autor de ¿Hacemos lo que debemos? (2011), Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado (2013), Filosofía pública. Ensayos sobre moral en política (2020), La tiranía del mérito (2020), El descontento democrático (2023) y Contra la perfección (2024).
Igualdad es la versión editada de una conversación que mantuvieron en la Escuela de Economía de París el 20 de mayo de 2024 Piketty y Sandel, diálogo en el que, en frecuentes ocasiones, Piketti suele tomar la iniciativa y protagonizar los desarrollos más extensos.
Componen el libro una nota previa sobre el origen del texto y nueve capítulos. Falta, probablemente por urgencias editoriales, un índice analítico y onomástico, muy útiles en este caso. Los capítulos: 1. ¿Por qué debe preocuparnos la desigualdad? 2. ¿El dinero debería importar menos? 3. Los límites morales de los mercados. 4. Globalización y populismo. 5. Meritocracia. 6. Loterías: ¿deberíamos reservarles un papel en la admisión de alumnado universitario y en la selección de parlamentarios. 7. Impuestos, solidaridad y comunidad. 8. Fronteras, migración y cambio climático. 9. El futuro de la izquierda: economía e identidad. No reina el desinterés en ninguno de ellos.
No es posible presentar, y mucho menos desmenuzar, todos los temas que desarrollan los autores (que no son dos intelectuales revolucionarios) en su conversación. Tampoco sus numerosas sugerencias a las que, como no podía ser de otro modo, faltan en ocasiones muchas mediaciones políticas. Sirva lo siguiente como aliciente para la lectura de un libro que merece atención y cuidada lectura, sean cuales sean nuestros acuerdos, desacuerdos y matices.
Tanto Piketty como Sandel se mueven en coordenadas político-culturales que aquí solemos llamar socialdemócratas (liberales de izquierdas en USA). Pero desde y con posiciones críticas en muchas aristas. Piketty, que defiende un socialismo democrático, un socialismo internacionalista federal, señala por ejemplo: “Era [la socialdemocracia, el laborismo inglés] un proyecto radical y terminó volviéndose convencional porque tuvo éxito. Es el mismo reto al que nos enfrentamos hoy. Y para abordarlo con garantía, necesitamos solventar ciertas deficiencias importantes de la tradición socialdemócrata del siglo XX” (43). Una de esas deficiencias: se ha detenido la ampliación de la educación y la sanidad públicas. La segunda “la ausencia de participación, no ya en la deliberación y la vida políticas, sino también en la toma de decisiones en las grandes empresas” (45). La tercera: las grandes limitaciones de la dimensión transnacional: “los estados del bienestar se construyeron dentro del contexto de los estados nación del Norte global, obviando con arrogancia las desigualdades Norte-Sur y, lo que es aún más importante, el hecho de que la prosperidad del Norte jamás había sido tal sin la existencia del Sur.” (46).
Sandel, por su parte, recuerda que toda riqueza es una creación colectiva y no un logro individual. “Eso es importante. Pero para sentir, percibir y creer que estamos implicados en un proyecto común, que somos dependientes y responsables uno de otros, necesitamos crear condiciones e instituciones en la sociedad civil que nos recuerden esa comunidad, eso que compartimos en común.” (103).
Piketty se muestra optimista (¿excesivamente?) en temas de igualdad y desigualdad. “Aunque actualmente hay mucha desigualdad en Europa, en Estados Unidos, en India, en Brasil y en todo el mundo, a largo plazo se viene observando una tendencia hacia una mayor libertad”. ¿De dónde esa tendencia? Nace de la movilización social “y de una fuerte, enorme, demanda social de igualdad de derechos de acceso a lo que las personas consideran que son los bienes fundamentales, entre los que se incluyen la educación, la salud, el sufragio y, en general, a la máxima participación posible en diversas formas de la vida social, cultural, económica, cívica y política”. (p. 12)
No hay un horizonte anticapitalista en la conversación, ni en sus sugerencias y propuestas. Hay poca “fábrica” en el diálogo, poca clase obrera, poco pueblo trabajador. Sea como fuere, Igualdad. Qué es y por qué importa es un libro que se lee muy bien y del que se aprende, más allá de coincidencias, dudas y algunas distancias. No es una conversación estéril, no es un diálogo insustantivo.